Ser madre es maravilloso pero…

Una de las frases que más me ha marcado de GOT (Game of Thrones) es esa que dice “Mi hermano solía decir que todo aquello que se dice antes de un ‘pero’ realmente no cuenta” No es el caso del título de mi post pero me acordé de ella cuando lo escribí; y es que estas son las confesiones más crudas y reales de una mamá que no ha dejado de ser mujer.
Suena muy egoísta pero en realidad no lo es. Llevo tres años de mi vida sin dormir bien, dejando de comerme cosas por dárselas a mi hijo, comiendo frío o de pie o pendiente de las travesuras de Elías. Tres años que nuestras salidas son a sitios infantiles donde la comida no es tan buena y mucho menos variada. En estos años hemos viajado solos en pareja solo en dos ocasiones. Nos hemos acostumbrado a una casa desordenada y llena de juguetes. Y ahorita llevo 4 meses de estrenar bebé, cambiar 25 pañales al día, estar sentada HORAS dando teta, ir al baño con la puerta y consolando a una Elena que llora, durmiendo interrumpido y nunca más de 7 horas, sin contar el encierro que tuve que vivir por más de 2 meses. Hemos tenido que resignarnos a que los muebles se manchen cada semana y a todo el ajetreo que trae criar a un par de hijos que son lo más hermoso que hemos hecho juntos.
Y aquí les van mis confesiones:
Extraño mi libertad. Esa potestad de agarrar las llaves, la cartera y salir en dos segundos. Sin agenda, sin preparaciones, sin buscar quien cuide a los niños, sin afanes y sin preocuparme por ellos mientras lo hago. 
Extraño mi nombre. Ahora, en la gran mayoría de lugares que frecuento ya no me llaman por mi nombre, ahora soy “la mamá de”.
Extraño los sitios de adultos. Si, ya saben que no frecuento muchos sitios de adultos, realmente me hacen falta.
Extraño leer sin interrupciones. Poder leerme un libro de un solo y acostada en mi cama.
Extraño el romanticismo con mi esposo. Lo habíamos recuperado ya después de algunos años, pero ahorita con la bebé es casi imposible. Esas noches de hablar de todo y nada y de reírnos de bobadas como antes. Cuando ellos se duermen no pienso en otra cosa que en dormir, el cansancio es indescriptible.
Extraño conversar con él por dos minutos seguidos. Sin tener que regañar a Elías por alguna travesura, sin que Elías llame a alguno de los dos o sin que Elena llore inquieta porque quiere moverse o comer.
Extraño el tiempo ocioso. Quedarme en cama sin hacer nada, una hora por lo menos, sobretodo al despertar.
Extraño no pensar en las malas palabras que decimos. Cualquier cosa puede ser utilizada en mi contra por mi loro de tres años.
Extraño comprar. Comprar cositas para mí sin remordimiento de poder haber comprado algo para ellos.
Extraño hacer reuniones de adultos. Con conversaciones de adultos, sin hablar de lo que hacen los niños.
Extraño usar accesorios ‘incómodos’ propios de una mujer. Usar cadenas, zapatos altos, perfume, esmalte de uñas (y renovarlo sin problema cada semana)
Extraño nuestros domingos. Esos domingos de dormir hasta las 10, despertarnos perezosos, arreglarnos sin prisas y salir a almorzar porque ya el desayuno perdía vigencia.
Extraño poder vestirme a mi antojo. Ahorita que andamos de lactancia, me tengo que poner blusas con botones, por lo que mis opciones se redujeron a 3 blusas y dos vestidos.
Y aunque realmente extraño estas cosas y quisiera más escapadas de las que hacemos, ninguna de ellas llenaría mi corazón de la forma en la que lo hacen mi gordito recochón y mi princesa de los ojos hermosos. 
No pasa nada, sólo nos faltan 10 años para recuperarlas.

La lactancia no es pa’ pudientes

El otro día estaba en un cumpleaños con mi hijo en un parque de diversiones, las paredes de dicho parque son de vidrio y se ve todo desde y hacia afuera. Mientras mi hijo y otros niños comían merienda, jugaban en toda clase de atracciones, se reían y saltaban, vi a dos niñas que estabas sentadas en un bordillo frente a las paredes de vidrio observando con mucha tristeza la misma escena que yo estaba viendo. Eran las hijas de una habitante de la calle que por supuesto jamás podría pagarles la entrada a dicho lugar. Ver sus ojitos me partió el alma. 

Sin embargo, no fueron las niñas quienes más conmovieron mi corazón. La señora tenía un tercer hijo, un bebé, a quien tenía en brazos y le estaba dando pecho. Ella estaba visiblemente desnutrida y los huesitos de la parte de arriba de sus costillas sobresalían de su pecho desnudo. En ese momento le di gracias a Dios la calidad de la leche materna no depende (tanto) del estado de la madre; el cuerpo produce la leche de lo mejor que tiene la madre y la ventaja que tenemos nosotras es que podemos reponer con creces esos nutrientes pero esa señora quedará aún más desnutrida. A pesar de saber esto, me sentí un poco tranquila al ver que ese niño estaba siendo muy bien alimentado q internamente felicité a esa mamá por darle lo mejor. 

Cuando ya mi corazón no resistió ver más esas tristes imágenes me decidí mirar a mi hijo y disfrutar con él ese momento divertido. Entre los muchos invitados también habían varios bebés de brazos, muchos de ellos cargados por nanas mientras sus mamás estaban haciendo otras cosas, algunas de ellas pendientes de sus otros hijos. Uno de los bebés empezó a llorar y la nana con toda hizo toda clase de maniobras para sacar el polvo de la leche de fórmula y disolverlos con agua en un tetero y ponerlo en la boca del bebé , quien se lo tomó todo de muy buena gana y se quedó dormido.

Un día hablaba con una mamá recién estrenada y por alguna razón le empecé a hablar de unos bras de lactancia que encontré en amazon que me encantan, porque además de ser cómodos y discretos, siguen siendo modernos para los que yo había conocido. Ella me respondió que esos bras eran de las razones que tenía para no amamantar porque son horribles y ella es incapaz de salir con “una cosa de esas” de su casa y mucho menos andar pelando teta en la calle. Ella prefiere la fórmula “que es hasta mejor” (¡Válgame Dios!) y a ella no le falta dinero para comprarla. La miré realmente sorprendida, pues les estoy hablando de una mujer con buenos estudios, con muy buenos recursos y también muy inteligente; pero al parecer la inteligencia no le sirvió para amamantar. 

Entonces lo entendí: Dar fórmula se hizo parte de la eterna lucha de las clases sociales. Entre más cara sea tu fórmula demuestras más estatus, poder económico y puedes alardear de que tus hijos serán mas sanos, inteligentes y activos que todos los demás. Todo porque le puedes COMPRAR el mejor alimento disponible en el mercado para él o ella. He oído comentarios en los que se ponen a comparar los precios de los potes y cuánto se gastan al mes en “leche” y se nota a leguas que lo hacen por competencia. Pero pocas veces se oyen a mamás lactantes haciendo lo mismo, me pregunto si será porque la leche materna es gratis y nada (o casi nada) gratis es bueno. Y, además, qué boleta se ve uno pelando teta en público, en eso no hay nada lujoso, mientras que con fórmula puedes lucir el tetero de última tecnología de 50USD que compraste.  

En la fiesta que les hablaba al principio no había una sola mamá amamantando, he salido con mi hija varias veces y sólo he visto a una mujer más además de mí alimentando a su bebé con pecho. El resto de mujeres les dan teteros y miran a uno de reojo. Es increíble lo materialistas que nos hemos vuelto, ahora hasta esto lo quieren traducir en dinero. No sé si es un problema exclusivo de mi ciudad pero si se fijan bien, y a pesar de todos los esfuerzos y campañas prolactancia, cada vez somos menos las mamás que nos atrevemos a hacerlo en público. Hay muchas que dicen que les da pena, ¡a mí también me da pena! Yo utilizo una manta para cubrirme, y no porque me critiquen sino porque me da pena.

Justamente hoy alimentando a mi hija en un centro comercial se me acercó una muchacha a preguntarme cómo me estaba yendo con la lactancia, y a ofrecerme su número de teléfono para hacer parte de un grupo de apoyo de lactancia al que pertenece. Le dí muchas gracias y le dije que me parecía genial que hiciera eso, que ya llevo 3 meses y medio de lactancia exclusiva y que eso me tiene súper contenta. Después de eso vio que estaba bien informada y ya no me ofreció ayuda pero sí conversamos un poco del tema. Ojalá se le siga acercando a más mujeres y sobre todo a las que vea con teteros. Y es que a pesar que uno lee todos los días y a cada rato en las redes sociales artículos sobre la importancia de la lactancia, es evidente que aún faltan muchos esfuerzos para sensibilizar a mujeres como las que le mencioné de que la mejor leche no es la que más cuesta sino la que produce su propio cuerpo.

Si eres mamá o papá, o vas a serlo, y tienes dudas sobre la lactancia, no dudes en escribirme y haré todo lo posible por ayudarte en este hermoso camino.

Leyes de murphy sólo para mamás y papás (2)

Hace muchos posts les hablé de las leyes de murphy para los padres.  Sin embargo, cuando nace un segundo hijo esas leyes se multiplican y ya pierdes el poco control que te quedaba sobre tu vida.

Aquí les comparto algunas de ellas, no duden en compartirme las que uds hayan vivido.

  1. El día que más cansada estás, ese día el bebé no duerme nada en el día.
  2. Cuando más hambre tienes, más rápido se despierta el bebé para pedir comida.
  3. Entre más rápido le cambies el pañal más rápido lo va a ensuciar.
  4. La cantidad de pañales sucios de la semana es inversamente proporcional al dinero en tu billetera.
  5. Decides no sacar al bebé sino hasta después de la vacuna para cuidarlo pero al mayor le da gripa.
  6. Entre más fuerte sea la gripa del hermano mayor más veces se va a querer acercar al bebé.
  7. Entre más afán tengas para que se duerma el bebé, más se va demorar dando vueltas.
  8. La bulla del hermano mayor es directamente proporcional a las veces que le pidas que baje la voz.
  9. Justo cuando se duerme el bebé le suena el celular al papá (porque el de la mamá está en silencio, por supuesto)
  10. Cuando te sientas a amamantar al bebé es que te dan ganas de ir al baño.
  11. La sensibilidad de tus pezones es directamente proporcional al hambre del bebé.
  12. Justo cuando sales de la pesadez de los últimos meses de embarazo, te toca ponerte la bendita faja postparto.
  13. Entre más sueño tengas más horas va a demorar el bebé para dormirse.
  14. Justo cuando empiezas a dominar el arte de la maternidad, llega un segundo hijo a revolver la casa de nuevo.
  15. Después de limpiar el coche nuevo del bebé, el hermano mayor se monta con los pies sucios de haber corrido por toda la casa.
  16. El ruido externo se acentúa después que pones a dormir al bebé.
  17. Justo cuando se duerme el bebé y crees que puedes tomarte una siesta, el mayor se despierta.
  18. La tranquilidad para amamantar al bebé es inversamente proporcional a la cantidad de hijos que tengas.
  19. Las salidas de noche también son inversamente proporcionales a la cantidad de hijos que tengas.
  20. La felicidad de un nuevo hijo es directamente proporcional a los pañales que gasta.

El calostro: Un milagro de amor.

Recuerdo bien mis nervios y mi ansiedad en mi primer embarazo sobre mi producción de leche, tenía mucho miedo de que fuera muy poco para mi hijo. El día que nació yo no tenía ni gota, él no dejaba de llorar, no se saciaba por más que me lo ponía en el seno y finalmente me dejé llevar de la desesperación y le pedí a la enfermera que le diera leche de fórmula para que “se le quitara el hambre”. Hoy ya sé que su llanto era su forma de expresar que me necesitaba cerca y piel con piel, así que esa lección aprendida la tengo clara para mi segunda lactancia.

Mi primer milagro de la segunda lactancia sucedió hace más de cuatro semanas. Era un día laboral, así que me tocaba baño temprano. Hacía unas semanitas veía como una natica en mis pezones, muy parecida a la que me salía cuando estaba amamantando a Elías; entonces ese día mientras me duchaba y llevada por una gran curiosidad, empecé a revisar mis congestionados senos y al apretarme pude llorar de la felicidad al ver que ya estaba produciendo calostro. Sin dudarlo le dije a Elena: “Hija, ya tu primera comidita está lista. Mamita ya tiene lista tu lechita.”

No les puedo explicar la felicidad de ese momento y lo reconfortante que fue para mi. No existen palabras que me ayuden a describir la felicidad que me dio el saber que mi cuerpo ya está listo para alimentar a mi hija aún cuando faltan varias semanas antes que nazca. Ese día empecé a leer sobre el tema y mi gran sorpresa es que eso a lo que yo le llamé “milagro” es lo que normalmente debería pasar y seguramente  si lo hubiera sabido para mi primera lactancia, no me habría sentido tan insegura.

Y entonces llegó Elena…
Recuerdo mis primeros minutos en la sala de recuperación. Me habían dicho que en la primera hora de vida del bebé me la iban a poner en el pecho para iniciar la lactancia, pero habían pasado más de 60 minutos y aún no le había dado el pecho a Elena.

La enfermera me dijo que primero debían constatar que yo estaba bien, hacerme monitoreo y después de eso si me ponían a la niña. Les dije que me sentía bien, de hecho ya estaba moviendo mis piernas (que quedan inmóviles con la epidural). Yo estaba muy ansiosa y Elena también, ella no paraba de llorar en la incubadora que yo tenía a mi lado. De vez en cuando la abría y le tomaba la mano para calmarla, pero me tocaba cerrarla puesto que estaba muy frío afuera para ella.

Finalmente cedieron a mi insistencia y me la pusieron en el pecho. Ya yo había comprobado que el calostro seguía saliendo y estaba más que preparada para empezar a lactar, sin mencionar toda la ansiedad que sentía porque mi primera lactancia no fue lo que yo esperaba de mí. Llegó la enfermera, la sacó de la incubadora y me la entregó. Ella intentó darme instrucciones pero se dio cuenta que ya yo sabía lo que hacía y entonces se limitó a observar y a quedarse a mi lado por si necesitaba ayuda. Tomé mi pecho derecho, que siempre ha sido el de mayor producción, lo puse en su boca y ocurrió el milagro.

Nuestro primer acercamiento, nuestro primer lazo, mi primera muestra del amor eterno que le profeso, su primer contacto conmigo, nuestra primera unión. No les puedo describir lo que sentí en ese momento, ser capaz de alimentar a mi hija recién nacida es un poder que sólo Dios puede dar, es un acto de amor inmesurable, es un momento íntimo y perfecto en el que ella y yo nos declaramos un amor que durará por toda la vida.

calostro materno

Esta historia apenas comienza, pero deben suponer que estoy hasta las narices con una princesita recién nacida y con un terremotico de tres años que también extraña mi atención. Ya les iré contando en la medida de lo posible de esta aventura de cuatro corazones que ahora se aman más.

El ciclo de la vergüenza

Estamos en la plaza de comidas del centro comercial. Todas las mesas están llenas y nuestro pedido a punto de salir. Mi mamá se acerca a una mesa cuyos comensales tienen pinta de estar terminando de comer y sin vergüenza alguna les pregunta “Ya están terminando? ¿Podemos tomar su mesa?” . Los cuestionados, algunos de ellos notablemente incómodos, contestan con un cortés “Si, señora. Ya la desocupamos.”  Y -aún- no contenta con la respuesta, mi mamá se queda muy cerca esperando y mirando hasta que los comensales se levantan; no bien terminan de recoger y mi mamá ya está sentada en la silla. Ya para ese momento llevo un ratito separada de ella intentando no ser identificada como su hija.

Vamos entrado a cualquier restaurante  y  en una de las primeras mesas hay unos platos bien atractivos. Mientras que todos los demás seguimos caminando hacia la nuestra, mi mamá se queda al lado de esa mesa, llama a un mesero y señalando con el dedo le pregunta al mesero el nombre del plato y le dice que le de uno igual. Nosotros al final del pasillo y ya sentados con el menú en la mano, le agradecemos a Dios que la dejamos sola para que no vieran que venía con nosotros.

El diccionario de la Real Academia Española define como ciclo “Conjunto de una serie de fenómenos u operaciones que se repiten ordenadamente”. ¿Qué es entonces el ciclo de la vergüenza? Pues siguiendo la misma idea de la definición general, el ciclo de la vergüenza es el conjunto de fenómenos humillantes e incómodos que vivimos durante nuestra vida y que se repiten ordenadamente, una y otra vez. Sólo hay dos diferencias de acuerdo a cada etapa del ciclo: el que la causa y el que la sufre.

¿Cómo así? Simple. Los primeros años de nuestra vida somos culpables y completamente desconocedores del término, a mediados somos las víctimas humilladas y en la etapa postmadura somos causa y víctima sin que nos importe menos.

el ciclo de la verguenza

Estando Elías, mi mamá y yo en un parque de un centro comercial y -como cosa rara- dejé la tarjeta en el carro. En situaciones así aún puedo sacar provecho del hecho que Elías aún no sabe si la máquina  está o no funcionando de acuerdo a su control. Pero es cuando ve el tren que empieza a pedirlo con insistencia, el tren no lo puedo simular, trato de distraerlo y cuando menos lo espero, se me desliza por los brazos y lo veo montado en el tren pidiéndome que pase la tarjeta. Para mi sorpresa, no está solo y hay una niña en la otra silla, yo miro al papá y le digo: “Ay que pena! Yo no traje la tarjeta hoy! Elías, hijo, bájate por favor.” Elías me pone cara de pechiche y el señor -condolido por la situación- me dice “No te preocupes, nosotros invitamos el paseo.” Yo, con mi cara de pena, agradecí al papá de la niña y me senté a esperar mientras Elías iba feliz en su vuelta “Mamá! Mamá! El teeeeeeeeeeeeeen!!”

La misma escena se repitió en tres máquinas más, pero -para mi fortuna- con protagonistas diferentes. Mientras esperaba, este post se me vino a la cabeza. ¿Y cuáles son las etapas del ciclo de la vergüenza?

1a – Los primeros años: de 0 a 8 años.
Mi hijo desconoce la pena, la vergüenza y el oso. Él vive todos sus momentos admirablemente deshinibido y sin importarle lo que puedan decir las demás personas. Creo que es durante esta etapa de la vida cuando más libres somos. A él no le importan las miradas de reproche de las personas cuando nos hace un berrinche en la calle, mucho menos los comentarios de esos ignorantes sin hijos que creen que toda pataleta se soluciona con una cachetada. Él no tiene problema con negarle un abrazo o un beso a alguien si no tiene ganas de hacerlo. Siente plena libertad de correr y gritar en un parque cuando está feliz, baila cuando quiere bailar (no importa si estamos en pleno supermercado), se ríe a carcajadas sin pena y no saluda si no quiere. No le ve inconveniente a ir sonando estridentemente sus nuevos platillos por todos los pasillos del centro comercial… ¡Qué dicha poder sentir esa libertad!

2a-Años maduros: de 16 a 50 y tantos.
Justamente la edad en la que me encuentro hoy. A mi me da pena todo. Me da pena pedir favores, me da pena preguntar cosas a personas extrañas. Me da pena pedir la mesa de alguien que evidentemente está por terminar.  Antes incluso me daba pena decirle a la vendedora que la camisa que me buscó no me gusta nada. Poco a poco he ido superando esa pena y me he convertido en una persona que siente facilidad de mostrar descontento a extraños. Sin  embargo, el entrenamiento intensivo de mi hijo era algo que no me esperaba en lo absoluto. Supongo que en un años seré una versión parecida a mi mamá y Elías será entonces quien se apene de lo que haga en público.

3a- Adulto mayor: De 60 en adelante.
“Ya ves por qué a mi no me da pena nada? Ustedes -refiriéndose a mi hermano y a mi- me entrenaron muy bien. Ahora tu estás viviendo lo mismo.”
Tengo la plena certeza de que fue mi mamá quien más disfrutó ese momento. Su cara de satisfacción cuando me  dijo esta frase no tiene precio ¡Ella tuvo que vivir esos momentos cientos de veces multiplicadas por dos! Por supuesto que a largo plazo eso causa que uno pierda la vergüenza y actúe sin  importar lo que diga la gente. Mi mamá ya vive deshinibida, le importa un pepino si a alguien le incomoda que se le siente al lado mesa, no le importa que a alguien le pueda molestar lo extrovertido y sociable que es Elías y mucho menos le importa mi mirada reprobatoria cuando se queda mirando un plato y le pide al mesero que le de uno igual.

¿En cuál etapa te encuentras tú?

 

 

 

A propósito de la entrada al jardín

Hoy es el séptimo día de clases y Elías se despertó particularmente feliz. Se bajó de la cama dando brinquitos y no caminaba sino que corría por la casa. El baño fue lo más tranquilo, se dejó poner su ropa sin problema, desayunó como un niño ejemplar y cuando le mostramos el maletín del colegio empezó el llanto “¡No, no, no, no!” nos pedía porque sabía que eso significa que iba para el colegio. ¡Qué difícil es verlo “sufrir”! Cuando íbamos en el carro tenía una cara entre tristeza y resignación que me partía el alma cada minuto; me dan ganas de renunciar, de dejar de mandarlo y de abrazarlo como si no hubiera un mañana.
Dejarlo llorando en el colegio me despierta tanta desolación que lo único que me hace detener las lágrimas es recordar que Elena está en mi panza y que debo ser fuerte por ella.

¡Ya lleva un poco más de dos meses y estamos felices! Elías se ha adaptado por completo, y -muy a pesar que me ponga celosa- ha hecho un lindo vínculo con su profesora y eso lo ayuda a quedarse más tranquilo. Ahora se baja del carro, se despide de papá y entra feliz a su colegio, en muchas ocasiones entra saltando o corriendo y dando carcajadas con la profesora. Se acabaron las caras tristes, la voz pechiche diciéndonos “no”, las lágrimas y las ganas de agarrar a mi hijo y llevármelo para el trabajo para no verlo sufrir.

Una, dos, tres o cuatro semanas. No existe un tiempo estándar para que nuestros niños se acomoden a estar en el colegio solos, sin nosotros. Un niño pequeño está acostrumbrado a la compañía, ellos no se quedan solos nunca, siempre hay alguien de su confianza alrededor, esto es algo que les hace sentir seguros y confiados en cualquier lugar. Pero al verse solos y con personas extrañas, termina siendo natural que se sientan abandonados y por eso el llanto inconsolable. El cambio es enorme y nosotros deberíamos ser un aliciente que les ayude a asimilarlo y no imponerselos causándoles más sufrimiento del que ya van a tener. 

Entonces, ¿cómo le ayudo a mi hijo a vivir esa etapa tranquilos? A mi me dieron muchos consejos -como siempre, muchos de ellos que ni pedí- pero creo se trata más que esfuerzo de nuestra parte, se trata de un proceso que nuestro hijo debe (y va) vivir y no podemos hacer absolutamente nada para impedirlo. Lo único en lo que podemos ayudarle es darle un poco de seguridad y confianza para que lo afronte con menos trauma.

Dejarlos solos desde el primer día.
Quizás el peor de los consejos que me dieron. “Déjenlo y váyanse enseguida, nada de ese proceso de adaptación. Quedarse es alargarles el sufrimiento.” Lo increíble es que lo dijeron unos papás de dos hijos de 7 y 4 años, que por supuesto no vivieron el proceso porque se lo cargaron a la abuela. Me limité a quedarme callada y sonreír, pero por dentro se llevaron uno que otro insultico ¡Es el colmo! ¿Será que se han puesto a pensar en el sentimiento de abandono que podrían sentir? Yo me imagino que no. Ya veo a Elías sentado en su silla, escuchando que va para el colegio (uno lugar que no conoce bien y con personas que tampoco conoce) y de repente lo bajo del carro, se lo entrego a la profesora, me despido y me voy ¿Qué clase de monstruo hace eso?

El doloroso proceso de adaptación.
Era el tercer día, Elías se bajó del carro con una cara de resignación que me partió el alma en mil pedazos, lloró cuando el papá se lo entregó a la profesora, ella lo llevó a la malla de saltar que le encanta, sonrió por dos segundos hasta cuando vio que sus papás no habían entrado y ya estaba dentro de la malla. No les puedo explicar cómo se rompía mi corazón a pedazos mientras me alejaba y lo veía saltando con la cabeza gacha y unos lagrimones mudos bajaban por sus mejillas. Jamás olvidaré esa imagen y siempre me romperá el alma.

Otra vez, la clave es la anticipación.
Desde primera hora del día -incluso la noche anterior- le indicamos que es día de colegio y que va a ir a divertirse y a jugar con todos sus amiguitos. Que los papás vamos al colegio de grandes y que el va a un colegio más pequeño, que es normal que se quede allí con sus profesoras y que se esté tranquilo y confiado en que lo vamos a ir a buscar todos los días a la hora programada. Le hablamos y le hablamos y le hablamos y aunque eso  no causó un efecto inmediato hoy (después de dos meses) podemos decir que el método funciona y que los  niños entienden mucho más de lo que nos alcanzamos a imaginar.

Un objeto de transición.
Puede ser cualquier cosa:  el cuento, el juguete, la manta, la camisa, el  vasito, etc.  El objeto de transición representa para ellos esa conexión aparentemente perdida con casa y les da una sutil seguridad que ni todas las palabras del mundo podrían darle. El de mi hijo fue su vaso de tomar agua, da mucha risa que en todas las fotos de los primeros días él siempre sale con su vasito en la mano. Apenas llegaba se lo pedía a la profesora y eso lo ayudaba a tranquilizarse. ¡Bendito sea el vaso y su mágico poder!

Y así fue como vivimos nuestro proceso, hoy podemos decir que fue corto  y que nuestro hijo se adaptó rápidamente. ¿Cómo vivieron uds el suyo? ¿Tienen algún otro tip que pueda ayudar a los papitos que lo están viviendo?