El calostro: Un milagro de amor.

Recuerdo bien mis nervios y mi ansiedad en mi primer embarazo sobre mi producción de leche, tenía mucho miedo de que fuera muy poco para mi hijo. El día que nació yo no tenía ni gota, él no dejaba de llorar, no se saciaba por más que me lo ponía en el seno y finalmente me dejé llevar de la desesperación y le pedí a la enfermera que le diera leche de fórmula para que “se le quitara el hambre”. Hoy ya sé que su llanto era su forma de expresar que me necesitaba cerca y piel con piel, así que esa lección aprendida la tengo clara para mi segunda lactancia.

Mi primer milagro de la segunda lactancia sucedió hace más de cuatro semanas. Era un día laboral, así que me tocaba baño temprano. Hacía unas semanitas veía como una natica en mis pezones, muy parecida a la que me salía cuando estaba amamantando a Elías; entonces ese día mientras me duchaba y llevada por una gran curiosidad, empecé a revisar mis congestionados senos y al apretarme pude llorar de la felicidad al ver que ya estaba produciendo calostro. Sin dudarlo le dije a Elena: “Hija, ya tu primera comidita está lista. Mamita ya tiene lista tu lechita.”

No les puedo explicar la felicidad de ese momento y lo reconfortante que fue para mi. No existen palabras que me ayuden a describir la felicidad que me dio el saber que mi cuerpo ya está listo para alimentar a mi hija aún cuando faltan varias semanas antes que nazca. Ese día empecé a leer sobre el tema y mi gran sorpresa es que eso a lo que yo le llamé “milagro” es lo que normalmente debería pasar y seguramente  si lo hubiera sabido para mi primera lactancia, no me habría sentido tan insegura.

Y entonces llegó Elena…
Recuerdo mis primeros minutos en la sala de recuperación. Me habían dicho que en la primera hora de vida del bebé me la iban a poner en el pecho para iniciar la lactancia, pero habían pasado más de 60 minutos y aún no le había dado el pecho a Elena.

La enfermera me dijo que primero debían constatar que yo estaba bien, hacerme monitoreo y después de eso si me ponían a la niña. Les dije que me sentía bien, de hecho ya estaba moviendo mis piernas (que quedan inmóviles con la epidural). Yo estaba muy ansiosa y Elena también, ella no paraba de llorar en la incubadora que yo tenía a mi lado. De vez en cuando la abría y le tomaba la mano para calmarla, pero me tocaba cerrarla puesto que estaba muy frío afuera para ella.

Finalmente cedieron a mi insistencia y me la pusieron en el pecho. Ya yo había comprobado que el calostro seguía saliendo y estaba más que preparada para empezar a lactar, sin mencionar toda la ansiedad que sentía porque mi primera lactancia no fue lo que yo esperaba de mí. Llegó la enfermera, la sacó de la incubadora y me la entregó. Ella intentó darme instrucciones pero se dio cuenta que ya yo sabía lo que hacía y entonces se limitó a observar y a quedarse a mi lado por si necesitaba ayuda. Tomé mi pecho derecho, que siempre ha sido el de mayor producción, lo puse en su boca y ocurrió el milagro.

Nuestro primer acercamiento, nuestro primer lazo, mi primera muestra del amor eterno que le profeso, su primer contacto conmigo, nuestra primera unión. No les puedo describir lo que sentí en ese momento, ser capaz de alimentar a mi hija recién nacida es un poder que sólo Dios puede dar, es un acto de amor inmesurable, es un momento íntimo y perfecto en el que ella y yo nos declaramos un amor que durará por toda la vida.

calostro materno

Esta historia apenas comienza, pero deben suponer que estoy hasta las narices con una princesita recién nacida y con un terremotico de tres años que también extraña mi atención. Ya les iré contando en la medida de lo posible de esta aventura de cuatro corazones que ahora se aman más.

El ciclo de la vergüenza

Estamos en la plaza de comidas del centro comercial. Todas las mesas están llenas y nuestro pedido a punto de salir. Mi mamá se acerca a una mesa cuyos comensales tienen pinta de estar terminando de comer y sin vergüenza alguna les pregunta “Ya están terminando? ¿Podemos tomar su mesa?” . Los cuestionados, algunos de ellos notablemente incómodos, contestan con un cortés “Si, señora. Ya la desocupamos.”  Y -aún- no contenta con la respuesta, mi mamá se queda muy cerca esperando y mirando hasta que los comensales se levantan; no bien terminan de recoger y mi mamá ya está sentada en la silla. Ya para ese momento llevo un ratito separada de ella intentando no ser identificada como su hija.

Vamos entrado a cualquier restaurante  y  en una de las primeras mesas hay unos platos bien atractivos. Mientras que todos los demás seguimos caminando hacia la nuestra, mi mamá se queda al lado de esa mesa, llama a un mesero y señalando con el dedo le pregunta al mesero el nombre del plato y le dice que le de uno igual. Nosotros al final del pasillo y ya sentados con el menú en la mano, le agradecemos a Dios que la dejamos sola para que no vieran que venía con nosotros.

El diccionario de la Real Academia Española define como ciclo “Conjunto de una serie de fenómenos u operaciones que se repiten ordenadamente”. ¿Qué es entonces el ciclo de la vergüenza? Pues siguiendo la misma idea de la definición general, el ciclo de la vergüenza es el conjunto de fenómenos humillantes e incómodos que vivimos durante nuestra vida y que se repiten ordenadamente, una y otra vez. Sólo hay dos diferencias de acuerdo a cada etapa del ciclo: el que la causa y el que la sufre.

¿Cómo así? Simple. Los primeros años de nuestra vida somos culpables y completamente desconocedores del término, a mediados somos las víctimas humilladas y en la etapa postmadura somos causa y víctima sin que nos importe menos.

el ciclo de la verguenza

Estando Elías, mi mamá y yo en un parque de un centro comercial y -como cosa rara- dejé la tarjeta en el carro. En situaciones así aún puedo sacar provecho del hecho que Elías aún no sabe si la máquina  está o no funcionando de acuerdo a su control. Pero es cuando ve el tren que empieza a pedirlo con insistencia, el tren no lo puedo simular, trato de distraerlo y cuando menos lo espero, se me desliza por los brazos y lo veo montado en el tren pidiéndome que pase la tarjeta. Para mi sorpresa, no está solo y hay una niña en la otra silla, yo miro al papá y le digo: “Ay que pena! Yo no traje la tarjeta hoy! Elías, hijo, bájate por favor.” Elías me pone cara de pechiche y el señor -condolido por la situación- me dice “No te preocupes, nosotros invitamos el paseo.” Yo, con mi cara de pena, agradecí al papá de la niña y me senté a esperar mientras Elías iba feliz en su vuelta “Mamá! Mamá! El teeeeeeeeeeeeeen!!”

La misma escena se repitió en tres máquinas más, pero -para mi fortuna- con protagonistas diferentes. Mientras esperaba, este post se me vino a la cabeza. ¿Y cuáles son las etapas del ciclo de la vergüenza?

1a – Los primeros años: de 0 a 8 años.
Mi hijo desconoce la pena, la vergüenza y el oso. Él vive todos sus momentos admirablemente deshinibido y sin importarle lo que puedan decir las demás personas. Creo que es durante esta etapa de la vida cuando más libres somos. A él no le importan las miradas de reproche de las personas cuando nos hace un berrinche en la calle, mucho menos los comentarios de esos ignorantes sin hijos que creen que toda pataleta se soluciona con una cachetada. Él no tiene problema con negarle un abrazo o un beso a alguien si no tiene ganas de hacerlo. Siente plena libertad de correr y gritar en un parque cuando está feliz, baila cuando quiere bailar (no importa si estamos en pleno supermercado), se ríe a carcajadas sin pena y no saluda si no quiere. No le ve inconveniente a ir sonando estridentemente sus nuevos platillos por todos los pasillos del centro comercial… ¡Qué dicha poder sentir esa libertad!

2a-Años maduros: de 16 a 50 y tantos.
Justamente la edad en la que me encuentro hoy. A mi me da pena todo. Me da pena pedir favores, me da pena preguntar cosas a personas extrañas. Me da pena pedir la mesa de alguien que evidentemente está por terminar.  Antes incluso me daba pena decirle a la vendedora que la camisa que me buscó no me gusta nada. Poco a poco he ido superando esa pena y me he convertido en una persona que siente facilidad de mostrar descontento a extraños. Sin  embargo, el entrenamiento intensivo de mi hijo era algo que no me esperaba en lo absoluto. Supongo que en un años seré una versión parecida a mi mamá y Elías será entonces quien se apene de lo que haga en público.

3a- Adulto mayor: De 60 en adelante.
“Ya ves por qué a mi no me da pena nada? Ustedes -refiriéndose a mi hermano y a mi- me entrenaron muy bien. Ahora tu estás viviendo lo mismo.”
Tengo la plena certeza de que fue mi mamá quien más disfrutó ese momento. Su cara de satisfacción cuando me  dijo esta frase no tiene precio ¡Ella tuvo que vivir esos momentos cientos de veces multiplicadas por dos! Por supuesto que a largo plazo eso causa que uno pierda la vergüenza y actúe sin  importar lo que diga la gente. Mi mamá ya vive deshinibida, le importa un pepino si a alguien le incomoda que se le siente al lado mesa, no le importa que a alguien le pueda molestar lo extrovertido y sociable que es Elías y mucho menos le importa mi mirada reprobatoria cuando se queda mirando un plato y le pide al mesero que le de uno igual.

¿En cuál etapa te encuentras tú?

 

 

 

A propósito de la entrada al jardín

Hoy es el séptimo día de clases y Elías se despertó particularmente feliz. Se bajó de la cama dando brinquitos y no caminaba sino que corría por la casa. El baño fue lo más tranquilo, se dejó poner su ropa sin problema, desayunó como un niño ejemplar y cuando le mostramos el maletín del colegio empezó el llanto “¡No, no, no, no!” nos pedía porque sabía que eso significa que iba para el colegio. ¡Qué difícil es verlo “sufrir”! Cuando íbamos en el carro tenía una cara entre tristeza y resignación que me partía el alma cada minuto; me dan ganas de renunciar, de dejar de mandarlo y de abrazarlo como si no hubiera un mañana.
Dejarlo llorando en el colegio me despierta tanta desolación que lo único que me hace detener las lágrimas es recordar que Elena está en mi panza y que debo ser fuerte por ella.

¡Ya lleva un poco más de dos meses y estamos felices! Elías se ha adaptado por completo, y -muy a pesar que me ponga celosa- ha hecho un lindo vínculo con su profesora y eso lo ayuda a quedarse más tranquilo. Ahora se baja del carro, se despide de papá y entra feliz a su colegio, en muchas ocasiones entra saltando o corriendo y dando carcajadas con la profesora. Se acabaron las caras tristes, la voz pechiche diciéndonos “no”, las lágrimas y las ganas de agarrar a mi hijo y llevármelo para el trabajo para no verlo sufrir.

Una, dos, tres o cuatro semanas. No existe un tiempo estándar para que nuestros niños se acomoden a estar en el colegio solos, sin nosotros. Un niño pequeño está acostrumbrado a la compañía, ellos no se quedan solos nunca, siempre hay alguien de su confianza alrededor, esto es algo que les hace sentir seguros y confiados en cualquier lugar. Pero al verse solos y con personas extrañas, termina siendo natural que se sientan abandonados y por eso el llanto inconsolable. El cambio es enorme y nosotros deberíamos ser un aliciente que les ayude a asimilarlo y no imponerselos causándoles más sufrimiento del que ya van a tener. 

Entonces, ¿cómo le ayudo a mi hijo a vivir esa etapa tranquilos? A mi me dieron muchos consejos -como siempre, muchos de ellos que ni pedí- pero creo se trata más que esfuerzo de nuestra parte, se trata de un proceso que nuestro hijo debe (y va) vivir y no podemos hacer absolutamente nada para impedirlo. Lo único en lo que podemos ayudarle es darle un poco de seguridad y confianza para que lo afronte con menos trauma.

Dejarlos solos desde el primer día.
Quizás el peor de los consejos que me dieron. “Déjenlo y váyanse enseguida, nada de ese proceso de adaptación. Quedarse es alargarles el sufrimiento.” Lo increíble es que lo dijeron unos papás de dos hijos de 7 y 4 años, que por supuesto no vivieron el proceso porque se lo cargaron a la abuela. Me limité a quedarme callada y sonreír, pero por dentro se llevaron uno que otro insultico ¡Es el colmo! ¿Será que se han puesto a pensar en el sentimiento de abandono que podrían sentir? Yo me imagino que no. Ya veo a Elías sentado en su silla, escuchando que va para el colegio (uno lugar que no conoce bien y con personas que tampoco conoce) y de repente lo bajo del carro, se lo entrego a la profesora, me despido y me voy ¿Qué clase de monstruo hace eso?

El doloroso proceso de adaptación.
Era el tercer día, Elías se bajó del carro con una cara de resignación que me partió el alma en mil pedazos, lloró cuando el papá se lo entregó a la profesora, ella lo llevó a la malla de saltar que le encanta, sonrió por dos segundos hasta cuando vio que sus papás no habían entrado y ya estaba dentro de la malla. No les puedo explicar cómo se rompía mi corazón a pedazos mientras me alejaba y lo veía saltando con la cabeza gacha y unos lagrimones mudos bajaban por sus mejillas. Jamás olvidaré esa imagen y siempre me romperá el alma.

Otra vez, la clave es la anticipación.
Desde primera hora del día -incluso la noche anterior- le indicamos que es día de colegio y que va a ir a divertirse y a jugar con todos sus amiguitos. Que los papás vamos al colegio de grandes y que el va a un colegio más pequeño, que es normal que se quede allí con sus profesoras y que se esté tranquilo y confiado en que lo vamos a ir a buscar todos los días a la hora programada. Le hablamos y le hablamos y le hablamos y aunque eso  no causó un efecto inmediato hoy (después de dos meses) podemos decir que el método funciona y que los  niños entienden mucho más de lo que nos alcanzamos a imaginar.

Un objeto de transición.
Puede ser cualquier cosa:  el cuento, el juguete, la manta, la camisa, el  vasito, etc.  El objeto de transición representa para ellos esa conexión aparentemente perdida con casa y les da una sutil seguridad que ni todas las palabras del mundo podrían darle. El de mi hijo fue su vaso de tomar agua, da mucha risa que en todas las fotos de los primeros días él siempre sale con su vasito en la mano. Apenas llegaba se lo pedía a la profesora y eso lo ayudaba a tranquilizarse. ¡Bendito sea el vaso y su mágico poder!

Y así fue como vivimos nuestro proceso, hoy podemos decir que fue corto  y que nuestro hijo se adaptó rápidamente. ¿Cómo vivieron uds el suyo? ¿Tienen algún otro tip que pueda ayudar a los papitos que lo están viviendo?

 

Del “uso” y el abuso de las nanas | abuso de las nanas

Ya es el final de la jornada laboral de un viernes, ha sido una semana tenaz en el trabajo, has logrado muchos objetivos y otros quedaron pendientes para la siguiente semana; lo que más deseas es llegar a tu casa a descansar. En cuanto llegas, te das cuenta que no quieres estar encerrado y le dices a tu esposa que salgan a comer afuera para darse un respiro de la semana, le pides a la nana que busque la ropa de los niños, los cambie, les cepille los dientes, los peine y los tenga listos en tanto tiempo; además que aliste también ella porque van a salir a comer fuera.

Finalmente llegan al lugar destino, y por supuesto que elegiste un lugar con parque para que ellos -los niños- puedan disfrutar también. Entonces tu hijo te pide con emoción que lo lleves al parque, pero tu estás muy cansado (y tu esposa también) así que le pides a la nana que vaya a vigilarlo. Tu hijo se resigna a irse con ella, pero se quedó con las ganas de enseñarte ese nuevo salto que aprendió y quería escuchar tus felicitaciones por haberlo logrado. La foto de la cabecera habla mejor que yo. Era viernes en la noche en restaurante de un centro comercial, una amiga tomó la foto indignada porque el 99% de las personas al cuidado de los niños de la escena no eran sus padres sino sus nanas. Uno se pregunta ¿Dónde están esos papás?

Recuerdo hace un tiempo en un baby shower, hablando con una amiga -licenciada en educación infantil- que ha trabajado en varios jardines infantiles de la ciudad, hablaba de algunos puntos a resaltar de cada colegio en los que había estado. De repente, nos interrumpió la un niño que estaba aprendiendo a caminar y “chocó” con nosotras, nuestra reacción fue agarrarlo para que no se cayera y detrás de él venía la nana: “Juanitooooo! Cuidado te caes!” Afortunadamente no le pasó nada al niño y ella -la nana- se lo llevó cargado.

Por instinto maternal, seguimos con la mirada a la nana a ver hacia dónde lo llevaba. Se dirigía hacia la mamá del niño que ni cuenta se había dado del episodio. Bueno, so pena de quedar como mamá inquisidora debo confesar que ese día me molestó mucho la actitud de la mamá. Quizás estaba cansada, quizás era una niñera que sólo tenía ese día y la estaba aprovechando, de pronto tenía el pie dislocado porque poco se levantó a cuidar a su recién caminante, o cualquier otra situación especial la llevó a dejar al TOTAL cuidado de la nana su hijo esa noche. Después de ese episodio mi amiga me dice “cada vez que veo algo así, entiendo porque las niñas en el jardín que estoy ahora juegan a ‘la nana’ y no a ‘la mamá’ como lo hacíamos nosotras.” 

No les puedo explicar la tristeza que me causó enterarme de esa realidad y del mensaje tan equivocado que estamos dejando a nuestras niñas. Seguramente cuando ellas sean madres van a copiar esos métodos y sus nietos serán otros niños criados por nanas, aunque mi lado positivo tiene la esperanza que esa completa dejadez de sus mamás las hagan recapacitar y no le hagan vivir lo mismo a sus propios hijos. Esa frase se me ha quedado TAN marcada en mi vida que no puedo evitar observar con recelo a una familia que deja el entero cuidado de sus hijos a las nanas. SI. Sé que es agotador, sé que muchas veces nos queremos dar un respiro, sé que criar hijos es un trabajo fuerte que necesita manos extras, pero una cosa es un respiro y otra la completa entrega del cuidado de nuestros hijos a estas mujeres.

Yo he notado que soy del otro extremo. La nana de mi hijo en realidad hace más de empleada que de nana. Le pido que me ayude con los quehaceres de la casa  y el cuidado de Elías cae en manos de mi esposo y yo, ahorita mismo más en las suyas -por razones de peso adicional en mi panza- pero normalmente es un 50%-50%. El punto es que ella no lo baña, tampoco lo viste, no le da la comida y mucho menos lo dejamos solo con ella cuando queremos salir como pareja un rato, tenemos la bendición de dejarlo con mis papás(lo dejamos ya dormido, claro está). Mi estilo de maternidad es aprendida, viene de crianza, recuerdo que mi mamá también era es muy empoderada de su maternidad y la nana sólo nos atendía si mi mamá no estaba en casa. De resto, era ella quien hacía todo el trabajo “sucio”.

No pretendo ponerme de ejemplo -¡ni más faltaba!- porque creo que como todo en la vida: el cilantro es bueno, pero no tanto. Sí que la ayuda nos vendría bien, pero es muy difícil asimilarlo así de una sola vez, he optado por delegarle tareas un poco más “invasivas” para darle un respiro a mi esposo de vez en cuando. Cosas como que le prepare el uniforme, la merienda, se siente con él a jugar cuando mi esposo no está en casa (porque mi espalda ya no aguanta sentarme en el piso) y otras que no impliquen un contacto tan directo.

Me pregunto de las que me leen, ¿cuál es tu tipo de maternidad? Entiendo que las que trabajamos debemos entregar muchas cosas, pero ¿cómo le hacen cuando llegan a casa?

 

Mi panza NO es espacio público

Iba subiendo las escaleras de la oficina y me encontré con una señora con quien me cruzo casualmente al caminar por los pasillos, siempre nos saludamos muy cordiales pero no es alguien a quien conozca ni a quien le tenga la más mínima confianza. Ayer me preguntó cómo iba la panza, que cuántos meses tenía y hablamos un minuto de ello; al despedirse, es impulsada por una fuerza desconocida para mí, no resistió la necesidad de tocarme mi panza y sonreír. ¿Y a ella quién le dijo que podía tocarla? ¿Por qué no me pregunta antes? Yo de manera instintiva tiendo a separarme para que ninguna mano desconocida toque la panza de mi Elena, pero tengo que reconocer que hay manos rápidas que alcanzar a rozarme y no les puedo explicar lo molesto que es.

No existe derecho constitucional, ni ley, ni decreto, ni resolución, ni código de policía ni nada por encima mío que autorice a alguien a tocar mi barriga sin mi consentimiento. He estado pensando, si me cerco la panza con alambre de púas o con un cerramiento eléctrico, ¿los extraños entenderían el mensaje? Siendo completamente honesta, la única forma que me sienta cómoda cuando alguien me toca la panza es cuando la tocan personas a quienes les permito “invadir” mi espacio personal de manera deliberada y por más de 3 segundos sin apartarme, lista encabezada por quien puso al bebé allí en primer lugar. Si, es un conjunto bien reducido de gente, la mayoría de las veces me toca sonreír por educación, fingir que me siento muy cómoda mientras alguien que no está en ese grupo le habla “achí” a mi barriga y luego orar a Diosito por si acaso algún mal deseo, una nunca sabe.

Soy plenamente consciente que muchas personas lo hacen con la mejor de las intenciones y que una mujer embarazada les inspira una ternura a la que no se pueden resistir, pero si me conocen por más de un año o llevan leyéndome unos cinco artículos ya saben que soy psicorígida con mi espacio, así que no debe extrañarles que no me gusta que me toquen, en general, ni estando embarazada ni sin estarlo, no me gusta. Mi hijo salió igual y mucha gente lo acusa de grosero, claro que después de decir eso se tienen que aguantar mi mirada inquisidora y una frase como “El tiene derecho a que le respeten su espacio personal, no lo toque. Fin.”

Entonces, voy a exponer todos mis argumentos para reservarme el derecho de admisión a tocar mi panza. Sé que muchas mamás panza se sentirán identificadas con algunos de ellos, y otras podrán añadir los suyos.

Si te acabo de conocer, no toques mi panza.
Entonces vas caminando en un centro comercial, tu esposo saluda a alguien y te presenta. “Ayyy tan linda tu pancita, ¿y qué es? ¡¿Niña?! ¡Ay que belleza! Con razón la panza está…” y ves esa mano inescrupulosa viniendo al acecho de tu panza. Solución: moverte discretamente y quitar el objetivo de la intrusa para no sentir unas manos extrañas sobre tu piel. No les puedo explicar el mal genio que me empieza cuando eso pasa, mi esposo sólo me mira y después me tranquiliza para que se me pase.

Si apenas se tu nombre, no toques mi panza.
Ok. Ya te conocí, pero no tengo idea de quién eres, ni de donde vives, ni se nada de historia. Apenas sabes mi nombre, es posible que sepas el nombre de mis hijos,  seguramente sabes ¿Por qué sientes que puedes tocarme?

Si yo no te toco, no toques mi panza.
Así como pido respeto, también lo doy. Yo no acostumbro a invadir el espacio personal de la gente que no conozco, tampoco los toco sin su consentimiento, tampoco creo que el estar embarazada me de el derecho de hacerlo; por lo tanto, tampoco los demás lo tienen sobre la mía.

Solo porque estoy embarazada, no quiere decir que me puedes tocar.
En serio, ¿qué rayos piensa esa gente? ¿Acaso tengo un letrero que dice que pueden tocarme a su antojo? ¿Acaso pierdo mi derecho a la intimidad cuando estoy embarazada? Esto también aplica cuando uno está amamantando y todos piensan que pueden verte mientras lo haces. Al parecer las mujeres que están en gestación o recién han tenido su bebé pierden todo derecho a espacio íntimo y la razón es desconocida para mi.

Yo no soy Buda, no me toques la panza.
Mi bebé no es un tipo de dios que cumple deseos al ser tocado. Tampoco yo tengo poderes mágicos por estar embarazada. No se te va a cumplir ningún deseo si frotas mi pancita. Tampoco vas a estimular a mi hija a que patee para que la puedas sentir, de hecho, ella se queda más quieta cuando alguien me toca, estoy segura que puede sentir mi incomodidad y ante eso se queda quieta. ¿Cuántas veces no les pasa que el bebé se mueve y le dicen a alguien que toque para que sienta y entonces se queda quieto? Yo estoy segura que es un mensaje de parte de ellos que ya saben quién quiere que los toque y quien no.

Si ves que me toco la panza al mismo tiempo que tu, no la sigas tocando.
A falta del coraje que implica el tener que decir directamente “no toques mi panza”, muchas embarazadas optamos por usar barreras de protección. ¿En qué consisten? Pueden ser muchas cosas: nuestras propias manos, la cartera, una bolsa grande, sentarte en un lugar alejada, taparte con la mesa si estás comiendo, etc. Un sin número de defensas que hemos tenido que idearnos para sobrellevar a las intenciones imprudentes de tantas personas que desconocen lo que es el espacio personal.

¿Les has pasado? ¿O soy la única que ha tenido que sufrir estos pesares? Y si eres uno de los que toca sin pensarlo, reflexiona.

No, no es tu cuerpo. | no es tu cuerpo

Recuerdo un día en que Elías estaba en mi vientre, estaba en el punto de compra de vitaminas prenatales que me había recomendado mi doctora, tenía ya unos gloriosos seis meses de embarazo y lucía con mucho orgullo mi pancita. Hacía poco más de un mes que los carnavales habían terminado en la ciudad donde vivo. Mientras esperaba en el mostrador que me despacharan mi pedido, una niña no mayor de 23 años solicitó un medicamento que se quedó grabado -temporalmente- en mi memoria. Y al ver cómo me miraba ella, observando mi pancita con cierto recelo y evitando mi mirada cuando yo volteaba a verla, aún más curiosidad me causó el medicamento que pidió. La atendieron rápidamente, alguien salió por una puerta interna del local, le entregó discretamente una bolsa y ella salió muy rápido y sin mirar atrás. No fue hasta que llegué al carro que busqué en mi celular la composición del medicamento y sus indicaciones… era un “medicamento” para abortar. Esa niña había disfrutado sin precauciones los carnavales y quien iba a pagarlo no tenía la culpa.

Eran las 3am de un día laboral, yo tenía mucho sueño y no había dormido nada bien. Esta barriga cada vez me hace más incómodo el dormir, incluso  he pensado en dormir sentada pero aún no he hecho el primer intento. Y mientras que yo lo que más deseaba era dormir, Elena se mecía feliz en mi panza haciendo de cada posición mía la más incómoda del mundo. MI cuerpo está cansado, MI cuerpo quiere dormir, MI cuerpo necesita dormir, eso quiere MI cuerpo. Pero el cuerpo de mi hija está sin estrenar, SU cuerpo tiene las energías a mil, SU cuerpo está fresco y descansado, SU cuerpo quiere bailar y saltar sin importar que sean las 3am. Son dos cuerpos, no uno solo. No, no es mi cuerpo, es el cuerpo de otra persona formándose en el mío.

No, no es tu cuerpo. Tu cuerpo no tiene dos cabezas, tu cuerpo no tiene cuatro brazos, tu cuerpo no tiene cuatro piernas y si tuviera la mitad del corazón que está formándose, no te defenderías con ese argumento tan vacío y tan soso. Es el cuerpo de un ser puro, inocente, indefenso y vulnerable que está creciendo dentro de ti. Que depende de ti para sobrevivir y que -desafortunadamente- te escogió a ti para venir el mundo. Eres su incubadora y su protectora. Y eso no te da el derecho de acabar con su vida. 

No, no es tu cuerpo. Sólo es tu cuerpo para decidir cuidarte, es tu cuerpo para decidir con quién te quieres acostar, es tu cuerpo para decidir cuántos tatuajes quieres ponerte, es tu cuerpo para decidir qué ponerte y qué no; pero si hablamos de un nuevo cuerpo que apenas comienza a formarse… NO, no es tu cuerpo y tampoco tienes el derecho de decidir sobre su derecho a la vida. Y lo entiendo, créeme, el albergar una nueva vida y contribuir a su formación no es tarea fácil, no hay necesidad de explicárselo a una mujer que tiene un hijo de dos años y ocho meses y que además ya va por más de la mitad de su segundo embarazo.

Hace unos meses una mujer en mi país fue “tan valiente” que se atrevió a hablar de cómo fue su aborto y de porqué lo hizo. Hablaba de que no quería ser madre soltera, que había sido un solo descuido de una noche loca con un susodicho que no se merece mencionar siquiera, que además nunca había querido ser madre y que a sus 38 años (y con un embarazo no deseado a bordo) no iba a cambiar de opinión. Buscó una clínica de abortos, se asesoró de cómo sería el procedimiento y en esa misma clínica una psicóloga amañó sus intenciones para justificar el asesinato bajo la primera de las causales por las que es permitido el aborto en mi país.

aborto legal en colombia

Nos cuenta que ella sufre de una enfermedad muy dolorosa y los medicamentos para controlar el dolor no son compatibles con el embarazo, entonces su vida -o su salud- se vería en riesgo y un solo certificado médico que soportara esta afirmación la respaldaba para matar a su bebé. ¿Que si la justifico y estoy de acuerdo con lo que hizo? No. Ella tenía otras alternativas, podía elegir entre muchas otras opciones, pero decidió -y de forma muy egoísta, a mi parecer- darle prioridad a su propia vida y acabó la pequeña vida que estaba formándose en sus entrañas. Eso no es digno de admirar, ni tampoco aplaudir, sencillamente es una decisión egoísta de uno de los tantos seres egocéntricos que habitan este planeta.

La vida no se respeta, y es que un bebé en formación no es vida, porque son un montón de células sin alma y sin sentimientos. ¿Seguro? Estoy segura que tiene mejor alma, más pureza y mucho más potencial que cualquiera de nosotros. Pero si encontraran vida en marte, incluso un “insignificante” organismo unicelular sería todo un descubrimiento. Pero un bebé recién concebido no es tan importante. No, no es tu cuerpo, déjalo vivir, y si no quieres ser responsable de su vida, créeme hay muchas parejas anhelando un ángel que pueden hacerse cargo con toda la felicidad del mundo.

¿Saben qué me dio mucha risa? Mucha gente empezó a endiosar a la susodicha diciendo que era una “berraca” por haberse atrevido a hablar ¿Berraca? ¿En serio? Berraca una mamá soltera que saca adelante a sus hijos sin la ayuda del idiota al que no se le debe decir padre. Berracas todas las que tienen a sus hijos por parto natural. Berraca la que se atreve a llevar un embarazo de alto riesgo y que lo lleva a feliz término. Berraca la mujer que puede criar a más de uno al tiempo sin volverse loca. Berraca ella misma si hubiera sido capaz de llevar su embarazo, aún con su dolor, eso lo hubiera hecho una berraca… abortar fue la salida fácil. Si, fácil, porque superar la “tristeza” que sientes después de asesinar a tu bebé no se compara con la fuerza y la tenacidad que implica criarlo.