Mi hijo me ha enseñado…

“Aprovecha y duerme ahora todo lo que puedas.” Fue el consejo más frecuente que me dieron antes de que llegara Elías. Y uno de los más tontos, por cierto. A menos que, si por dormir ganáramos puntos que pudiéramos redimir después en energías, dormir todo el día durante el embarazo no me iba a hacer sentir menos cansada y agotada los primeros dos meses de vida de Elías.

Entonces, lo primero que me enseñó Elías fue que una vida pasada de mucho dormir no me iba a ayudar en nada. El cansancio y la desesperación por dormir va a llegar, eso es seguro. Uno se siente en la gloria las primeras semanas, pero después, se siente el agotamiento, y bastante. Un buen consejo es: así la casa se caiga del desorden, duerme mientras el bebé duerme. ¡Esas horitas de sueño son oro!

Mi hijo me ha enseñado mucho, más de lo que podría decir aquí. De sentimientos, de emociones, de la misma maternidad, del ser humano, de mi 100%, incluso me ha enseñado cosas que no sabía de mí.

Me ha enseñado lo fuerte que puedo llegar a ser. Cuando no estoy con mi 100% y me toca cargar bolsas, pañaleras, mi cartera y también a Elías. De repente, una fuerza sobrenatural me invade y puedo con todo sin que se me caiga nada, ni tampoco resbalarme por las escaleras.

Me ha enseñado que cuando estoy con él , no tengo límites. Los niños nos llevan al límite, y al mismo tiempo nos dan la motivación para estabilizarnos otra vez. Te llevan nuevamente al límite, te controlas. Pero ellos consiguen extremarte más, y te vuelves a controlar. No tienes límites cuando estás con ellos. No hay amor ni paciencia que no puedan extenderse un poquito más.

Me ha enseñado lo niña que soy. Jugar con Elías es TAN divertido para mí que a veces no me lo creo. Me invento juegos nuevos para sorprenderlo y yo me divierto a la par de él. Ellos nos enseñan a ser niños de nuevo, y no hay nada mejor que eso. Me encanta ir al parque, jugar a las escondidas en los pasillos de la casa, tiras pelotas por ahí, hacer bolitas con la plastilina, dibujos, leer cuentos personificando personajes. Me encanta volverme una niña cuando estoy con él.

Me ha enseñado que mi 100% es primero. Por lógico que parezca, es muy importante recordarlo frecuentemente cuando llegan los hijos. Buscar espacios solos, salir con otros adultos, hablar de temas que no involucre al niño, ser un pareja en sí. Eso no debe perderse jamás. Primero él y después el(los) niño(s), así es la naturaleza.

Me ha enseñado a no escuchar TANTOS consejos. Él grita tratándose de dar a entender, pero no logras entenderle, todo es un caos y el estrés está en su máximo esplendor. Tú tienes una leve corazonada, pero no lo haces porque todo el mundo alrededor especula y te “explica” qué es lo que pide el  niño. Te dejas llevar y haces lo que te gritaba tu corazón hacía rato. El llanto acaba. Tú lo sabías desde el principio. En cualquier situación, sigue tu instinto de madre, no hay nada más seguro que eso.

Me ha enseñado a ser paciente. Con un niño la mejor arma es la paciencia. Ellos no son miniadultos concientes de todo. Tú eres su guía, ellos apenas están conociendo todo lo que tu ya dominas. No seas tan desconsiderado y dale oportunidad de equivocarse, embarrarse con comida o con tierra, déjalo ser un niño. Las paredes se pintan, las cosas se arreglan, la ropa se lava (y se compra nueva a cada rato, porque crecen una barbaridad), no te estreses por cosas que no valen la pena. Ya crecerá.

Me ha enseñado que el estrés no sirve de nada. ¿Cuándo es que el estres ha solucionado algo? Porque te estreses no es que se va a comer todo, ni a dejar de llorar, ni tampoco a dormir más rápido. Deja que las cosas fluyan, los niños aún viven 100% de instinto, no como nosotros que ya estamos programados. Las cosas pasarán, en su tiempo, así te afanes mucho por adelantarlas.

Me ha enseñado que la lactancia duele pero vale la pena. No voy a hablar de los beneficios nutritivos y alimenticios. Sólo diré que es el momento más mágico e íntimo que pude tener jamás con otra persona. Obvio que eso no pensaba los primeros 10 días que me dolía hasta el infinito, pero ya pasó. Ser capaz de alimentar con tu propio cuerpo a un bebé es algo sencillamente sublime, sin duda lo repetiría.

Me ha enseñado a sorprenderme. Ya nada nos sorprende, ¿cierto? Nos volvemos insensibles y cerrados con el pasar de los años. Con Elías he aprendido a sorprenderme con el vuelo de un pájaro, con el sonido de los animales, con una ardilla que salta de un árbol a otro, con el sencillo movimiento de una cuchara que va del plato a la boca sin derramarse nada, con un abrazo espontáneo de un chiquitín de 80cms, con una nueva palabra, con una reacción inesperada de un bebé. Los niños nos ayudan a ser niños de nuevo, capaces de sorprendernos con lo mínimo. Y eso es una delicia.

Me ha enseñado el amor. Un amor desinteresado, sincero, completo, perfecto, sublime, genial, puro, el más hermoso y profundo que jamás haya conocido. Amarlo y sentir su amor por mí es lo que más me llena en el mundo. Me hace sentir plena, me hace sentir completa. Era la pieza que me faltaba, el pedacito de mí que aún no había  utilizado. Ser madre es quizás la razón por la que me hicieron, porque nada me hace sentir más yo.

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