¡Quiero ser mamá y no puedo!

Las mamás que hemos logrado serlo de forma natural nunca vamos a ser capaces de entender a una mujer que luchó por serlo y que tuvo que vivir muchos procesos, muy dolorosos física y emocionalmente, para lograrlo. Nunca vamos a poder agradecerle suficientemente a Dios y a la vida por habernos dado el don de procrear tan fácilmente.

Este post es para ustedes, esas mujeres que han luchado hasta lo indecible por ser mamás y para las que aún siguen en esa lucha. ¡Ánimo, seguro que pronto lo conseguirán!

Estoy segura que están hasta la saciedad de preguntas indiscretas y dolorosas de muchas personas:

  • ¿Y no has pensado en hijos?
  • Ya tienen bastante años casados, ¿es que no piensan encargar?
  • Querida, ya estás sobre los 30, mira que no te estás poniendo más joven.
  • Yo adoro a mis hijos, seguro estás muy feliz con tu libertad, te harán falta los hijos cuando estés vieja.
  • ¡Qué egoísta eres! ¿Cómo no has sido mamá hasta edad?

Y millones de cosas más que han podido escuchar, en dolor y en silencio mientras recuerdan todas esas veces que una prueba negativa les hizo llorar.

Encontré este lindo post de la experiencia de una mujer que intentó dos años y muchos métodos antes de poder quedar embarazada. Inclusive escribió un libro de su experiencia. Les comparto su artículo para que no pierdan la fe y sigan intentando, les garantizo que vale la pena.

“…decidimos que ya estábamos preparados para ser padres, así que empezamos nuestra búsqueda.

Todos los ingredientes parecían a favor. La edad era óptima, porque el descenso de la reserva ovárica y de la calidad de los óvulos no empieza hasta los 35 años. Año tras año había ido a revisión por mi endometriosis, y ya no había ni rastro de ella. Así que, como la mayoría, imagino, el primer mes pensaba que sería algo rápido. Pero vino la regla, y al mes siguiente, y al siguiente…

En enero decidí hacerme otra revisión, por si acaso durante los meses que llevaba sin anticonceptivos me había vuelto a salir algún quiste. Y, ya que estábamos, nos hicimos los primeros exámenes de fertilidad: mi marido tenía los espermatozoides con poca movilidad y yo tenía la antimulleriana bastante baja.

Fue un golpe muy duro. Todo había ido bien en los últimos años, así que no me lo esperaba. Pero bueno, había que ponerse manos a la obra si quería cumplir mi deseo de ser madre. Antes de la fecundación in vitro, que es más intrusiva (requiere un pequeño paso por el quirófano y la toma de más medicación), decidimos probar suerte con la inseminación artificial. Pero aquel intento fue casi anecdótico, ya que la poca movilidad del esperma de mi marido hizo que el resultado fuese negativo.

Entonces sí, pasamos a la fecundación in vitro. Como mucha gente sabe, esta técnica permite fecundar un óvulo con un espermatozoide en el laboratorio, y luego transferir el embrión al útero para que nazca el bebé.

Hasta en tres ocasiones me sometí a la fecundación in vitro, y en las tres ocasiones los resultados fueron negativos. Pero mi relación con la fecundación in vitro no solo fue una acumulación de negativos, sino que incluso la endometriosis, que llevaba 8 años sin aparecer, se había venido arriba con las estimulaciones. Otra vez vuelta al quirófano (el celador ya bromeaba conmigo) y laparoscopia para quitarme una trompa, aislarme la otra (no la pudieron quitar porque la tenía muy pegada al ovario) y limpiarme múltiples adherencias de endometriosis que habían aparecido.

Como podéis imaginar, este proceso fue como una montaña rusa, donde las noticias buenas y malas se sucedieron a ritmo de vértigo. Emocionalmente, es muy complicado seguir un ritmo así, donde se pasa de la esperanza a la frustración con demasiada rapidez. Según un estudio, el 65% de los que abandonan antes de lograr el embarazo lo hace por cansancio psicológico, antes que por razones médicas o económicas.

Y eso que las razones económicas son poderosas. En Teruel, donde vivo, la sanidad pública cubre la inseminación artificial. El tratamiento de la fecundación in vitro también está cubierto, aunque hay que desplazarse a Zaragoza y la lista de espera ronda los dos años. Por eso recurrí a la sanidad privada, aunque los ciclos pueden costar miles de euros.

Muchas mujeres que tratan de quedarse embarazadas atraviesan un proceso semejante. Pese a que la infertilidad no implica graves dolores, no conlleva limitaciones físicas, ni representa una amenaza para la supervivencia, su diagnóstico trae alteraciones emocionales semejantes a otras enfermedades. Aunque depende de la situación personal (por ejemplo, mientras mayor sea la mujer, más estrés suele traer aparejado), las mujeres pueden sentir depresión o ansiedad.

Luego, también está el riesgo de que la vida en pareja se resienta. Todo esto supone un gran desgaste emocional. En mi caso he tenido mucha suerte. Mi pareja ha sido uno de mis grandes pilares. Y siempre hemos estado de acuerdo en las decisiones importantes, otro aspecto fundamental. Porque si cada miembro de la pareja tiene opiniones diferentes respecto al número de tratamientos a realizar, o hasta dónde están dispuestos a llegar, también puede ser motivo de alejamiento.

Participar en un foro de infertilidad y leer un par de libros sobre el tema me sirvió para cambiar totalmente mi actitud. Dejé de ocultar mi problema. Soy infértil, ¿y qué? Ahora hablo de ello sin complejos. Es más, acabo de publicar un libro que se llama Plantando cara a la infertilidad. Confío en que sea útil a la gente que atraviesa la misma situación, porque hay muchas más parejas en España que pasan por lo mismo: una de cada seis parejas, según algunos cálculos.

Como decía, mis intentos con la fecundación in vitro no dieron resultado. Y dar el salto a la ovodonación no fue sencillo. Intentaba hacerme a la idea, pero se me hacía muy duro. Siempre nos habían dicho que mi abuela, mi madre y yo nos parecíamos mucho, y yo quería que mis hijos tuviesen mi carga genética.

Pero tras el tercer fracaso en la fecundación in vitro y con las complicaciones de la endometriosis, ya no nos quedaban muchas opciones. Si la única solución era la ovodonación… ¡pues adelante! Me mentalicé de que yo llevaría al bebé dentro de mí, de que yo lo alimentaría, y, sobre todo, de que yo lo cuidaría. Sin darme cuenta, había pasado el duelo genético.

De esta forma, inicié mi primer tratamiento de ovodonación. El momento de la transfer fue muy bonito, y en cuanto me pusieron los embriones los sentí de inmediato como míos. Llegó el momento de la betaespera, que es el período desde el final del tratamiento hasta la prueba de embarazo (la “beta” es el valor de la hormona betaHCG que determina si ha habido embarazo o no, y de ahí su nombre).

En ese momento, no hay que hacer nada más que esperar el resultado, pero es un periodo muy duro. Si el mero hecho de esperar la nota de un examen suele ser motivo de nerviosismo, ¡imaginad lo que se siente cuando se trata de un embarazo!

Tras doce días de betaespera, tuve la alegría más grande de toda mi vida. BETA POSITIVA. Por fin estaba embarazada. Y una semana más tarde se confirmó en una ecografía que esperaba mellizos. Tras un embarazo complicado y un parto prematuro, la vida me hizo el mejor regalo del mundo. Mis niños ahora tienen poco más de un año y no puedo ser más feliz.

Aunque tenga un final feliz, esta es una historia dura. Como la que atraviesan todas las parejas a las que les toca lidiar con problemas de infertilidad.”

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