Aquel martes 14 de octubre (de 2013)

Era un martes de octubre cualquiera. Un martes de labores y de tareas habituales, pero ese martes quedaría marcado en mi memoria para siempre.

Lo normal era llegar a la casa, descansar un rato e ir adelantando la cena mientras esperaba que mi esposo llegara del trabajo. Pero, ese día el descanso se prolongó un poco más de tiempo.
Mi sueño fue interrumpido cuando él llegó y me despertó, la pesadez era enorme y no daba para levantarme de la cama; la cena no estaba hecha y -como siempre, atento – él se ofreció a hacerla.

Cenamos en silencio -ya se irán enterando de lo conversadora que soy- y después de eso, nos acostamos a ver un rato de televisión, pero… yo caí dormida, así, hasta el día siguiente justo a la hora de alistarse para ir trabajar otra vez.

Esa mañana lo supe, estaba completamente segura que esa pesadez no era normal, muy a pesar que mi vida me he dedicado a hacer un doctorado en lo que al sueño y el buen dormir se trata.
No era sino cuestión de tiempo que mi cuerpo me enviara la señal inequívoca que le daría la razón a ese nuevo latido de mi corazón que ya sabía lo que ocurría: tú habías llegado, y mi cuerpo estaba esforzándose de más para formar tus partes vitales.

Entonces pasó la semana normal, mi esposo ya sabía de mi presentimiento y sólo me dijo “el sábado hacemos una prueba para confirmar”, porque así son los hombres, cierto?

Ok, el punto es que mi período debía llegar el 23 y una prueba de orina no me iba a servir, así que nos fuimos la segura, al pinchazo. Entonces llegó ese precioso y glorioso sábado 19 de octubre y como nunca, sin pereza me bañé y me arreglé para aquel pinchazo. Tan segura estaba que habías llegado, que no me hice la prueba de gravidex sino la del cálculo de semanas gestacionales por el nivel de gonadotropina coriónica humana en mi sangre. Fuimos muy temprano en la mañana, y yo estuve ansiosa todo el día, tuve que dormir toda la tarde para dejar de dar F5 en el sitio web del laboratorio y poder ver mis resultados. Eran las 400pm cuando me desperté, el seguía dormido, me fuí directo al computador a darle F5 a la misma página que había dejado abierta… y allí estabas gritándome “mami, tenías razón, aquí estoy!”

88

Era un certero 88,2 de gonadotropina coriónica humana, habías llegado y no pude sino llorar ante la pantalla del computador. No le tuve que decir una sola palabra, el sabía que esas lágrimas significaban que habías llegado.

Allí empezó todo, mi ángel hermoso, allí empezo tu historia y te dimos la bienvenida oficial a nuestra familia. Estoy segura que sentiste todo el amor que desde ya te esperaba con brazos y corazones abiertos para amarte toda la vida.

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