El calostro: Un milagro de amor.

Recuerdo bien mis nervios y mi ansiedad en mi primer embarazo sobre mi producción de leche, tenía mucho miedo de que fuera muy poco para mi hijo. El día que nació yo no tenía ni gota, él no dejaba de llorar, no se saciaba por más que me lo ponía en el seno y finalmente me dejé llevar de la desesperación y le pedí a la enfermera que le diera leche de fórmula para que “se le quitara el hambre”. Hoy ya sé que su llanto era su forma de expresar que me necesitaba cerca y piel con piel, así que esa lección aprendida la tengo clara para mi segunda lactancia.

Mi primer milagro de la segunda lactancia sucedió hace más de cuatro semanas. Era un día laboral, así que me tocaba baño temprano. Hacía unas semanitas veía como una natica en mis pezones, muy parecida a la que me salía cuando estaba amamantando a Elías; entonces ese día mientras me duchaba y llevada por una gran curiosidad, empecé a revisar mis congestionados senos y al apretarme pude llorar de la felicidad al ver que ya estaba produciendo calostro. Sin dudarlo le dije a Elena: “Hija, ya tu primera comidita está lista. Mamita ya tiene lista tu lechita.”

No les puedo explicar la felicidad de ese momento y lo reconfortante que fue para mi. No existen palabras que me ayuden a describir la felicidad que me dio el saber que mi cuerpo ya está listo para alimentar a mi hija aún cuando faltan varias semanas antes que nazca. Ese día empecé a leer sobre el tema y mi gran sorpresa es que eso a lo que yo le llamé “milagro” es lo que normalmente debería pasar y seguramente  si lo hubiera sabido para mi primera lactancia, no me habría sentido tan insegura.

Y entonces llegó Elena…
Recuerdo mis primeros minutos en la sala de recuperación. Me habían dicho que en la primera hora de vida del bebé me la iban a poner en el pecho para iniciar la lactancia, pero habían pasado más de 60 minutos y aún no le había dado el pecho a Elena.

La enfermera me dijo que primero debían constatar que yo estaba bien, hacerme monitoreo y después de eso si me ponían a la niña. Les dije que me sentía bien, de hecho ya estaba moviendo mis piernas (que quedan inmóviles con la epidural). Yo estaba muy ansiosa y Elena también, ella no paraba de llorar en la incubadora que yo tenía a mi lado. De vez en cuando la abría y le tomaba la mano para calmarla, pero me tocaba cerrarla puesto que estaba muy frío afuera para ella.

Finalmente cedieron a mi insistencia y me la pusieron en el pecho. Ya yo había comprobado que el calostro seguía saliendo y estaba más que preparada para empezar a lactar, sin mencionar toda la ansiedad que sentía porque mi primera lactancia no fue lo que yo esperaba de mí. Llegó la enfermera, la sacó de la incubadora y me la entregó. Ella intentó darme instrucciones pero se dio cuenta que ya yo sabía lo que hacía y entonces se limitó a observar y a quedarse a mi lado por si necesitaba ayuda. Tomé mi pecho derecho, que siempre ha sido el de mayor producción, lo puse en su boca y ocurrió el milagro.

Nuestro primer acercamiento, nuestro primer lazo, mi primera muestra del amor eterno que le profeso, su primer contacto conmigo, nuestra primera unión. No les puedo describir lo que sentí en ese momento, ser capaz de alimentar a mi hija recién nacida es un poder que sólo Dios puede dar, es un acto de amor inmesurable, es un momento íntimo y perfecto en el que ella y yo nos declaramos un amor que durará por toda la vida.

calostro materno

Esta historia apenas comienza, pero deben suponer que estoy hasta las narices con una princesita recién nacida y con un terremotico de tres años que también extraña mi atención. Ya les iré contando en la medida de lo posible de esta aventura de cuatro corazones que ahora se aman más.

El ciclo de la vergüenza

Estamos en la plaza de comidas del centro comercial. Todas las mesas están llenas y nuestro pedido a punto de salir. Mi mamá se acerca a una mesa cuyos comensales tienen pinta de estar terminando de comer y sin vergüenza alguna les pregunta “Ya están terminando? ¿Podemos tomar su mesa?” . Los cuestionados, algunos de ellos notablemente incómodos, contestan con un cortés “Si, señora. Ya la desocupamos.”  Y -aún- no contenta con la respuesta, mi mamá se queda muy cerca esperando y mirando hasta que los comensales se levantan; no bien terminan de recoger y mi mamá ya está sentada en la silla. Ya para ese momento llevo un ratito separada de ella intentando no ser identificada como su hija.

Vamos entrado a cualquier restaurante  y  en una de las primeras mesas hay unos platos bien atractivos. Mientras que todos los demás seguimos caminando hacia la nuestra, mi mamá se queda al lado de esa mesa, llama a un mesero y señalando con el dedo le pregunta al mesero el nombre del plato y le dice que le de uno igual. Nosotros al final del pasillo y ya sentados con el menú en la mano, le agradecemos a Dios que la dejamos sola para que no vieran que venía con nosotros.

El diccionario de la Real Academia Española define como ciclo “Conjunto de una serie de fenómenos u operaciones que se repiten ordenadamente”. ¿Qué es entonces el ciclo de la vergüenza? Pues siguiendo la misma idea de la definición general, el ciclo de la vergüenza es el conjunto de fenómenos humillantes e incómodos que vivimos durante nuestra vida y que se repiten ordenadamente, una y otra vez. Sólo hay dos diferencias de acuerdo a cada etapa del ciclo: el que la causa y el que la sufre.

¿Cómo así? Simple. Los primeros años de nuestra vida somos culpables y completamente desconocedores del término, a mediados somos las víctimas humilladas y en la etapa postmadura somos causa y víctima sin que nos importe menos.

el ciclo de la verguenza

Estando Elías, mi mamá y yo en un parque de un centro comercial y -como cosa rara- dejé la tarjeta en el carro. En situaciones así aún puedo sacar provecho del hecho que Elías aún no sabe si la máquina  está o no funcionando de acuerdo a su control. Pero es cuando ve el tren que empieza a pedirlo con insistencia, el tren no lo puedo simular, trato de distraerlo y cuando menos lo espero, se me desliza por los brazos y lo veo montado en el tren pidiéndome que pase la tarjeta. Para mi sorpresa, no está solo y hay una niña en la otra silla, yo miro al papá y le digo: “Ay que pena! Yo no traje la tarjeta hoy! Elías, hijo, bájate por favor.” Elías me pone cara de pechiche y el señor -condolido por la situación- me dice “No te preocupes, nosotros invitamos el paseo.” Yo, con mi cara de pena, agradecí al papá de la niña y me senté a esperar mientras Elías iba feliz en su vuelta “Mamá! Mamá! El teeeeeeeeeeeeeen!!”

La misma escena se repitió en tres máquinas más, pero -para mi fortuna- con protagonistas diferentes. Mientras esperaba, este post se me vino a la cabeza. ¿Y cuáles son las etapas del ciclo de la vergüenza?

1a – Los primeros años: de 0 a 8 años.
Mi hijo desconoce la pena, la vergüenza y el oso. Él vive todos sus momentos admirablemente deshinibido y sin importarle lo que puedan decir las demás personas. Creo que es durante esta etapa de la vida cuando más libres somos. A él no le importan las miradas de reproche de las personas cuando nos hace un berrinche en la calle, mucho menos los comentarios de esos ignorantes sin hijos que creen que toda pataleta se soluciona con una cachetada. Él no tiene problema con negarle un abrazo o un beso a alguien si no tiene ganas de hacerlo. Siente plena libertad de correr y gritar en un parque cuando está feliz, baila cuando quiere bailar (no importa si estamos en pleno supermercado), se ríe a carcajadas sin pena y no saluda si no quiere. No le ve inconveniente a ir sonando estridentemente sus nuevos platillos por todos los pasillos del centro comercial… ¡Qué dicha poder sentir esa libertad!

2a-Años maduros: de 16 a 50 y tantos.
Justamente la edad en la que me encuentro hoy. A mi me da pena todo. Me da pena pedir favores, me da pena preguntar cosas a personas extrañas. Me da pena pedir la mesa de alguien que evidentemente está por terminar.  Antes incluso me daba pena decirle a la vendedora que la camisa que me buscó no me gusta nada. Poco a poco he ido superando esa pena y me he convertido en una persona que siente facilidad de mostrar descontento a extraños. Sin  embargo, el entrenamiento intensivo de mi hijo era algo que no me esperaba en lo absoluto. Supongo que en un años seré una versión parecida a mi mamá y Elías será entonces quien se apene de lo que haga en público.

3a- Adulto mayor: De 60 en adelante.
“Ya ves por qué a mi no me da pena nada? Ustedes -refiriéndose a mi hermano y a mi- me entrenaron muy bien. Ahora tu estás viviendo lo mismo.”
Tengo la plena certeza de que fue mi mamá quien más disfrutó ese momento. Su cara de satisfacción cuando me  dijo esta frase no tiene precio ¡Ella tuvo que vivir esos momentos cientos de veces multiplicadas por dos! Por supuesto que a largo plazo eso causa que uno pierda la vergüenza y actúe sin  importar lo que diga la gente. Mi mamá ya vive deshinibida, le importa un pepino si a alguien le incomoda que se le siente al lado mesa, no le importa que a alguien le pueda molestar lo extrovertido y sociable que es Elías y mucho menos le importa mi mirada reprobatoria cuando se queda mirando un plato y le pide al mesero que le de uno igual.

¿En cuál etapa te encuentras tú?

 

 

 

A propósito de la entrada al jardín

Hoy es el séptimo día de clases y Elías se despertó particularmente feliz. Se bajó de la cama dando brinquitos y no caminaba sino que corría por la casa. El baño fue lo más tranquilo, se dejó poner su ropa sin problema, desayunó como un niño ejemplar y cuando le mostramos el maletín del colegio empezó el llanto “¡No, no, no, no!” nos pedía porque sabía que eso significa que iba para el colegio. ¡Qué difícil es verlo “sufrir”! Cuando íbamos en el carro tenía una cara entre tristeza y resignación que me partía el alma cada minuto; me dan ganas de renunciar, de dejar de mandarlo y de abrazarlo como si no hubiera un mañana.
Dejarlo llorando en el colegio me despierta tanta desolación que lo único que me hace detener las lágrimas es recordar que Elena está en mi panza y que debo ser fuerte por ella.

¡Ya lleva un poco más de dos meses y estamos felices! Elías se ha adaptado por completo, y -muy a pesar que me ponga celosa- ha hecho un lindo vínculo con su profesora y eso lo ayuda a quedarse más tranquilo. Ahora se baja del carro, se despide de papá y entra feliz a su colegio, en muchas ocasiones entra saltando o corriendo y dando carcajadas con la profesora. Se acabaron las caras tristes, la voz pechiche diciéndonos “no”, las lágrimas y las ganas de agarrar a mi hijo y llevármelo para el trabajo para no verlo sufrir.

Una, dos, tres o cuatro semanas. No existe un tiempo estándar para que nuestros niños se acomoden a estar en el colegio solos, sin nosotros. Un niño pequeño está acostrumbrado a la compañía, ellos no se quedan solos nunca, siempre hay alguien de su confianza alrededor, esto es algo que les hace sentir seguros y confiados en cualquier lugar. Pero al verse solos y con personas extrañas, termina siendo natural que se sientan abandonados y por eso el llanto inconsolable. El cambio es enorme y nosotros deberíamos ser un aliciente que les ayude a asimilarlo y no imponerselos causándoles más sufrimiento del que ya van a tener. 

Entonces, ¿cómo le ayudo a mi hijo a vivir esa etapa tranquilos? A mi me dieron muchos consejos -como siempre, muchos de ellos que ni pedí- pero creo se trata más que esfuerzo de nuestra parte, se trata de un proceso que nuestro hijo debe (y va) vivir y no podemos hacer absolutamente nada para impedirlo. Lo único en lo que podemos ayudarle es darle un poco de seguridad y confianza para que lo afronte con menos trauma.

Dejarlos solos desde el primer día.
Quizás el peor de los consejos que me dieron. “Déjenlo y váyanse enseguida, nada de ese proceso de adaptación. Quedarse es alargarles el sufrimiento.” Lo increíble es que lo dijeron unos papás de dos hijos de 7 y 4 años, que por supuesto no vivieron el proceso porque se lo cargaron a la abuela. Me limité a quedarme callada y sonreír, pero por dentro se llevaron uno que otro insultico ¡Es el colmo! ¿Será que se han puesto a pensar en el sentimiento de abandono que podrían sentir? Yo me imagino que no. Ya veo a Elías sentado en su silla, escuchando que va para el colegio (uno lugar que no conoce bien y con personas que tampoco conoce) y de repente lo bajo del carro, se lo entrego a la profesora, me despido y me voy ¿Qué clase de monstruo hace eso?

El doloroso proceso de adaptación.
Era el tercer día, Elías se bajó del carro con una cara de resignación que me partió el alma en mil pedazos, lloró cuando el papá se lo entregó a la profesora, ella lo llevó a la malla de saltar que le encanta, sonrió por dos segundos hasta cuando vio que sus papás no habían entrado y ya estaba dentro de la malla. No les puedo explicar cómo se rompía mi corazón a pedazos mientras me alejaba y lo veía saltando con la cabeza gacha y unos lagrimones mudos bajaban por sus mejillas. Jamás olvidaré esa imagen y siempre me romperá el alma.

Otra vez, la clave es la anticipación.
Desde primera hora del día -incluso la noche anterior- le indicamos que es día de colegio y que va a ir a divertirse y a jugar con todos sus amiguitos. Que los papás vamos al colegio de grandes y que el va a un colegio más pequeño, que es normal que se quede allí con sus profesoras y que se esté tranquilo y confiado en que lo vamos a ir a buscar todos los días a la hora programada. Le hablamos y le hablamos y le hablamos y aunque eso  no causó un efecto inmediato hoy (después de dos meses) podemos decir que el método funciona y que los  niños entienden mucho más de lo que nos alcanzamos a imaginar.

Un objeto de transición.
Puede ser cualquier cosa:  el cuento, el juguete, la manta, la camisa, el  vasito, etc.  El objeto de transición representa para ellos esa conexión aparentemente perdida con casa y les da una sutil seguridad que ni todas las palabras del mundo podrían darle. El de mi hijo fue su vaso de tomar agua, da mucha risa que en todas las fotos de los primeros días él siempre sale con su vasito en la mano. Apenas llegaba se lo pedía a la profesora y eso lo ayudaba a tranquilizarse. ¡Bendito sea el vaso y su mágico poder!

Y así fue como vivimos nuestro proceso, hoy podemos decir que fue corto  y que nuestro hijo se adaptó rápidamente. ¿Cómo vivieron uds el suyo? ¿Tienen algún otro tip que pueda ayudar a los papitos que lo están viviendo?

 

Mi panza NO es espacio público

Iba subiendo las escaleras de la oficina y me encontré con una señora con quien me cruzo casualmente al caminar por los pasillos, siempre nos saludamos muy cordiales pero no es alguien a quien conozca ni a quien le tenga la más mínima confianza. Ayer me preguntó cómo iba la panza, que cuántos meses tenía y hablamos un minuto de ello; al despedirse, es impulsada por una fuerza desconocida para mí, no resistió la necesidad de tocarme mi panza y sonreír. ¿Y a ella quién le dijo que podía tocarla? ¿Por qué no me pregunta antes? Yo de manera instintiva tiendo a separarme para que ninguna mano desconocida toque la panza de mi Elena, pero tengo que reconocer que hay manos rápidas que alcanzar a rozarme y no les puedo explicar lo molesto que es.

No existe derecho constitucional, ni ley, ni decreto, ni resolución, ni código de policía ni nada por encima mío que autorice a alguien a tocar mi barriga sin mi consentimiento. He estado pensando, si me cerco la panza con alambre de púas o con un cerramiento eléctrico, ¿los extraños entenderían el mensaje? Siendo completamente honesta, la única forma que me sienta cómoda cuando alguien me toca la panza es cuando la tocan personas a quienes les permito “invadir” mi espacio personal de manera deliberada y por más de 3 segundos sin apartarme, lista encabezada por quien puso al bebé allí en primer lugar. Si, es un conjunto bien reducido de gente, la mayoría de las veces me toca sonreír por educación, fingir que me siento muy cómoda mientras alguien que no está en ese grupo le habla “achí” a mi barriga y luego orar a Diosito por si acaso algún mal deseo, una nunca sabe.

Soy plenamente consciente que muchas personas lo hacen con la mejor de las intenciones y que una mujer embarazada les inspira una ternura a la que no se pueden resistir, pero si me conocen por más de un año o llevan leyéndome unos cinco artículos ya saben que soy psicorígida con mi espacio, así que no debe extrañarles que no me gusta que me toquen, en general, ni estando embarazada ni sin estarlo, no me gusta. Mi hijo salió igual y mucha gente lo acusa de grosero, claro que después de decir eso se tienen que aguantar mi mirada inquisidora y una frase como “El tiene derecho a que le respeten su espacio personal, no lo toque. Fin.”

Entonces, voy a exponer todos mis argumentos para reservarme el derecho de admisión a tocar mi panza. Sé que muchas mamás panza se sentirán identificadas con algunos de ellos, y otras podrán añadir los suyos.

Si te acabo de conocer, no toques mi panza.
Entonces vas caminando en un centro comercial, tu esposo saluda a alguien y te presenta. “Ayyy tan linda tu pancita, ¿y qué es? ¡¿Niña?! ¡Ay que belleza! Con razón la panza está…” y ves esa mano inescrupulosa viniendo al acecho de tu panza. Solución: moverte discretamente y quitar el objetivo de la intrusa para no sentir unas manos extrañas sobre tu piel. No les puedo explicar el mal genio que me empieza cuando eso pasa, mi esposo sólo me mira y después me tranquiliza para que se me pase.

Si apenas se tu nombre, no toques mi panza.
Ok. Ya te conocí, pero no tengo idea de quién eres, ni de donde vives, ni se nada de historia. Apenas sabes mi nombre, es posible que sepas el nombre de mis hijos,  seguramente sabes ¿Por qué sientes que puedes tocarme?

Si yo no te toco, no toques mi panza.
Así como pido respeto, también lo doy. Yo no acostumbro a invadir el espacio personal de la gente que no conozco, tampoco los toco sin su consentimiento, tampoco creo que el estar embarazada me de el derecho de hacerlo; por lo tanto, tampoco los demás lo tienen sobre la mía.

Solo porque estoy embarazada, no quiere decir que me puedes tocar.
En serio, ¿qué rayos piensa esa gente? ¿Acaso tengo un letrero que dice que pueden tocarme a su antojo? ¿Acaso pierdo mi derecho a la intimidad cuando estoy embarazada? Esto también aplica cuando uno está amamantando y todos piensan que pueden verte mientras lo haces. Al parecer las mujeres que están en gestación o recién han tenido su bebé pierden todo derecho a espacio íntimo y la razón es desconocida para mi.

Yo no soy Buda, no me toques la panza.
Mi bebé no es un tipo de dios que cumple deseos al ser tocado. Tampoco yo tengo poderes mágicos por estar embarazada. No se te va a cumplir ningún deseo si frotas mi pancita. Tampoco vas a estimular a mi hija a que patee para que la puedas sentir, de hecho, ella se queda más quieta cuando alguien me toca, estoy segura que puede sentir mi incomodidad y ante eso se queda quieta. ¿Cuántas veces no les pasa que el bebé se mueve y le dicen a alguien que toque para que sienta y entonces se queda quieto? Yo estoy segura que es un mensaje de parte de ellos que ya saben quién quiere que los toque y quien no.

Si ves que me toco la panza al mismo tiempo que tu, no la sigas tocando.
A falta del coraje que implica el tener que decir directamente “no toques mi panza”, muchas embarazadas optamos por usar barreras de protección. ¿En qué consisten? Pueden ser muchas cosas: nuestras propias manos, la cartera, una bolsa grande, sentarte en un lugar alejada, taparte con la mesa si estás comiendo, etc. Un sin número de defensas que hemos tenido que idearnos para sobrellevar a las intenciones imprudentes de tantas personas que desconocen lo que es el espacio personal.

¿Les has pasado? ¿O soy la única que ha tenido que sufrir estos pesares? Y si eres uno de los que toca sin pensarlo, reflexiona.

No, no es tu cuerpo. | no es tu cuerpo

Recuerdo un día en que Elías estaba en mi vientre, estaba en el punto de compra de vitaminas prenatales que me había recomendado mi doctora, tenía ya unos gloriosos seis meses de embarazo y lucía con mucho orgullo mi pancita. Hacía poco más de un mes que los carnavales habían terminado en la ciudad donde vivo. Mientras esperaba en el mostrador que me despacharan mi pedido, una niña no mayor de 23 años solicitó un medicamento que se quedó grabado -temporalmente- en mi memoria. Y al ver cómo me miraba ella, observando mi pancita con cierto recelo y evitando mi mirada cuando yo volteaba a verla, aún más curiosidad me causó el medicamento que pidió. La atendieron rápidamente, alguien salió por una puerta interna del local, le entregó discretamente una bolsa y ella salió muy rápido y sin mirar atrás. No fue hasta que llegué al carro que busqué en mi celular la composición del medicamento y sus indicaciones… era un “medicamento” para abortar. Esa niña había disfrutado sin precauciones los carnavales y quien iba a pagarlo no tenía la culpa.

Eran las 3am de un día laboral, yo tenía mucho sueño y no había dormido nada bien. Esta barriga cada vez me hace más incómodo el dormir, incluso  he pensado en dormir sentada pero aún no he hecho el primer intento. Y mientras que yo lo que más deseaba era dormir, Elena se mecía feliz en mi panza haciendo de cada posición mía la más incómoda del mundo. MI cuerpo está cansado, MI cuerpo quiere dormir, MI cuerpo necesita dormir, eso quiere MI cuerpo. Pero el cuerpo de mi hija está sin estrenar, SU cuerpo tiene las energías a mil, SU cuerpo está fresco y descansado, SU cuerpo quiere bailar y saltar sin importar que sean las 3am. Son dos cuerpos, no uno solo. No, no es mi cuerpo, es el cuerpo de otra persona formándose en el mío.

No, no es tu cuerpo. Tu cuerpo no tiene dos cabezas, tu cuerpo no tiene cuatro brazos, tu cuerpo no tiene cuatro piernas y si tuviera la mitad del corazón que está formándose, no te defenderías con ese argumento tan vacío y tan soso. Es el cuerpo de un ser puro, inocente, indefenso y vulnerable que está creciendo dentro de ti. Que depende de ti para sobrevivir y que -desafortunadamente- te escogió a ti para venir el mundo. Eres su incubadora y su protectora. Y eso no te da el derecho de acabar con su vida. 

No, no es tu cuerpo. Sólo es tu cuerpo para decidir cuidarte, es tu cuerpo para decidir con quién te quieres acostar, es tu cuerpo para decidir cuántos tatuajes quieres ponerte, es tu cuerpo para decidir qué ponerte y qué no; pero si hablamos de un nuevo cuerpo que apenas comienza a formarse… NO, no es tu cuerpo y tampoco tienes el derecho de decidir sobre su derecho a la vida. Y lo entiendo, créeme, el albergar una nueva vida y contribuir a su formación no es tarea fácil, no hay necesidad de explicárselo a una mujer que tiene un hijo de dos años y ocho meses y que además ya va por más de la mitad de su segundo embarazo.

Hace unos meses una mujer en mi país fue “tan valiente” que se atrevió a hablar de cómo fue su aborto y de porqué lo hizo. Hablaba de que no quería ser madre soltera, que había sido un solo descuido de una noche loca con un susodicho que no se merece mencionar siquiera, que además nunca había querido ser madre y que a sus 38 años (y con un embarazo no deseado a bordo) no iba a cambiar de opinión. Buscó una clínica de abortos, se asesoró de cómo sería el procedimiento y en esa misma clínica una psicóloga amañó sus intenciones para justificar el asesinato bajo la primera de las causales por las que es permitido el aborto en mi país.

aborto legal en colombia

Nos cuenta que ella sufre de una enfermedad muy dolorosa y los medicamentos para controlar el dolor no son compatibles con el embarazo, entonces su vida -o su salud- se vería en riesgo y un solo certificado médico que soportara esta afirmación la respaldaba para matar a su bebé. ¿Que si la justifico y estoy de acuerdo con lo que hizo? No. Ella tenía otras alternativas, podía elegir entre muchas otras opciones, pero decidió -y de forma muy egoísta, a mi parecer- darle prioridad a su propia vida y acabó la pequeña vida que estaba formándose en sus entrañas. Eso no es digno de admirar, ni tampoco aplaudir, sencillamente es una decisión egoísta de uno de los tantos seres egocéntricos que habitan este planeta.

La vida no se respeta, y es que un bebé en formación no es vida, porque son un montón de células sin alma y sin sentimientos. ¿Seguro? Estoy segura que tiene mejor alma, más pureza y mucho más potencial que cualquiera de nosotros. Pero si encontraran vida en marte, incluso un “insignificante” organismo unicelular sería todo un descubrimiento. Pero un bebé recién concebido no es tan importante. No, no es tu cuerpo, déjalo vivir, y si no quieres ser responsable de su vida, créeme hay muchas parejas anhelando un ángel que pueden hacerse cargo con toda la felicidad del mundo.

¿Saben qué me dio mucha risa? Mucha gente empezó a endiosar a la susodicha diciendo que era una “berraca” por haberse atrevido a hablar ¿Berraca? ¿En serio? Berraca una mamá soltera que saca adelante a sus hijos sin la ayuda del idiota al que no se le debe decir padre. Berracas todas las que tienen a sus hijos por parto natural. Berraca la que se atreve a llevar un embarazo de alto riesgo y que lo lleva a feliz término. Berraca la mujer que puede criar a más de uno al tiempo sin volverse loca. Berraca ella misma si hubiera sido capaz de llevar su embarazo, aún con su dolor, eso lo hubiera hecho una berraca… abortar fue la salida fácil. Si, fácil, porque superar la “tristeza” que sientes después de asesinar a tu bebé no se compara con la fuerza y la tenacidad que exige criarlo.

¿Cómo preparo a mi hijo para recibir a su hermanita? | Preparar al hijo mayor

Preparar al hijo mayor para la llegada de un hermano no es tarea fácil, yo aún no lo vivo pero no necesito vivirlo para saberlo. Los celos de herman@ mayor son algo inevitable, algunos lo sufren en menor medida que otros pero al final ninguno de ellos tiene inmunidad absoluta y terminan haciendo cualquier pataleta para recuperar la atención que perdieron.

Nuestro papel como padres en la aceptación de nuestros hijos mayores a su hermano menor es tratar de mitigar los celos en la mayor medida, si es que es posible. He visto casos extremos en que el hermano mayor ha tenido que hacer terapias muy intensas y profesionales para superar el hecho de tener que compartir a sus padres con su nuevo hermano; y aún esas terapias resultan insuficientes porque el niño sigue rebelde, casos extremos en los que llega a maltratar al nuevo bebé y los padres no hayan qué hacer. Hay casos opuestos e ideales en los que el hermano mayor está más que complacido y en lugar de pelear la atención -ahora compartida- de sus padres, es feliz atendiendo a su nuevo bebé. La pregunta del millón es ¿cómo lograr que nuestr@ hij@ pueda ubicarse en ese selecto grupo o por al  menos en un punto medio en el que no se afecte demasiado?

Por supuesto que hay miles de artículos en internet que les pueden dar muchos consejos y tips para esta tarea, más de una decena de buenos libros que dan consejos de cómo hacerlo y muchas personas alrededor que han vivido la misma situación y de seguro que pueden usar uno que otro consejo que les den. Pero si me están leyendo es porque 1. Les llamó la atención el título y 2. Están buscando más información; aquí les voy a compartir lo que yo, con mi experiencia en cero, he probado con mi hijo.

Mi hijo es pequeño pero al parecer ha entendido el complejo concepto que de alguna manera un bebé se metió en la barriga de mamá y que va a ser su hermanita. Ya entendió que es una nena y ahora le llama “Ena” a mi panza. En verdad nosotros no tuvimos en poco su corta edad y empezamos a prepararlo desde hace mucho tiempo; incluso antes de quedar embarazados aprovechábamos cuando veíamos a un bebé pequeño en la calle -y como a Elías le encantan- le preguntaba si él quería uno para él. Pregunta nunca respondida, pero ya le llegó. ¿Que cuáles son los trucos que he utilizado? Aquí les van.

Elías fue el primero en enterarse.
Si, ni mi esposo lo sabía aún. Esa mañana de viernes me hice la prueba de embarazo casera. Y como soy como Dios me hizo, para sentirme verdaderamente segura, tuve que hacerme la prueba de sangre. Así que  viernes, como andaba de vacaciones aproveché unos minutos y me escapé al laboratorio para tomarme la muestra. El examen me lo hice a las 10am y ya a las 4pm sabía el resultado: POSITIVO. Recuerdo que abracé a Elías y le dije “Mira, mi amor, aquí en la barriga de mamá hay un bebé. Es tu hermanito o hermanita, ya no vas a estar más solito sino que vas a estar acompañado como tus primitos. Te llegó un compañerito, mi amor.” No les puedo explicar la sorpresa de su rostro, creo que ese día empezó a entender lo que le venía.

“Elías, vamos a untarle crema a Elena
Una noche estaba untándome mi crema de estrías y a Elías le llamó mucho la atención el proceso, se me ocurrió compartir esa actividad con él y aprovechar el contacto piel con piel entre la pancita y él… ¡Y ha sido todo un éxito! En ocasiones él mismo busca la crema y me llama “¡Mamá, ‘Ena’!”  Y es lo más tierno verlo destapar la crema, espicharla, ponerla en mi panza y esparcirla. Sin contar el hecho que pinta la ‘i’ y la ‘o’ que son las vocales que ya sabe ‘escribir’. Tanto le gusta la actividad que invita a su papá o a sus Titos a que también le unten crema a su hermanita ‘Ena’.

Elena ha mandado varios regalos.
Desde un mes después que supimos que estábamos esperando, le compré un juguete a Elías que sabía que le iba a gustar mucho y le dije que era de parte del hermanito. Para navidad le dimos otro regalo, también de su hermano, y le agradeció a la panza. Y ahora que nos enteramos que es Elena, entonces dice que ‘Ena’ le ha dado todos esos regalos, y a mi me encanta verlo jugar con ellos.

Hablarle, hablarle, hablarle y hablarle.
La palabra ‘Elena’ suena unas 33 mil veces al día a su alrededor. Ustedes no se alcanzan a imaginar mi felicidad cuando llego a la casa y Elías mirando mi panza me dice “Ena”, me levanta la blusa y empieza a “jugar” con su hermanita. A veces juega a cogerle los cachetes  (léase los gorditos de mi panza) y se ríe, le canta y grita emocionado. Anoche jugamos a que le contara su día en el colegio y en el parque. Incluso le mostramos los videos de las ecografías y ya él solito cuando los encuentra en el celular nos llama, nos señala la imagen y dice ‘¡Ena!’.

Evitarle otros cambios grandes al mismo tiempo.
Así es como Elías, a quien iba a meter al colegio a los 3 años, terminó empezando el colegio a sus dos años y medio. Allí vamos en el proceso de adaptación, recopilando material para comentarles cómo me ha ido y sufriendo un poco sus lloradas con él. Con un poquito de ganas de no mandarlo más pero ahí vamos. Lo metí ahora porque no quería que sintiera que el nacimiento de un nuevo bebé iba a desplazarlo y preferí adelantarle el ingreso al colegio. Se nota que le gusta su colegio, lo malo es que quiere que nosotros nos quedemos con él.

Cabe aclarar que yo estoy en modo experimento, porque aún no he confirmado la efectividad de mis métodos. Pero los resultados que llevo hasta ahora me tienen satisfecha y más de una persona externa se ha sorprendido cuando ven la reacción de Elías ante ‘Ena’.