Y entonces llegó Elena

Cualquier día laboral del año 2012, 12:35m: era un día normal, era medio día e iba hacia mi casa como cualquier mortal a la hora del almuerzo: apurada, con sueño y con hambre. Los trancones brillaban en su esplendor y yo rogaba para llegar rápido a casa. Iba distraída escuchando una canción cuando lo vi. Estaba escrito con aerosol negro sobre una pared sucia, una letra horrible y tenía algunas figuras alrededor. Seguro que lo había visto antes pero ese día se me quedó en la memoria, sonreí mientras lo observaba y el resto del camino se me hizo más ameno. Sonaba tan lindo, tan puro, tan amoroso, tan tierno que aproveché un ratico en el semáforo rojo para investigar su origen y su significado, y cuando lo supe me enamoré mucho más.

Volví a mis épocas de jugar con muñecas, cuando simulaba que la bebé era real y le daba tete y le ponía vestidos; me acordé de todas mis barbies y de todos los juegos que simulaba con ellas: era doctora, mamá, princesa… era todo lo que podía jugar con mis muñecas. Siempre la soñé, siempre estaba en mi mente, siempre en mi corazón: una hija. Y ese mediodía ajetreado y hambrienta supe que Elena sería su nombre.

En este embarazo todo fue muy distinto a mi primer hijo, pero eso no significó nada porque todos los embarazos son distintos y es un error creer que los síntomas tienen algo que ver con el sexo del bebé. Así que no me ilusioné con eso.
Como tres personas diferentes y en diferentes contextos me dijeron “Ponle la firma, es una niña.”. Tampoco me ilusioné con eso.
Inclusive el verídico, fundamentado, sólido y certero calendario chino del sexo del bebé me decía que por mi edad y la fecha de concepción, tendría que ser niña. Pero tampoco me ilusioné con eso.

De hecho -y por alguna sugestión de la primera ecografía- estaba convencida que era un niño y estaba muy feliz porque llegaba un amiguito para mi hijo mayor; lo he visto jugar con sus primitos y se pone tan contento que me ilusionaba imaginar a mis dos hijos varones jugando de la misma forma en unos años. Inclusive  me pintaba con mi peluca plateada, mi vestido azul, disfrazada de Daenerys Targaryen como “madre de dragones varones”… pero Dios tenía otros planes.

Y si, está claro que como mujer me soñaba una hijita que me hiciera compañía y con la que pudiera compartir todas esas cosas de mujeres que aburrirían a Elías. Es cierto que pensaba que en caso de tener otro varón, sería inevitable preguntarme cómo hubiera sido tener una niña, pero estaba segura que fuera lo que fuera me alegraría de corazón y sería un nuevo amor que llegaría a mi vida.

Domingo 1 de enero de 2017, 9 de la noche: no tenía ni pizca de sueño. No era que hubiera dormido durante el día, era la mismísima emoción de saber que al día siguiente me enteraría qué venía en mi vientre. Esa noche no pude dormir bien, no hallaba acomodo, incluso el bebé en mi barriga estuvo moviéndose toda la noche porque mamá no podía pegar ojo. Yo le hablaba, acariciaba mi barriga y le decía que al día siguiente tenía que dejarnos ver si era niña o niño. Amaneció y yo intenté dormir unos minutos más para no estar tan cansada pero no pude, me quedé acostada mientras se me pasaba un terrible dolor de espalda pero no me dormí. Mi esposo tuve el divino detalle de preparar el desayuno y me lo comí rápidamente, estaba afanadísima y temía llegar tarde a la cita. Hasta que llegamos. Sentí una eternidad la espera hasta que me llamaron “La señora (¡SEÑORA!) Alicia, adelante, por favor.” Y pasamos al cuarto de ecografías.

Vimos su cabeza, sus piernas, sus brazos, sus manitos, sus pies, sus talones, el doctor tomó todas las medidas de rigor. Y ella me hizo caso, tenía sus piernitas abiertas y el doctor -y el papá también- pudo ver perfectamente lo que tuvo que explicarme luego con plastilina a mi. Yo sólo dije “No veo pipí, pero no sé si es porque es niña o porque está del otro lado.” y el doctor muerto de la risa me dijo  “Mira, allí se ven los labios, la vulva, esta forma que ves aquí… es una nena, vas a tener una nena ¡Felicidades!” Yo miraba incrédula a mi esposo y sólo pude reírme y decirle “Se llama Elena, bienvenida, Elena. Amor, eres papá de una niña. Bueno, de dos niñas, porque tu eres el serio de la casa.”  

Pero fue cuando salimos del cuartico, mientras íbamos caminando hacia la salida; llevaba una gran sonrisa, las lágrimas brotaban de mis ojos y no las podía retener. Las personas me observaban un tanto extrañados, pero  no me importaba, la emoción era más grande que yo. Y cuando salimos al parqueadero y estuvimos solos abracé a mi esposo y lloré como una niña; él me abrazó y me dijo muy contento que Elena había llegado, que ahora tenía dos princesas en su casa y que se sentía muy feliz. Yo no podía contener mis lágrimas, la emoción me llenó hasta los huesos, no lo podía creer, mi instinto de madre me había fallado pero no me importaba. Es mi princesa, mi nena, mi muñeca, mi niña… esa que tanto soñé, esa que tanto imaginé, ya tenía su nombre claro, ya había empezado a amarla sin saber que había llegado… Dios me la regaló y yo todavía no me lo puedo creer. 

 

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