A propósito de la entrada al jardín

Hoy es el séptimo día de clases y Elías se despertó particularmente feliz. Se bajó de la cama dando brinquitos y no caminaba sino que corría por la casa. El baño fue lo más tranquilo, se dejó poner su ropa sin problema, desayunó como un niño ejemplar y cuando le mostramos el maletín del colegio empezó el llanto “¡No, no, no, no!” nos pedía porque sabía que eso significa que iba para el colegio. ¡Qué difícil es verlo “sufrir”! Cuando íbamos en el carro tenía una cara entre tristeza y resignación que me partía el alma cada minuto; me dan ganas de renunciar, de dejar de mandarlo y de abrazarlo como si no hubiera un mañana.
Dejarlo llorando en el colegio me despierta tanta desolación que lo único que me hace detener las lágrimas es recordar que Elena está en mi panza y que debo ser fuerte por ella.

¡Ya lleva un poco más de dos meses y estamos felices! Elías se ha adaptado por completo, y -muy a pesar que me ponga celosa- ha hecho un lindo vínculo con su profesora y eso lo ayuda a quedarse más tranquilo. Ahora se baja del carro, se despide de papá y entra feliz a su colegio, en muchas ocasiones entra saltando o corriendo y dando carcajadas con la profesora. Se acabaron las caras tristes, la voz pechiche diciéndonos “no”, las lágrimas y las ganas de agarrar a mi hijo y llevármelo para el trabajo para no verlo sufrir.

Una, dos, tres o cuatro semanas. No existe un tiempo estándar para que nuestros niños se acomoden a estar en el colegio solos, sin nosotros. Un niño pequeño está acostrumbrado a la compañía, ellos no se quedan solos nunca, siempre hay alguien de su confianza alrededor, esto es algo que les hace sentir seguros y confiados en cualquier lugar. Pero al verse solos y con personas extrañas, termina siendo natural que se sientan abandonados y por eso el llanto inconsolable. El cambio es enorme y nosotros deberíamos ser un aliciente que les ayude a asimilarlo y no imponerselos causándoles más sufrimiento del que ya van a tener. 

Entonces, ¿cómo le ayudo a mi hijo a vivir esa etapa tranquilos? A mi me dieron muchos consejos -como siempre, muchos de ellos que ni pedí- pero creo se trata más que esfuerzo de nuestra parte, se trata de un proceso que nuestro hijo debe (y va) vivir y no podemos hacer absolutamente nada para impedirlo. Lo único en lo que podemos ayudarle es darle un poco de seguridad y confianza para que lo afronte con menos trauma.

Dejarlos solos desde el primer día.
Quizás el peor de los consejos que me dieron. “Déjenlo y váyanse enseguida, nada de ese proceso de adaptación. Quedarse es alargarles el sufrimiento.” Lo increíble es que lo dijeron unos papás de dos hijos de 7 y 4 años, que por supuesto no vivieron el proceso porque se lo cargaron a la abuela. Me limité a quedarme callada y sonreír, pero por dentro se llevaron uno que otro insultico ¡Es el colmo! ¿Será que se han puesto a pensar en el sentimiento de abandono que podrían sentir? Yo me imagino que no. Ya veo a Elías sentado en su silla, escuchando que va para el colegio (uno lugar que no conoce bien y con personas que tampoco conoce) y de repente lo bajo del carro, se lo entrego a la profesora, me despido y me voy ¿Qué clase de monstruo hace eso?

El doloroso proceso de adaptación.
Era el tercer día, Elías se bajó del carro con una cara de resignación que me partió el alma en mil pedazos, lloró cuando el papá se lo entregó a la profesora, ella lo llevó a la malla de saltar que le encanta, sonrió por dos segundos hasta cuando vio que sus papás no habían entrado y ya estaba dentro de la malla. No les puedo explicar cómo se rompía mi corazón a pedazos mientras me alejaba y lo veía saltando con la cabeza gacha y unos lagrimones mudos bajaban por sus mejillas. Jamás olvidaré esa imagen y siempre me romperá el alma.

Otra vez, la clave es la anticipación.
Desde primera hora del día -incluso la noche anterior- le indicamos que es día de colegio y que va a ir a divertirse y a jugar con todos sus amiguitos. Que los papás vamos al colegio de grandes y que el va a un colegio más pequeño, que es normal que se quede allí con sus profesoras y que se esté tranquilo y confiado en que lo vamos a ir a buscar todos los días a la hora programada. Le hablamos y le hablamos y le hablamos y aunque eso  no causó un efecto inmediato hoy (después de dos meses) podemos decir que el método funciona y que los  niños entienden mucho más de lo que nos alcanzamos a imaginar.

Un objeto de transición.
Puede ser cualquier cosa:  el cuento, el juguete, la manta, la camisa, el  vasito, etc.  El objeto de transición representa para ellos esa conexión aparentemente perdida con casa y les da una sutil seguridad que ni todas las palabras del mundo podrían darle. El de mi hijo fue su vaso de tomar agua, da mucha risa que en todas las fotos de los primeros días él siempre sale con su vasito en la mano. Apenas llegaba se lo pedía a la profesora y eso lo ayudaba a tranquilizarse. ¡Bendito sea el vaso y su mágico poder!

Y así fue como vivimos nuestro proceso, hoy podemos decir que fue corto  y que nuestro hijo se adaptó rápidamente. ¿Cómo vivieron uds el suyo? ¿Tienen algún otro tip que pueda ayudar a los papitos que lo están viviendo?

 

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