Yo le di la vida y él me cambió la mía.

Ser madre no te cambia mucho, te cambia TODO.

Desde aquel martes 14 de octubre de 2013 mi vida sufrió un cambio total, fue un antes y un después. No fue sino saber que una nueva vida se formaba en mi para que la mía se pusiera patas pa arriba sin derecho a mirar atrás. Una nueva Alicia se formó ese mismo día, una Alicia que ni yo conocía.

Los cambios en la vida de una mujer después de ser madre son innumerables, indescriptibles e intentendibles. Yo trataré de hablarles de algunos de los que me tocaron a mi; esos que hacen parte de mi día a día, de la cotidianidad, de las costumbres que cambian por completo con la llegada de un hijo. Y digo que algunos porque abarcarlos todos implicaría un libro completo, y si me pongo a hablar de los cambios emocionales, me sale saga con precuela y todo.

1. Baño.
El baño es un lugar al que normalmente vamos solos, ¿cierto? No, no después de ser madre. Si Elías y yo estamos solos en la casa, él es mi sombra incondicional, y hasta en el baño disfruto de una excelente compañía. Las duchas son rápidas, al grano y cada canto hablándole o cantándole  a mi hijo que está al otro lado gritando a todo pulmón “mamaaaaaaaaaaaaaa”. Entonces es así: cinco segundos para mojarme, unos cuarenta segundos restregando con jabón, enjuagarme y fuera*. Mauricio Cárdenas Santamaría, MinHacienda de Colombia, estaría orgulloso de mi.
*No aplica cuando me lavo el cabello. Cosa que hago de noche cuando ya mi niño está dormido.

2. El sueño.
Favor dirigirse a Mi hijo ya duerme en su cuarto, ¿y el tuyo?

3. ¿Los tacones? Por allá empolvados, bien gracias.
Ya sé que nosotras las mujeres somos capaces de todo y podemos hacerlo con tacones, pero con un niño corrinchón la historia es otra. Prefiero corretearlo en tennis o en baleticas, y estoy segura que mi integridad física me lo agradece. Aproveché los primeros meses y usé plataformas. Pero, cuando Elías empezó a dar sus primeros pasos, todo intento de volver a mis tacones murió. Ahora, espero cualquier ocasión para ponérmelos cuando salimos mi esposo y yo; así que no se burlen de mi si me ven en cine entaconada.

4. Como sobras. Muchas.
Las que se caen el piso, las que se mete a la boca pero no se termina de tragar, las que TIRA al piso, las que deja en el plato, no hay que desperdiciar la comida. Darle de comer a tu hijo también es agotador, ¿por qué no cargar energías comiéndose esto o aquello? Igual no le vas a dar la comida del piso, ¡ni más faltaba!

5. Las salidas.
He vuelto a mi adolescencia y a mis días de soltera viviendo con mis papás. Mi hijo adora a sus abuelos, y no hay nadie más en quien pueda confiar para que se quede con él mientras nosotros nos damos una escapadita juntos solitos los dos. Entonces he vuelto a tener que pedir permiso con antelación, dar explicaciones, hora de llegada y por supuesto, dejar el teléfono disponible para que me llamen “por si cualquier cosa”.

6. Las siestas.
¿Las qué?

7. La llegada a casa.
Después de un agotador día de trabajo, yo llegaba a mi casa y era a levantar las piernas y ver tele hasta que me animaba a preparar la cena, recibir a mi esposo, etc. Ahora, ¡es playtime! Elías me espera lleno de energías y con ganas de correr y de jugar por toda la casa. No importa lo cansado que uno esté, hay que disfrutarlo y pasar eso poco tiempo del día que podemos pasar juntos. Ya hablaremos después de qué se siente ser una mamá que trabaja.

8. Las maletas de viaje.
El coche, el carrito de empujar, el señor cara de papa, Woody, Mickey, la pelota, pañitos húmedos, la crema del pañal, los teteros, la olla para hervir teteros, las toallitas, más pañitos húmedos, su shampoo, su jabón, la leche, el nestum, su merienda para el camino, agua hervida, tres mudas de ropa por día, sus zapatos, sus medias, sus pijamas, pañales, más pañitos húmedos, su plato, su tenedor, su cuchara, sus crocs de cars, más pañitos, sus carritos, su mantita, más pañales, dos de sus toallas por si acaso, una sabanita, otra muda de ropa por si acaso, la pañalera, el vasito del agua, el vasito del jugo, más pañitos… ¿Se me olvida algo? Ah si, dos o tres cosas para nosotros y ya, se cierran las maletas. Días de viaje: dos.

9.  Aretes largos, cadenas, accesorios grandes. ¿Qué cosas?
No, no, no y no. Si no quieres que terminen en la boca de tu niño, o ponerte en un riesgo innecesario de asfixia cuando el lo estira y tu cuello se hace trizas, entonces, guarda todo eso. Esto lo aprendí a la machota un día que un arete (reciente regalo de mi esposo) terminó ni moneda en un pozo de los deseos, allí murió. Me dio mucha tristeza, y desde ese día mis accesorios son: aretes topito, reloj, anillos de boda y pare de contar.

10. Uñas.
En la época antes de Elías, cada jueves o viernes era imperdible ir a hacerme las uñas. Ahora tengo dos estados: O la extrema decadencia  o la inexistencia absoluta de una manicura. En las fiestas de fin de año me las dejé crecer un poco y las pinté. Pero ayer, después que vi un poquito de esmalte entre los dientes de Elías, cuando me mordió mientras le daba comida, decidí no hacerlo más y seguir con mis uñas al natural y al ras. Señores, no me perdono ver un arañón en mi hijo causado por una de mis uñas largas.

11. Te vuelves maestra de la improvisación.
Y entonces aprender a componer canciones. A inventar historias de la nada, y no sólo eso, sino interpretarlas personificando a cada personaje con un tono de voz distinto. Tus manos son ahora marionetas, tu espalda resultó ser excelente para montar caballito, tus cachetes son ahora víctimas de su fuerza, tu risa es encantadora. Y ya, tu eres el juguete favorito de tu hijo.

Cada día es un reto, que asumes con amor y con el mayor compromiso del mundo. Todo es nuevo. Y cuando crees dominar una, a tu hijo se le ocurre pasar a otra desconocida y aterradora etapa.

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