Ser madre es maravilloso pero…

Una de las frases que más me ha marcado de GOT (Game of Thrones) es esa que dice “Mi hermano solía decir que todo aquello que se dice antes de un ‘pero’ realmente no cuenta” No es el caso del título de mi post pero me acordé de ella cuando lo escribí; y es que estas son las confesiones más crudas y reales de una mamá que no ha dejado de ser mujer.
Suena muy egoísta pero en realidad no lo es. Llevo tres años de mi vida sin dormir bien, dejando de comerme cosas por dárselas a mi hijo, comiendo frío o de pie o pendiente de las travesuras de Elías. Tres años que nuestras salidas son a sitios infantiles donde la comida no es tan buena y mucho menos variada. En estos años hemos viajado solos en pareja solo en dos ocasiones. Nos hemos acostumbrado a una casa desordenada y llena de juguetes. Y ahorita llevo 4 meses de estrenar bebé, cambiar 25 pañales al día, estar sentada HORAS dando teta, ir al baño con la puerta y consolando a una Elena que llora, durmiendo interrumpido y nunca más de 7 horas, sin contar el encierro que tuve que vivir por más de 2 meses. Hemos tenido que resignarnos a que los muebles se manchen cada semana y a todo el ajetreo que trae criar a un par de hijos que son lo más hermoso que hemos hecho juntos.
Y aquí les van mis confesiones:
Extraño mi libertad. Esa potestad de agarrar las llaves, la cartera y salir en dos segundos. Sin agenda, sin preparaciones, sin buscar quien cuide a los niños, sin afanes y sin preocuparme por ellos mientras lo hago. 
Extraño mi nombre. Ahora, en la gran mayoría de lugares que frecuento ya no me llaman por mi nombre, ahora soy “la mamá de”.
Extraño los sitios de adultos. Si, ya saben que no frecuento muchos sitios de adultos, realmente me hacen falta.
Extraño leer sin interrupciones. Poder leerme un libro de un solo y acostada en mi cama.
Extraño el romanticismo con mi esposo. Lo habíamos recuperado ya después de algunos años, pero ahorita con la bebé es casi imposible. Esas noches de hablar de todo y nada y de reírnos de bobadas como antes. Cuando ellos se duermen no pienso en otra cosa que en dormir, el cansancio es indescriptible.
Extraño conversar con él por dos minutos seguidos. Sin tener que regañar a Elías por alguna travesura, sin que Elías llame a alguno de los dos o sin que Elena llore inquieta porque quiere moverse o comer.
Extraño el tiempo ocioso. Quedarme en cama sin hacer nada, una hora por lo menos, sobretodo al despertar.
Extraño no pensar en las malas palabras que decimos. Cualquier cosa puede ser utilizada en mi contra por mi loro de tres años.
Extraño comprar. Comprar cositas para mí sin remordimiento de poder haber comprado algo para ellos.
Extraño hacer reuniones de adultos. Con conversaciones de adultos, sin hablar de lo que hacen los niños.
Extraño usar accesorios ‘incómodos’ propios de una mujer. Usar cadenas, zapatos altos, perfume, esmalte de uñas (y renovarlo sin problema cada semana)
Extraño nuestros domingos. Esos domingos de dormir hasta las 10, despertarnos perezosos, arreglarnos sin prisas y salir a almorzar porque ya el desayuno perdía vigencia.
Extraño poder vestirme a mi antojo. Ahorita que andamos de lactancia, me tengo que poner blusas con botones, por lo que mis opciones se redujeron a 3 blusas y dos vestidos.
Y aunque realmente extraño estas cosas y quisiera más escapadas de las que hacemos, ninguna de ellas llenaría mi corazón de la forma en la que lo hacen mi gordito recochón y mi princesa de los ojos hermosos. 
No pasa nada, sólo nos faltan 10 años para recuperarlas.

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