Del “uso” y el abuso de las nanas | abuso de las nanas

Ya es el final de la jornada laboral de un viernes, ha sido una semana tenaz en el trabajo, has logrado muchos objetivos y otros quedaron pendientes para la siguiente semana; lo que más deseas es llegar a tu casa a descansar. En cuanto llegas, te das cuenta que no quieres estar encerrado y le dices a tu esposa que salgan a comer afuera para darse un respiro de la semana, le pides a la nana que busque la ropa de los niños, los cambie, les cepille los dientes, los peine y los tenga listos en tanto tiempo; además que aliste también ella porque van a salir a comer fuera.

Finalmente llegan al lugar destino, y por supuesto que elegiste un lugar con parque para que ellos -los niños- puedan disfrutar también. Entonces tu hijo te pide con emoción que lo lleves al parque, pero tu estás muy cansado (y tu esposa también) así que le pides a la nana que vaya a vigilarlo. Tu hijo se resigna a irse con ella, pero se quedó con las ganas de enseñarte ese nuevo salto que aprendió y quería escuchar tus felicitaciones por haberlo logrado. La foto de la cabecera habla mejor que yo. Era viernes en la noche en restaurante de un centro comercial, una amiga tomó la foto indignada porque el 99% de las personas al cuidado de los niños de la escena no eran sus padres sino sus nanas. Uno se pregunta ¿Dónde están esos papás?

Recuerdo hace un tiempo en un baby shower, hablando con una amiga -licenciada en educación infantil- que ha trabajado en varios jardines infantiles de la ciudad, hablaba de algunos puntos a resaltar de cada colegio en los que había estado. De repente, nos interrumpió la un niño que estaba aprendiendo a caminar y “chocó” con nosotras, nuestra reacción fue agarrarlo para que no se cayera y detrás de él venía la nana: “Juanitooooo! Cuidado te caes!” Afortunadamente no le pasó nada al niño y ella -la nana- se lo llevó cargado.

Por instinto maternal, seguimos con la mirada a la nana a ver hacia dónde lo llevaba. Se dirigía hacia la mamá del niño que ni cuenta se había dado del episodio. Bueno, so pena de quedar como mamá inquisidora debo confesar que ese día me molestó mucho la actitud de la mamá. Quizás estaba cansada, quizás era una niñera que sólo tenía ese día y la estaba aprovechando, de pronto tenía el pie dislocado porque poco se levantó a cuidar a su recién caminante, o cualquier otra situación especial la llevó a dejar al TOTAL cuidado de la nana su hijo esa noche. Después de ese episodio mi amiga me dice “cada vez que veo algo así, entiendo porque las niñas en el jardín que estoy ahora juegan a ‘la nana’ y no a ‘la mamá’ como lo hacíamos nosotras.” 

No les puedo explicar la tristeza que me causó enterarme de esa realidad y del mensaje tan equivocado que estamos dejando a nuestras niñas. Seguramente cuando ellas sean madres van a copiar esos métodos y sus nietos serán otros niños criados por nanas, aunque mi lado positivo tiene la esperanza que esa completa dejadez de sus mamás las hagan recapacitar y no le hagan vivir lo mismo a sus propios hijos. Esa frase se me ha quedado TAN marcada en mi vida que no puedo evitar observar con recelo a una familia que deja el entero cuidado de sus hijos a las nanas. SI. Sé que es agotador, sé que muchas veces nos queremos dar un respiro, sé que criar hijos es un trabajo fuerte que necesita manos extras, pero una cosa es un respiro y otra la completa entrega del cuidado de nuestros hijos a estas mujeres.

Yo he notado que soy del otro extremo. La nana de mi hijo en realidad hace más de empleada que de nana. Le pido que me ayude con los quehaceres de la casa  y el cuidado de Elías cae en manos de mi esposo y yo, ahorita mismo más en las suyas -por razones de peso adicional en mi panza- pero normalmente es un 50%-50%. El punto es que ella no lo baña, tampoco lo viste, no le da la comida y mucho menos lo dejamos solo con ella cuando queremos salir como pareja un rato, tenemos la bendición de dejarlo con mis papás(lo dejamos ya dormido, claro está). Mi estilo de maternidad es aprendida, viene de crianza, recuerdo que mi mamá también era es muy empoderada de su maternidad y la nana sólo nos atendía si mi mamá no estaba en casa. De resto, era ella quien hacía todo el trabajo “sucio”.

No pretendo ponerme de ejemplo -¡ni más faltaba!- porque creo que como todo en la vida: el cilantro es bueno, pero no tanto. Sí que la ayuda nos vendría bien, pero es muy difícil asimilarlo así de una sola vez, he optado por delegarle tareas un poco más “invasivas” para darle un respiro a mi esposo de vez en cuando. Cosas como que le prepare el uniforme, la merienda, se siente con él a jugar cuando mi esposo no está en casa (porque mi espalda ya no aguanta sentarme en el piso) y otras que no impliquen un contacto tan directo.

Me pregunto de las que me leen, ¿cuál es tu tipo de maternidad? Entiendo que las que trabajamos debemos entregar muchas cosas, pero ¿cómo le hacen cuando llegan a casa?

 

Presente con “P” de Papá

“Hola mamita, buenos días, la entrada es por el otro lado.”

Nos dijo la señora muy amablemente para indicarnos que estábamos en el lado equivocado del lugar. Y como en todos los colegios, centros de estimulación temprana o instituciones relacionadas con formación infantil, uno pierde el nombre y pasa a llamarse  Mamita o Papito.

Mi esposo se quejó y me dijo:

¿Y por qué no me menciona a mí? “Papito, buenos días, la entrada es por el otro lado” Papito también está aquí.

Mi esposo en su descontento expuso una realidad que tienen que vivir todos los papás (mejor dicho, aquellos que realmente se involucran en la crianza de sus hijos): nadie nos lo nota. La maternidad sigue amarrada a esa visión de madre sufrida y que le toca hacer todo sola así tenga marido. El marido se reduce a un ente sentado en un sofá viendo televisión mientras que la esposa se encarga de todo en la casa. La esposa a la que le toca todo, la que trabajan en una empresa de 8am a 6pm pero aún así debe continuar con la carga de la casa; algo así como mi mamá es otros tiempos. En La nueva paternidad  hablamos de esa hermosa generación de padres empoderados, para quienes la crianza de sus hijos se ha vuelto en el rol más bello de su vida y a pesar que son muchos -y siguen aumentando- la sociedad parece no darse cuenta de sus sacrificios y no les da la importancia que de verdad se merecen.

Cuando hablamos de crianza este mundo es realmente feminista. Los papás son muy ignorados: por ginecólogos, por pediatras, por profesores, por los amigos de los hijos, por las abuelas… casi que parece un complot en su contra. Desde el embarazo, todo gira en torno a la nueva mamá: la pancita, los antojos, el cambio de su cuerpo, sus cambios de humor, sus dolores, el movimiento del bebé, el crecimiento uterino, la -bendita- última fecha de menstruación, la hipersensibilidad a cualquier cosa animada y/o inerte, a las pataditas en la panza, a la forma de la panza, que si siente que es niño, que si siente que es niña…etc. ¿Y el papá qué? ¿Acaso no cuenta? Ellos también se asustan, se desvelan pensando en lo que viene, tienen millones de preguntas, siguen paso a paso el embarazo de sus mujeres, las cuidan, las protegen, complacen sus antojos, se aguantas sus cambios de humor, se resignan a estar más tiempo solos porque su mujer no para de dormir… definitivamente merecen más atención y reconocimiento.

Hace unos 10-15 años aproximadamente nadie se quejaba porque no había cambiador de bebés en el baño de los hombres, porque esa era función exclusiva de la mujer. Tampoco era común ver a un papá con una pañalera rosa de flores, corazones y mariposas cargando en el hombre por toda la calle sin el mínimo atisvo de verguenza. El papel tradicional del padre se limitaba a ser el proveedor y la disciplina en la casa.

Y es que ¿qué sería de mí sin mi compañero de vida alias“papito”  en este post? Pues nada, absolutamente nada. Él siempre será mi mejor complemento y mi pareja perfecta. Jamás me imaginé lo sexy que se vería jugando con Elías en el parque, es sencillamente delicioso contemplarlos.No me quiero imaginar mi vida sin su apoyo y sin su fortaleza, sin que él esté pendiente que no me coma cualquier porquería que se me antoja, me acompañe a las citas mientras me acuestan en la humillante silla de revisión de la doctora, sin que haga los videos del bebé, sin que me cubra cuando no doy más y juegue con Elías, sin que sea él quien cargue a Elías cuando se pone intenso y nadie lo aguanta. ¿Para qué entrar en detalles? Ese hombre se bandea todo, sin quejarse, sin gritarme  y siendo lo más dulce de este mundo. En esta aventura de la maternidad, él es el único responsable de que yo siga cuerda (o algo así).

Mientras una Alicia adolorida se quedaba sentada en la banquita del parque, un Jesús juega y salta al lado de un feliz Elías que llega de tanto en tanto donde mamá a dejarle un beso en la pancita. Otro papá cercano columpia a su niña pequeña mientras le canta una canción. Y otro un poco más lejano levanta a su hijo y le da un beso que se escucha a dos cuadras a la redonda. Si eso hubiera pasado durante mi infancia, un grupo de papás -comandados por el mío- se armaban de antorchas y salían a cazar a cuanto hereje osaba acabar con la hombría característica del macho alfa de la casa.

Ser un papá presente no es solo que estés ahí físicamente, implica necesariamente que dediques tiempo de calidad a tus hijos. Y que así como mamá, hagas sacrificios más allá de acompañarla durante veinte de los sesenta minutos que demora la toma nocturna. Deberías disfrutar cada etapa de tus hijos, cada una -por dura que sea- trae experiencias hermosas y enriquecedoras que si aprovechas ahora, verás resultados muy positivos en el futuro. Verás a tus hijos convertirse en personas de bien, seguros de si mismos, completos, exitosos y sobre todo en personas que saben y no temen expresarse, cosa que les abrirá infinitos caminos en la vida.

¿No tienes idea de cómo empezar? Aquí te dejo un regalito:
1. Saca tiempo para tu familia. Sin afanes, sin celular, sin televisor.
2. Educa con tu ejemplo. ¿Quieres que tu hijo sea una buena persona? Empieza por serlo tu mismo.
3. Ama y respeta a tu esposa. Si tienes un varón, le enseñarás a valorar a las mujeres. Si tienes una niña, le darás altos estándares al buscar esposo.
4. Disciplina con amor y respeto. Sin olvidar resaltar algo bueno cada vez que lo hagas.
5. Crea memorias y luego compártelas con ellos. Los momentos pasan muy rápido, pero los recuerdos no se borran nunca.

Un padre es el primer superhéroe de un hijo y el primer amor de una hija.

Y el segundo, ¿pa’ cuándo?

Si estás soltera, “¿Y el novio pa’ cuándo?”
Si estás de novia, “¿Y el matri pa’ cuándo?”
Si estás casada, “¿Y el bebé pa’ cuándo?”
Cuando tu primer bebé tiene dos horas de nacido, “¿Y el segundo pa’ cuándo?”
Si tienes dos varones, “¿Y la niña pa’ cuándo?”
Si tienes dos niñas, “¿Y el niño pa’ cuándo?”

El punto es que la gente pregunta lo que no debe, se mete en lo que no le importa, vive inconforme con tu vida y a ti no te debe importar menos. Tu proyecto de vida es tuyo y no tienes porqué andar repartiendo explicaciones de lo que haces y de lo que no a todo el mundo. Ya tu sabes a quiénes le importas de verdad y sólo a ellos vas a querer compartirles tus cosas y darles, de vez en cuando, una explicación.

Casi todos los papás hemos tenido esos incómodos momentos en los que uno no sabe qué responder para no ofender al chismoso. Pero ya hablando en serio, cuándo es el momento ideal de encargar hermanito? Más de una pareja en este momento debe preguntarse lo mismo, nosotros hemos tenido varias etapas, desde “cómo carajos decidí ser padre?” Hasta “Awww ya Elías está grande, vamos a hacer otro bebé.”

El punto es que la gente pregunta lo que no debe, se mete en lo que no le importa, pareciera que estuviera inconforme con nuestras vida, ¡Y a nosotros no debería importarnos menos! Nuestro proyecto de vida es nuestro y no tenemos que andar repartiendo explicaciones de lo que hacemos y de lo que no a todo el mundo. A estas alturas ya sabemos a quiénes le importamos de verdad y sólo a ellos le compartirnos nuestras cosas y les damos, muy de vez en cuando, una explicación. Casi todos hemos tenido esos incómodos momentos en los que uno no sabe qué responder para no ofender al chismoso, a veces nos limitamos a dar una sonrisa que no parezca tan hipócrita y guardamos silencio.

Pero… hablando de la segunda paternidad, ¿cuándo es el momento ideal de encargar hermanito? Acaso hay alguna señal que nos indica que ya estamos listos? ¿Acaso vamos a dejar de sentir miedo algún día? ¿O será que todos encargan A PESAR del miedo? La respuesta de esas preguntas las tenemos nosotros mismos, sino que nos da aún más temor encontrarlas. Nadie puede decirte cuándo es el momento indicado, tú y yu pareja son los únicos responsables de eso. Nosotros hemos tenido varias etapas: desde “cómo carajos decidí ser padre?” Hasta “Awww ya Elías está grande, vamos a hacer otro bebé.”

¡¿Otro bebé?! Hay quienes piensan que un hijo único no es problema alguno y que jamás va a sentir la ausencia de un hermanito. Los que tenemos hermanos incluso podríamos pensar que estamos haciéndoles un favor. Pero ¿quién tiene la última palabra? En realidad, como casi todas las decisiones transcendentales de la vida, son decisiones personales y/o de familia.

Pero si ya la tienes clara y sabes que quieres al menos dos hijos, por aquí te voy a dejar algunas señales que ya están listos para encargarlo:

1. Están estables económicamente.
Cualquiera puede saber – o al menos imaginarse- que un hijo es una gran inversión, y no sólo de tiempo sino de dinero. Con el segundo hijo ya tienes un estimado más real de todos los gastos que se vienen: desde los costosos complementos prenatales, exámenes médicos, el parto, los pañales, etc. hasta la universidad. Es muy buena idea ir haciendo el almacén de pañales, cremas antipañalitis y pañitos desde muy temprano.

2. Has perdido el peso del primer  embarazo.
Si ya es difícil bajar el peso de UN embarazo, aún debe ser más difícil bajarlo de dos. El cuerpo ya ha sufrido bastantes cambios durante tu primer hijo, tu piel no es la misma que la primera vez, tus músculos ya se han estirado bastante. Por lo que es muy recomendable esperar recuperarte de tu primer embarazo antes de quedar otra vez.

3. Has podido recuperar tu relación de pareja después del caos de los primeros meses.
Ya sabemos que es muy difícil volver a ser la pareja que eran antes de ser papás, pero si han podido recuperar su intimidad, tienen tiempo para estar solos y disfrutarse, han podido escaparse durante más de un día y sienten que a pesar de todo siguen siendo esos novios que casaron hace unos años; es un momento bueno para encargar. No lo hagan mientras aún viven en el caos, pues será muchísimo más difícil y agotador.

4. Tu primer hijo ya duerme toda la noche.
El descanso es muy importante, lo mejor es que ya puedas hacerlo tranquilamente y que tu hijo mayor tenga una rutina ordenada de su día. Será muy duro volver a empezar las trasnochadas pero al menos no serán dobles.

5. Tu primer hijo ya tiene más de dos años.
Este es un punto muy personal y de decisión de cada familia. Para mí que se lleven tres años es una buena edad para ayudar al compañerismo entre hermanos y también permite que hayamos podido disfrutar al primero. Sin embargo, habrán muchas familias que piensen que es mucho tiempo y otras que piensen que es muy poquito. Ya esto es mejor dejarlo a decisión personal.

Pero lo que si es regla general, es que un segundo hijo multiplica el amor y nos hará el doble de felices; sin mencionar el doble de estresados, pero todo valdrá la pena. No estoy de acuerdo con dejar a mi hijo como único, ya vendrá el momento de tener su hermanito.

En otro post les comentaré cómo preparar al hijo mayor para la llegada del hermano menor.

 

 

Los ocho “yo nunca” que todas las mamás terminamos haciendo

El sábado estábamos en una fiestecita de cumpleaños de un amiguito de Elías y un grupo de mamitas tenían una conversación tan amena que llamó mi atención. Y aunque no participé, me reí de sus comentarios porque también había vivido todas esas situaciones. Ellas se reían de sí mismas cuando estaban embarazadas y se juraban una y otra vez que iban a hacer todo al pie de la letra, que no iban a consentir caprichos, que iban a ser muy estrictas con la alimentación y que jamás iban a ceder ante una pataleta de sus hijos. ¡Cuánta ingenuidad!

Y es que cuando apenas vamos a ser mamás nos creemos “las súper”, criticamos las actuaciones de las mamás que vemos por la calle, juramos que lo vamos a hacer mejor que ellas y hasta sentimos ganas de ir a enseñarles todas esas teorías que tanto hemos leído en esos libros tan buenos que nos compramos. Ellas mismas leerán este post, se reafirmarán en sus compromisos iniciales y pensarán que soy una de esas mamás a las que pueden re-educar.

Es así como se me ocurrió hacer este post donde pregono abiertamente todos los “yo nunca” que hoy en día me enorgullezco de ignorar.

1. Yo nunca ignoraría a mi hijo cuando me llame. 
Antes: ¡Madres desnaturalizadas que ignoran a su hijo! ¿Cómo así que no responden cuando las llaman? Tan bonito que debe ser cuando ya me diga “Mamá”, ¡sueño con ese momento!
Ahora: Has escuchado “Mamá” unas 44 veces al día, por todo, para todo, por nada, para nada. La número 45 te haces la dormida a ver si se distrae con otra cosa.

2. Yo nunca lo dejaría jugar con el celular.
Antes: Los niños se malacostumbran, esos aparatos les dañan los ojos desde pequeños. Esta era como la regla de oro para mí ¡Elías utilizaría el celular sólo hasta los dos años! Me indignaba cada vez que veía a un niño comer mirando el celular.
Ahora: Tenemos videos clasificados de acuerdo al nivel de la necesidad.
– Apetito alto: Paw patrol.
– Apetito medio: Mickey Mouse ClubHouse.
– Apetito bajo: Fiestasaurious Rex.

3. Yo nunca le daré de comer chucherías si no se quiere comer la comida.
Antes: Papas fritas con o sin salsa de tomate, nuggets, jugos no naturales, helado, deditos fritos, pastelitos, etc. Nada de eso estaba permitido en mi lista
Ahora:  Están clasificados en nuestra pirámide de alimentación. Por ejemplo, la salsa de tomate aplica como ensalada (es tomate).

4. Yo nunca lo pasaría a mi cama para que duerma.
Antes: Es que los niños tienen que dormir en su cama, uno nos los puede malacostumbrar a la cama de los papás, no es saludable para ellos, cada uno en su espacio, se pierde la intimidad de la pareja.
Ahora: Tan rico que es que me abrace y se acurruque en mi costilla. La cama es grande, aquí cabemos todos ¿Que se pierde la intimidad? ¡Ni que el único lugar para hacerlo fuera la cama, vamos a ponernos creativos!

5. Yo nunca dejaría que viera televisión.
Antes: Durante ese tiempo puedo enseñarle muchas cosas, no van a perder valiosos minutos de compartir por estar embobados viendo la pantalla.
Después: Día infernal en el trabajo, llegaste y quería correr y jugar, dio lata para comer, quedaste cero ganas de moverte… ¡Bendita sea la televisión y el tiempo que nos da para relajarnos un rato!

6. Yo nunca le compraré juguetes inútiles que no sean educativos.
Antes: ¿Tantos muñecos para qué? Es mejor darles cosas que los eduquen, libros, juguetes didácticos, cosas así.
Ahora: *En la juguetería* Pasamos por la sección de Paw Patrol y Elías grita “Teis! Tei!” Y salimos con un lindo perrito con accesorios como los de la serie.

7. Yo nunca le daría lo que quiere para calmar un berrinche.
Antes: Lo único que se consigue al darle lo que quiere es que se acostumbre a que llorando consigue todo y eso no es así. Hay que ser fuertes y dejarlos llorar hasta que se calmen. Luego ya calmado se le habla y el niño entiende.
Ahora: *Llora porque quiere andar con el pie descalzo por la casa* Después de explicarle 33 veces que no se puede porque el piso está frío y se puede enfermar, finalmente accedemos a que ande como el quiera, igual es su casa.

8. Yo nunca voy a ser cantaletosa como mi mamá.
Antes: ¡Lo peor! Igual uno con la cantaleta se aburre, eso no enseña. No lo voy a repetir con mis hijos.
Ahora: Si no entiende a la primera, nos volvemos loras mojadas. Cada vez que repite lo que le corregimos le explicamos toda la cartilla de por qué no se debe hacer hasta el cansancio. No importa si mientras hablamos él se distrae jugando con los carritos, allí estamos como loras mojadas explicando lo mínimo.

Si ya tu hijo anda por el mundo, te reíste y seguro puede añadir unos cuantos más. Y si aún estás embarazada (de tu primer hijo) y haciendo la lista de todas las cosas que no vas a hacer, en algunos meses entrarás aquí y tacharás una que otra de mi lista.

Advertencia: No faltará quien me critique y piense que estoy estamos malcriando a mi hijo. Pero cualquier papá o mamá que haya vivido la situación, nos entenderá. No todo el tiempo estamos dispuestos a “pelear” con ellos, a veces queremos ratos de descanso y de no hacer nada. En esos momentos, la única alternativa que nos queda es CEDER un poco. Eso no quita todos los sacrificios que hacemos por educarlos bien, todas las veces que somos estrictos y endurecemos un poquito el corazón. Nuestra misión es crear personas de bien que aporten algo valioso a este mundo, pero incluso esas personas también ceden algunas veces.

¡Quiero ser mamá y no puedo!

Las mamás que hemos logrado serlo de forma natural nunca vamos a ser capaces de entender a una mujer que luchó por serlo y que tuvo que vivir muchos procesos, muy dolorosos física y emocionalmente, para lograrlo. Nunca vamos a poder agradecerle suficientemente a Dios y a la vida por habernos dado el don de procrear tan fácilmente.

Este post es para ustedes, esas mujeres que han luchado hasta lo indecible por ser mamás y para las que aún siguen en esa lucha. ¡Ánimo, seguro que pronto lo conseguirán!

Estoy segura que están hasta la saciedad de preguntas indiscretas y dolorosas de muchas personas:

  • ¿Y no has pensado en hijos?
  • Ya tienen bastante años casados, ¿es que no piensan encargar?
  • Querida, ya estás sobre los 30, mira que no te estás poniendo más joven.
  • Yo adoro a mis hijos, seguro estás muy feliz con tu libertad, te harán falta los hijos cuando estés vieja.
  • ¡Qué egoísta eres! ¿Cómo no has sido mamá hasta edad?

Y millones de cosas más que han podido escuchar, en dolor y en silencio mientras recuerdan todas esas veces que una prueba negativa les hizo llorar.

Encontré este lindo post de la experiencia de una mujer que intentó dos años y muchos métodos antes de poder quedar embarazada. Inclusive escribió un libro de su experiencia. Les comparto su artículo para que no pierdan la fe y sigan intentando, les garantizo que vale la pena.

“…decidimos que ya estábamos preparados para ser padres, así que empezamos nuestra búsqueda.

Todos los ingredientes parecían a favor. La edad era óptima, porque el descenso de la reserva ovárica y de la calidad de los óvulos no empieza hasta los 35 años. Año tras año había ido a revisión por mi endometriosis, y ya no había ni rastro de ella. Así que, como la mayoría, imagino, el primer mes pensaba que sería algo rápido. Pero vino la regla, y al mes siguiente, y al siguiente…

En enero decidí hacerme otra revisión, por si acaso durante los meses que llevaba sin anticonceptivos me había vuelto a salir algún quiste. Y, ya que estábamos, nos hicimos los primeros exámenes de fertilidad: mi marido tenía los espermatozoides con poca movilidad y yo tenía la antimulleriana bastante baja.

Fue un golpe muy duro. Todo había ido bien en los últimos años, así que no me lo esperaba. Pero bueno, había que ponerse manos a la obra si quería cumplir mi deseo de ser madre. Antes de la fecundación in vitro, que es más intrusiva (requiere un pequeño paso por el quirófano y la toma de más medicación), decidimos probar suerte con la inseminación artificial. Pero aquel intento fue casi anecdótico, ya que la poca movilidad del esperma de mi marido hizo que el resultado fuese negativo.

Entonces sí, pasamos a la fecundación in vitro. Como mucha gente sabe, esta técnica permite fecundar un óvulo con un espermatozoide en el laboratorio, y luego transferir el embrión al útero para que nazca el bebé.

Hasta en tres ocasiones me sometí a la fecundación in vitro, y en las tres ocasiones los resultados fueron negativos. Pero mi relación con la fecundación in vitro no solo fue una acumulación de negativos, sino que incluso la endometriosis, que llevaba 8 años sin aparecer, se había venido arriba con las estimulaciones. Otra vez vuelta al quirófano (el celador ya bromeaba conmigo) y laparoscopia para quitarme una trompa, aislarme la otra (no la pudieron quitar porque la tenía muy pegada al ovario) y limpiarme múltiples adherencias de endometriosis que habían aparecido.

Como podéis imaginar, este proceso fue como una montaña rusa, donde las noticias buenas y malas se sucedieron a ritmo de vértigo. Emocionalmente, es muy complicado seguir un ritmo así, donde se pasa de la esperanza a la frustración con demasiada rapidez. Según un estudio, el 65% de los que abandonan antes de lograr el embarazo lo hace por cansancio psicológico, antes que por razones médicas o económicas.

Y eso que las razones económicas son poderosas. En Teruel, donde vivo, la sanidad pública cubre la inseminación artificial. El tratamiento de la fecundación in vitro también está cubierto, aunque hay que desplazarse a Zaragoza y la lista de espera ronda los dos años. Por eso recurrí a la sanidad privada, aunque los ciclos pueden costar miles de euros.

Muchas mujeres que tratan de quedarse embarazadas atraviesan un proceso semejante. Pese a que la infertilidad no implica graves dolores, no conlleva limitaciones físicas, ni representa una amenaza para la supervivencia, su diagnóstico trae alteraciones emocionales semejantes a otras enfermedades. Aunque depende de la situación personal (por ejemplo, mientras mayor sea la mujer, más estrés suele traer aparejado), las mujeres pueden sentir depresión o ansiedad.

Luego, también está el riesgo de que la vida en pareja se resienta. Todo esto supone un gran desgaste emocional. En mi caso he tenido mucha suerte. Mi pareja ha sido uno de mis grandes pilares. Y siempre hemos estado de acuerdo en las decisiones importantes, otro aspecto fundamental. Porque si cada miembro de la pareja tiene opiniones diferentes respecto al número de tratamientos a realizar, o hasta dónde están dispuestos a llegar, también puede ser motivo de alejamiento.

Participar en un foro de infertilidad y leer un par de libros sobre el tema me sirvió para cambiar totalmente mi actitud. Dejé de ocultar mi problema. Soy infértil, ¿y qué? Ahora hablo de ello sin complejos. Es más, acabo de publicar un libro que se llama Plantando cara a la infertilidad. Confío en que sea útil a la gente que atraviesa la misma situación, porque hay muchas más parejas en España que pasan por lo mismo: una de cada seis parejas, según algunos cálculos.

Como decía, mis intentos con la fecundación in vitro no dieron resultado. Y dar el salto a la ovodonación no fue sencillo. Intentaba hacerme a la idea, pero se me hacía muy duro. Siempre nos habían dicho que mi abuela, mi madre y yo nos parecíamos mucho, y yo quería que mis hijos tuviesen mi carga genética.

Pero tras el tercer fracaso en la fecundación in vitro y con las complicaciones de la endometriosis, ya no nos quedaban muchas opciones. Si la única solución era la ovodonación… ¡pues adelante! Me mentalicé de que yo llevaría al bebé dentro de mí, de que yo lo alimentaría, y, sobre todo, de que yo lo cuidaría. Sin darme cuenta, había pasado el duelo genético.

De esta forma, inicié mi primer tratamiento de ovodonación. El momento de la transfer fue muy bonito, y en cuanto me pusieron los embriones los sentí de inmediato como míos. Llegó el momento de la betaespera, que es el período desde el final del tratamiento hasta la prueba de embarazo (la “beta” es el valor de la hormona betaHCG que determina si ha habido embarazo o no, y de ahí su nombre).

En ese momento, no hay que hacer nada más que esperar el resultado, pero es un periodo muy duro. Si el mero hecho de esperar la nota de un examen suele ser motivo de nerviosismo, ¡imaginad lo que se siente cuando se trata de un embarazo!

Tras doce días de betaespera, tuve la alegría más grande de toda mi vida. BETA POSITIVA. Por fin estaba embarazada. Y una semana más tarde se confirmó en una ecografía que esperaba mellizos. Tras un embarazo complicado y un parto prematuro, la vida me hizo el mejor regalo del mundo. Mis niños ahora tienen poco más de un año y no puedo ser más feliz.

Aunque tenga un final feliz, esta es una historia dura. Como la que atraviesan todas las parejas a las que les toca lidiar con problemas de infertilidad.”

¿Hijos perfectos? ¡Yo los prefiero felices!

A medida que vamos creciendo, también crecen nuestros estándares de lo que nos produce felicidad y lo que no. A un niño, por el contrario, casi cualquier cosa podría hacerlo feliz. Es sorprendente -y al parecer inagotable- el listado de cosas que les levantan el ánimo, les acaban las pataletas y les sacan sonrisas, risas y carcajadas. Desde una caja vacía hasta un puñado de lentejas que pueden usar para contar.

Gracias a esto, las mamás no necesitamos un grado en psicología o en comportamiento humano ni mucho menos expertas en felicidad humana para hacer felices a nuestros niños. Sólo es necesario tener paciencia y ser flexibles para establecer las bases de una vida feliz para tu hijo.

Sin embargo, si podemos aprender algunas nociones básicas para que podamos crear un ambiente propicio para su felicidad, estas son cosas que bien podemos aprender en el camino, o si son ansiosas curiosas -como yo- buscarán un buen documento al respecto.

Los expertos proponen aspectos fundamentales a tener en cuenta, y si lees bien ninguno de ellos incluye niños superdotados, que se porten bien el 100% del tiempo, que caminaron antes de los 10 meses, que reconocen los colores al año de edad, que dijo sus primeras palabras a los 11 meses o que dice todas las capitales de sur américa con apenas tres años de edad. Aquí les van:

1. Aprender a leer las emociones de nuestros niños. 

Los  niños no son difíciles de leer, su felicidad la demuestran con saltos, gritos, risas, ojos iluminados y energía desorbitada. Son los mejores para expresar sus sentimientos. Puede brincar de felicidad porque pudo armar su juguete él solito o llorar desconsolado porque mordió la jirafa inflable y ahora está toda deshecha.

 

También puedes notar su carita de asustado cuando algo le ha producido miedo, cuando sale corriendo buscando refugio en tus brazos, en ese momento dale confianza e indícale que a tu lado se puede sentir seguro. O esa cara de desagradado que pone cuando no le gusta algo, incluso hace señas con la nariz que algo huele mal. El enojo es quizás el más común y frecuente, debes saber que cuando un niño arroja sus juguetes con rabia es porque está sintiendo un nivel de angustia más allá de su tolerancia. Hay que sentarles, hablarles con calma y enseñarles entonces que esa angustia se debe canalizar de otra forma y siempre buscar una solución.

¿Ya sabes cómo tu hijo te expresa que se siente mal? ¿Quizás cuando esta triste o enfermo? El mío tiene una forma muy particular, se acerca a mis piernas y pone su cabecita para que lo acaricie y luego busca que lo cargue y se queda allí quieto un rato. Y es particular porque nunca se está quieto.

 

2. Enséñales buenas (y sanas) costumbres.

  • Una rutina de sueño (con las horas necesarias para su edad)
  • Ejercicio. Esto no hay que pedírselos demasiado, más bien rogarles que se estén quietos un rato.
  • Comer saludable.
  • Enséñale orden. Esa canción “a guardar y recoger, todas las cosas en su lugar” es mi mejor aliada cuando le enseño orden.
  • Permitirles arreglar problemas (de su alcance) solitos. Quizás una pieza de un juguete suelta o alcanzar algo alto para lo que deben estirarse un poco más. Bien dice esa canción de Daniel Tigre: “Trata de arreglarlo tu solo y estarás muy orgulloso”
  • No reacciones inmediatamente a su frustración, deja que viva esa experiencia de aprendizaje. Aprender a lidiar con las inevitables frustraciones de la vida es crítico para la felicidad de tu hijo en el futuro.

3. Enséñale cómo usar y mejorar sus habilidades.

¿Le gusta apilar bloques, tocar instrumentos y/o hacer dibujos? ¡Excelente! Incentiva esa actividad y deja que crezca a su ritmo.

Hallowell* dice que “las personas felices son a menudo aquellas que dominan una habilidad” Practicar una habilidad exige disciplina, paciencia y muchos intentos. Estas cosas le enseñarán a tu hijo de la perseverancia hasta conseguir un objetivo y también del reconocimiento cuando lo consiguen. Además, esto le ayuda a descubrir que tiene control sobre su vida. Y ese sentimiento de control que se experimenta a través de dominar algo es un factor importante que determina la felicidad, incluso en los adultos.

Ellos necesitan seguir sus propios intereses y metas, y al cumplirlas, sienten esa misma satisfacción que tu sientes.

4. Juega con ellos.

¿Qué es lo que realmente hace feliz a tu niño? ¿No lo sabes? Te doy una pista: fue lo primero que vio cuando nació. Sí, eres tú y su papá. Nosotros somos su mejor juguete y lo que ellos más desean disfrutar. Dice Hallowell*: “Relaciónate con ellos, juega con ellos. Si tú te estás divirtiendo con ellos, ellos se están divirtiendo. Si creas lo que llamo una ‘niñez conectada´, darás el mejor paso para garantizar que tu hijo será feliz”.

¿Necesitan alguna razón más? ¡Vamos a jugar! Y no tiene que ser un juego muy elaborado ni avanzado. Mi hijo me entrega uno de sus carritos, él se queda con otro y los rodamos por toda la casa. El nivel de risas en ese momento podría dar energía a todo mi conjunto por un mes completo (Referencia: Monsters Inc.)

 

5. Está bien sentirse triste a veces.

Si lo regañas, y se va a hacer pucheros o rabietas, déjalo lidiar con ello. Cuando se calme, le hablarás con calma y le ayudarás a entender qué hizo mal y cómo debe evitarlo. Mientras esté enojado/triste no lo obligues a hacer cosas que no quiere. Ellos  necesitan aprender que ese sentimiento es natural y normal, es parte de nuestras vidas. Evitarles la tristeza no los hará felices, los hará más vulnerables y quebradizos ya no puedas controlarlo y no hayan aprendido a lidiar con ella.

Ponle nombres a los sentimientos (incluso si tu hijo no habla mucho): contento, enojado, triste, feliz, etc. Todas las emociones tienen una forma de expresarse, puedes enseñarle imágenes con cada una para que las identifique y se familiarice con ellas.

Dile que si está triste porque se rompió un juguete, puede intentar arreglarlos o jugar con otra cosa. Enséñale de respiración lenta para relajarse o “cantar” una canción que los anime. Hay muchas formas de superar la tristeza, debemos enseñarles.

 

La más importante: Siempre, siempre hazle sentir amado.

El rechazo o el desamor son destructivos, ya vemos muchos adultos dañados por una fea infancia, no repitamos esas historia. Ámalos y hazles sentirse amados, ¿cómo?

  • Haz importantes para ti las cosas que son importantes para él.
  • Crea una rutina de amor y pechiches antes de dormir.
  • Despiértalo con un beso.
  • Cántale canciones tiernas. Incluso desde la panza.
  • Sonríele mucho. Hazle muecas y sé su payaso personal
  • Nunca pierdas el contacto piel con piel. Abrazos largos, masajes, besos, hacer siesta juntos, etc.
  • Dedícale tu tiempo. Y que sea de calidad.
  • Háblale con la verdad y cumple tus promesas. Tendemos a mentirles a los pequeños para calmarlos, es un gran error.
  • No lo compares con nadie.

* Edward Hallowell, psiquiatra y autor de The Childhood Roots of Adult Happiness (Las raíces infantiles de la felicidad adulta)