Los colores de la maternidad

El arcoiris es un fenómeno óptico y maravilloso que nos brinda la naturaleza para el deleite de nuestros ojos. Está compuesto por siete hermosos colores que forman un arco inmenso en el cielo y nos llena de tranquilidad y paz cuando lo observamos. Es tan sorprendente que de una sencilla gota de agua, se desprendan todos estos colores haciendo un espectáculo digno de sentarse a contemplar un buen rato.

La maternidad, por su parte, es un compuesto desordenado de colores, sabores, emociones y altibajos que nos llevan de la locura al amor, y del enojo a la felicidad. Todo en cuestión de nanosegundos. Un día como mamá es de todo menos monótono, desde que empieza hasta que termina vas viviendo un millón de emociones y situaciones que vuelven a cambiar y ponen -tu ya desordenado-mundo de cabeza.

Empieza el día con un sol amarillo brillante y hermoso que ilumina por nuestra ventana. Elías hoy amaneció de muy buen humor y es todo risas y caricias de pereza en la cama. Se levanta, pide ir al baño y luego, mientras papá le quita la pijama y le pone algo más fresco, mamá se va a hacer el desayuno. Hoy he decidido preparar unos deliciosos muffins que han sido un éxito con Elías, cada vez que los hago, se devora uno completico. Le abrimos el apetito con una manzanita en trozos que se come con un gusto que me saca miles de sonrisas de satisfacción. Creo que no hay felicidad más grande que ver comer a un hijo.

La mañana transcurre muy divertida y su risa se vuelve el sonido más hermoso de toda la casa. Después de reposar el desayuno y jugar un rato, a papá se le ocurre bajar a la piscina para refrescarnos. El cielo nos muestra ese azul matutino que ahora disfruto tanto y Elías corre con emoción hasta la piscina. El agua está fresca y el sol está bastante fuerte. “Menos mal le unté el bloqueador” pienso, mientras mi piel se asa lentamente porque -obviamente- mamá se olvidó de untarse el suyo. Chapotear, correr y perseguir las pelotas son los juegos favoritos de Elías mientras estamos en la piscina. “¡Mamá!” me grita invitándome a meterme, y yo no tengo más remedio que ceder, aunque en mis planes no estaba mojarme.

“Ya es hora de irnos, Elías.”  Y él -muy tranquilo para mi sorpresa- le dice adiós a la piscina y no pone resistencia cuando lo voy a cargar. Pero, en cuanto abrimos la puertita para salir empiezan los gritos y el llanto, su cara se pone roja de la ira y tengo que valerme de toda mi paciencia para explicarle por qué debemos irnos ya. Si. Explicarle a un niño de casi dos años. ¿Un reto? ¡Ni se imaginan! Pero hay que hacerlo, si nos ponemos a gritar y enfurecernos a la par de ellos, nadie gana. Logro calmarlo al distraerlo con otra cosa y subimos de nuevo a la casa. (Ya escribiré de esta nueva etapa de Elías que llamaré Los maravillosos dos años)

Después de la piscina, nos bañamos y es hora del tetero. Si contamos con suerte, hace la siesta un rato. Pero, a Elías le encanta disfrutarnos en los días libres, así que la siesta es un cometa que pasa cada cierto tiempo y justo cuando más lo necesitamos. Entonces es hora de leer cuentos, jugar en el resbaladero, con las plastilinas o bien, jugar en ese túnel mágico y espectacular que los adultos conocemos como el comedor.

Para nadie es un secreto que los restaurante incentivan nuestro apetito con el color, y del que más se valen es el  naranja. Ese es el color que invoco cada vez que le voy a dar el almuerzo. Es increíble como un niño que hoy ama y se puede comer un pedazo de pollo entero, mañana lo pueda tirar sin la más mínima cortesía. Se come el pollo/carne/pescado, el arroz, algún vegetal, el jugo y una hora -si, una hora- después somos libres nuevamente para jugar, hacer pereza y/o ver tele un rato.

Las tardes divertidas ahora se han convertido en ir a correr sobre el verde pasto de los parques. Cualquier cosa lo hace divertido: una pelota, el carrito, los columpios, o sólo correr a alcanzarnos y gritar de la emoción. Compartir con otros niños se ha vuelto una dicha para él. Yo vivo encantada de verlo divertirse, reírse sin parar, correr sin limitaciones, experimentar y vivir. Y mientras, aprovecho -de muy buena gana- y hago un poco de ejercicio para bajar esos kilitos de más que me he ganado en estos meses.

Llega la noche con su imponente azul oscuro, indicándonos que es hora de dormir y descansar. Si hay algo que puedo presumir de Elías es que desde los dos meses cogió su propio horario de quedarse dormido. Entre 8 y 830 ese niño no puede con su alma y cae rendido mientras acaricia el brazo de mamá. Me quedo un rato dándole besos, acariciando su espalda y contemplando esa hermosa calma en la que duerme. Lo paso a su cuna, elevo una oración por él agradeciendo a Dios por cada minuto que puedo disfrutarlo, y después…

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Y si el violeta representa el lujo. Entonces, mis noches están llenas de eso. Para los papás el lujo consiste en poder pasar tiempo a solas, sentarse un rato largo, ver televisión que no sea infantil, comer tranquilos, ver una película (si es que las fuerzas nos dan), tomarnos algo juntos, hablar de todo y nada y todo eso… dentro de casa.

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