El poder de los hijos

Que la conexión que se hace desde él útero es infinitamente poderosa. Que un besito nuestro puede curar cualquier golpe o raspón. Que el amor de madre es lo más verdadero, real y fuerte que puede experimentar un ser humano. Que no seríamos nadie sin nuestra mamá… pero, ¿qué podemos decir del poder que viene del amor que nos profesan nuestros hijos? ¿A dónde nos puede llevar tan sólo una mirada suya? ¿Qué podemos decir de la enorme e inmensurable influencia que tienen nuestros hijos sobre nosotros?

Anoche mientras dormía a mi hijo un sucio cayó en mi ojo, la picazón era muy fuerte y no podía dejar de rascarme, me abrí un poco los párpados buscando la manera de que un poco de aire del abanico me ayudara a aliviar el escozor, pero fue inútil. Entre más lo rascaba, más me picaba y no podía hacer nada para detenerlo. Justo cuando me decidí a levantarme para lavarme el ojo con agua, mi hijo se dio una vuelta, puso su cabecita bien pegadita a mi -tanto que cubría mi ojo- y ante la imposibilidad física de seguirme rascando, la nula intención que tenía de despertarlo y la satisfacción indescriptible de tenerlo sobre mi pecho abrazándome… me di por vencida y a los pocos segundos el escozor era cosa del pasado. Bastó un toque de él para que se me quitara. Ese es el poder de los hijos.

Cualquier papá sabe que un apretón de unos pequeños bracitos pueden mejorar el más terrible de los días. Damos fe que después de una larga jornada laboral, el llegar a nuestras casas y recibir un abrazo fuerte de un chiquitín, es el mejor remedio para quitar el estrés de nuestro cuerpo. Y ni hablar cuando ellos vienen de acompañantes a buscarnos al trabajo: mi hijo empieza a llamarme desde que salen de la casa, pide a todos que se corran para hacerme espacio y cuando me monto empieza a reírse y en muchas ocasiones se monta en mi regazo y se queda pegadito a mi en un abrazo eterno que me quita de una toda pesadez; eso si no prefiere quedarse con su abuelita.

Y qué me dicen de esos besos que quitan dolores de espalda, de cabeza, de pierna, de estómago y en general, de cualquier parte del cuerpo. Porque no sólo los besos de mamá son los curativos. A mi inevitable dolor de espalda le ha llegado la cura: un besito de Elías; y cada vez que me voy a levantar cual tortuga que han volteado, él-como el hermoso ayudante y caballero que es-me empuja por detrás para ayudarme a incorporarme. Es que levantarme con una panza de cinco meses no es fácil, no es cómodo, no es lindo de hacer, y seguramente no podrás presenciarlo sin reírte abierta o discretamente.

Todo papá sabe que siempre mientras estén pequeños nosotros somos héroes y ejemplo ante sus ojitos, ellos nos hacen querer ser mejores personas. Cuando están presentes siempre queremos resaltar los buenos comportamientos que alguna vez nos enseñaron nuestras madres. Ellos  nos inspiran a hacer las cosas de la manera correcta y siempre buscamos darles un buen ejemplo; todo para que en un futuro sean personas de bien que cumplan con sus metas y que consigan todos esos sueños que desde ya se están formando. Es por esto que un hijo se convierte en una razón más para ser buenas personas, para mostrarles cómo ayudar a otros, enseñarles a ser ordenados aunque nosotros no lo seamos, e incluso nos proponemos serlo para que ellos lo tomen de de ejemplo. Este es un ejemplo hipotético, que conste.

Ser padres nos ha hecho mejores personas. Los hijos llegan a nuestra vida a cambiarla, y contrario a lo que muchas “mamás” andan escribiendo por allí, la cambian para bien. No sé si ellas pensaban que todo sería color de rosa y que las dificultades se esfumarían cuando tuvieran hijos, quizás por eso hoy muchas llegan a decir atrocidades como que se arrepienten de haber tenido hijos o que el tenerlos ha bajado su calidad de vida; ya escribiré de eso en otro post. En mi nuestra experiencia, ha sido todo para bien (y ojo que esto no significa que todo sea perfecto), la vida nunca ha sido ni será perfecta, pero si es cierto que el ser padres para nosotros ha significado -entre muchas otras cosas- más aventuras, más risas, más juegos, más aprendizaje, más crecimiento, más creatividad y sobretodo, mucho y mucho  más amor.

Ser madre me ha hecho más fuerte. A pesar que ahora mi corazón camina fuera de mí y que podría morirme si cualquier cosa le pasara a mi hijo, el ser madre me ha hecho más fuerte. Sé que las personas me ven y lo último que verían es una mujer fuerte. Pero cuando estoy con mi hijo y su seguridad depende de mi, se me quitan todos los miedos, las inseguridades y me encargo que todo marche bien para que el se pueda sentir seguro. En resumen,desde que me convertí en mamá me siento más eficaz y fuerte, soy más valiente y resistente, y al mismo tiempo soy más sensible al dolor ajeno. Supongo que eso se debe a que el tener un hijo no sólo ha creado un vínculo con él, sino con el futuro, en el sentido que me hace comprometerme aún más a crear uno mejor especialmente para él. 

 

 

 

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