El ciclo de la vergüenza

Estamos en la plaza de comidas del centro comercial. Todas las mesas están llenas y nuestro pedido a punto de salir. Mi mamá se acerca a una mesa cuyos comensales tienen pinta de estar terminando de comer y sin vergüenza alguna les pregunta “Ya están terminando? ¿Podemos tomar su mesa?” . Los cuestionados, algunos de ellos notablemente incómodos, contestan con un cortés “Si, señora. Ya la desocupamos.”  Y -aún- no contenta con la respuesta, mi mamá se queda muy cerca esperando y mirando hasta que los comensales se levantan; no bien terminan de recoger y mi mamá ya está sentada en la silla. Ya para ese momento llevo un ratito separada de ella intentando no ser identificada como su hija.

Vamos entrado a cualquier restaurante  y  en una de las primeras mesas hay unos platos bien atractivos. Mientras que todos los demás seguimos caminando hacia la nuestra, mi mamá se queda al lado de esa mesa, llama a un mesero y señalando con el dedo le pregunta al mesero el nombre del plato y le dice que le de uno igual. Nosotros al final del pasillo y ya sentados con el menú en la mano, le agradecemos a Dios que la dejamos sola para que no vieran que venía con nosotros.

El diccionario de la Real Academia Española define como ciclo “Conjunto de una serie de fenómenos u operaciones que se repiten ordenadamente”. ¿Qué es entonces el ciclo de la vergüenza? Pues siguiendo la misma idea de la definición general, el ciclo de la vergüenza es el conjunto de fenómenos humillantes e incómodos que vivimos durante nuestra vida y que se repiten ordenadamente, una y otra vez. Sólo hay dos diferencias de acuerdo a cada etapa del ciclo: el que la causa y el que la sufre.

¿Cómo así? Simple. Los primeros años de nuestra vida somos culpables y completamente desconocedores del término, a mediados somos las víctimas humilladas y en la etapa postmadura somos causa y víctima sin que nos importe menos.

el ciclo de la verguenza

Estando Elías, mi mamá y yo en un parque de un centro comercial y -como cosa rara- dejé la tarjeta en el carro. En situaciones así aún puedo sacar provecho del hecho que Elías aún no sabe si la máquina  está o no funcionando de acuerdo a su control. Pero es cuando ve el tren que empieza a pedirlo con insistencia, el tren no lo puedo simular, trato de distraerlo y cuando menos lo espero, se me desliza por los brazos y lo veo montado en el tren pidiéndome que pase la tarjeta. Para mi sorpresa, no está solo y hay una niña en la otra silla, yo miro al papá y le digo: “Ay que pena! Yo no traje la tarjeta hoy! Elías, hijo, bájate por favor.” Elías me pone cara de pechiche y el señor -condolido por la situación- me dice “No te preocupes, nosotros invitamos el paseo.” Yo, con mi cara de pena, agradecí al papá de la niña y me senté a esperar mientras Elías iba feliz en su vuelta “Mamá! Mamá! El teeeeeeeeeeeeeen!!”

La misma escena se repitió en tres máquinas más, pero -para mi fortuna- con protagonistas diferentes. Mientras esperaba, este post se me vino a la cabeza. ¿Y cuáles son las etapas del ciclo de la vergüenza?

1a – Los primeros años: de 0 a 8 años.
Mi hijo desconoce la pena, la vergüenza y el oso. Él vive todos sus momentos admirablemente deshinibido y sin importarle lo que puedan decir las demás personas. Creo que es durante esta etapa de la vida cuando más libres somos. A él no le importan las miradas de reproche de las personas cuando nos hace un berrinche en la calle, mucho menos los comentarios de esos ignorantes sin hijos que creen que toda pataleta se soluciona con una cachetada. Él no tiene problema con negarle un abrazo o un beso a alguien si no tiene ganas de hacerlo. Siente plena libertad de correr y gritar en un parque cuando está feliz, baila cuando quiere bailar (no importa si estamos en pleno supermercado), se ríe a carcajadas sin pena y no saluda si no quiere. No le ve inconveniente a ir sonando estridentemente sus nuevos platillos por todos los pasillos del centro comercial… ¡Qué dicha poder sentir esa libertad!

2a-Años maduros: de 16 a 50 y tantos.
Justamente la edad en la que me encuentro hoy. A mi me da pena todo. Me da pena pedir favores, me da pena preguntar cosas a personas extrañas. Me da pena pedir la mesa de alguien que evidentemente está por terminar.  Antes incluso me daba pena decirle a la vendedora que la camisa que me buscó no me gusta nada. Poco a poco he ido superando esa pena y me he convertido en una persona que siente facilidad de mostrar descontento a extraños. Sin  embargo, el entrenamiento intensivo de mi hijo era algo que no me esperaba en lo absoluto. Supongo que en un años seré una versión parecida a mi mamá y Elías será entonces quien se apene de lo que haga en público.

3a- Adulto mayor: De 60 en adelante.
“Ya ves por qué a mi no me da pena nada? Ustedes -refiriéndose a mi hermano y a mi- me entrenaron muy bien. Ahora tu estás viviendo lo mismo.”
Tengo la plena certeza de que fue mi mamá quien más disfrutó ese momento. Su cara de satisfacción cuando me  dijo esta frase no tiene precio ¡Ella tuvo que vivir esos momentos cientos de veces multiplicadas por dos! Por supuesto que a largo plazo eso causa que uno pierda la vergüenza y actúe sin  importar lo que diga la gente. Mi mamá ya vive deshinibida, le importa un pepino si a alguien le incomoda que se le siente al lado mesa, no le importa que a alguien le pueda molestar lo extrovertido y sociable que es Elías y mucho menos le importa mi mirada reprobatoria cuando se queda mirando un plato y le pide al mesero que le de uno igual.

¿En cuál etapa te encuentras tú?

 

 

 

No, no es tu cuerpo. | no es tu cuerpo

Recuerdo un día en que Elías estaba en mi vientre, estaba en el punto de compra de vitaminas prenatales que me había recomendado mi doctora, tenía ya unos gloriosos seis meses de embarazo y lucía con mucho orgullo mi pancita. Hacía poco más de un mes que los carnavales habían terminado en la ciudad donde vivo. Mientras esperaba en el mostrador que me despacharan mi pedido, una niña no mayor de 23 años solicitó un medicamento que se quedó grabado -temporalmente- en mi memoria. Y al ver cómo me miraba ella, observando mi pancita con cierto recelo y evitando mi mirada cuando yo volteaba a verla, aún más curiosidad me causó el medicamento que pidió. La atendieron rápidamente, alguien salió por una puerta interna del local, le entregó discretamente una bolsa y ella salió muy rápido y sin mirar atrás. No fue hasta que llegué al carro que busqué en mi celular la composición del medicamento y sus indicaciones… era un “medicamento” para abortar. Esa niña había disfrutado sin precauciones los carnavales y quien iba a pagarlo no tenía la culpa.

Eran las 3am de un día laboral, yo tenía mucho sueño y no había dormido nada bien. Esta barriga cada vez me hace más incómodo el dormir, incluso  he pensado en dormir sentada pero aún no he hecho el primer intento. Y mientras que yo lo que más deseaba era dormir, Elena se mecía feliz en mi panza haciendo de cada posición mía la más incómoda del mundo. MI cuerpo está cansado, MI cuerpo quiere dormir, MI cuerpo necesita dormir, eso quiere MI cuerpo. Pero el cuerpo de mi hija está sin estrenar, SU cuerpo tiene las energías a mil, SU cuerpo está fresco y descansado, SU cuerpo quiere bailar y saltar sin importar que sean las 3am. Son dos cuerpos, no uno solo. No, no es mi cuerpo, es el cuerpo de otra persona formándose en el mío.

No, no es tu cuerpo. Tu cuerpo no tiene dos cabezas, tu cuerpo no tiene cuatro brazos, tu cuerpo no tiene cuatro piernas y si tuviera la mitad del corazón que está formándose, no te defenderías con ese argumento tan vacío y tan soso. Es el cuerpo de un ser puro, inocente, indefenso y vulnerable que está creciendo dentro de ti. Que depende de ti para sobrevivir y que -desafortunadamente- te escogió a ti para venir el mundo. Eres su incubadora y su protectora. Y eso no te da el derecho de acabar con su vida. 

No, no es tu cuerpo. Sólo es tu cuerpo para decidir cuidarte, es tu cuerpo para decidir con quién te quieres acostar, es tu cuerpo para decidir cuántos tatuajes quieres ponerte, es tu cuerpo para decidir qué ponerte y qué no; pero si hablamos de un nuevo cuerpo que apenas comienza a formarse… NO, no es tu cuerpo y tampoco tienes el derecho de decidir sobre su derecho a la vida. Y lo entiendo, créeme, el albergar una nueva vida y contribuir a su formación no es tarea fácil, no hay necesidad de explicárselo a una mujer que tiene un hijo de dos años y ocho meses y que además ya va por más de la mitad de su segundo embarazo.

Hace unos meses una mujer en mi país fue “tan valiente” que se atrevió a hablar de cómo fue su aborto y de porqué lo hizo. Hablaba de que no quería ser madre soltera, que había sido un solo descuido de una noche loca con un susodicho que no se merece mencionar siquiera, que además nunca había querido ser madre y que a sus 38 años (y con un embarazo no deseado a bordo) no iba a cambiar de opinión. Buscó una clínica de abortos, se asesoró de cómo sería el procedimiento y en esa misma clínica una psicóloga amañó sus intenciones para justificar el asesinato bajo la primera de las causales por las que es permitido el aborto en mi país.

aborto legal en colombia

Nos cuenta que ella sufre de una enfermedad muy dolorosa y los medicamentos para controlar el dolor no son compatibles con el embarazo, entonces su vida -o su salud- se vería en riesgo y un solo certificado médico que soportara esta afirmación la respaldaba para matar a su bebé. ¿Que si la justifico y estoy de acuerdo con lo que hizo? No. Ella tenía otras alternativas, podía elegir entre muchas otras opciones, pero decidió -y de forma muy egoísta, a mi parecer- darle prioridad a su propia vida y acabó la pequeña vida que estaba formándose en sus entrañas. Eso no es digno de admirar, ni tampoco aplaudir, sencillamente es una decisión egoísta de uno de los tantos seres egocéntricos que habitan este planeta.

La vida no se respeta, y es que un bebé en formación no es vida, porque son un montón de células sin alma y sin sentimientos. ¿Seguro? Estoy segura que tiene mejor alma, más pureza y mucho más potencial que cualquiera de nosotros. Pero si encontraran vida en marte, incluso un “insignificante” organismo unicelular sería todo un descubrimiento. Pero un bebé recién concebido no es tan importante. No, no es tu cuerpo, déjalo vivir, y si no quieres ser responsable de su vida, créeme hay muchas parejas anhelando un ángel que pueden hacerse cargo con toda la felicidad del mundo.

¿Saben qué me dio mucha risa? Mucha gente empezó a endiosar a la susodicha diciendo que era una “berraca” por haberse atrevido a hablar ¿Berraca? ¿En serio? Berraca una mamá soltera que saca adelante a sus hijos sin la ayuda del idiota al que no se le debe decir padre. Berracas todas las que tienen a sus hijos por parto natural. Berraca la que se atreve a llevar un embarazo de alto riesgo y que lo lleva a feliz término. Berraca la mujer que puede criar a más de uno al tiempo sin volverse loca. Berraca ella misma si hubiera sido capaz de llevar su embarazo, aún con su dolor, eso lo hubiera hecho una berraca… abortar fue la salida fácil. Si, fácil, porque superar la “tristeza” que sientes después de asesinar a tu bebé no se compara con la fuerza y la tenacidad que implica criarlo.

El poder de los hijos

Que la conexión que se hace desde él útero es infinitamente poderosa. Que un besito nuestro puede curar cualquier golpe o raspón. Que el amor de madre es lo más verdadero, real y fuerte que puede experimentar un ser humano. Que no seríamos nadie sin nuestra mamá… pero, ¿qué podemos decir del poder que viene del amor que nos profesan nuestros hijos? ¿A dónde nos puede llevar tan sólo una mirada suya? ¿Qué podemos decir de la enorme e inmensurable influencia que tienen nuestros hijos sobre nosotros?

Anoche mientras dormía a mi hijo un sucio cayó en mi ojo, la picazón era muy fuerte y no podía dejar de rascarme, me abrí un poco los párpados buscando la manera de que un poco de aire del abanico me ayudara a aliviar el escozor, pero fue inútil. Entre más lo rascaba, más me picaba y no podía hacer nada para detenerlo. Justo cuando me decidí a levantarme para lavarme el ojo con agua, mi hijo se dio una vuelta, puso su cabecita bien pegadita a mi -tanto que cubría mi ojo- y ante la imposibilidad física de seguirme rascando, la nula intención que tenía de despertarlo y la satisfacción indescriptible de tenerlo sobre mi pecho abrazándome… me di por vencida y a los pocos segundos el escozor era cosa del pasado. Bastó un toque de él para que se me quitara. Ese es el poder de los hijos.

Cualquier papá sabe que un apretón de unos pequeños bracitos pueden mejorar el más terrible de los días. Damos fe que después de una larga jornada laboral, el llegar a nuestras casas y recibir un abrazo fuerte de un chiquitín, es el mejor remedio para quitar el estrés de nuestro cuerpo. Y ni hablar cuando ellos vienen de acompañantes a buscarnos al trabajo: mi hijo empieza a llamarme desde que salen de la casa, pide a todos que se corran para hacerme espacio y cuando me monto empieza a reírse y en muchas ocasiones se monta en mi regazo y se queda pegadito a mi en un abrazo eterno que me quita de una toda pesadez; eso si no prefiere quedarse con su abuelita.

Y qué me dicen de esos besos que quitan dolores de espalda, de cabeza, de pierna, de estómago y en general, de cualquier parte del cuerpo. Porque no sólo los besos de mamá son los curativos. A mi inevitable dolor de espalda le ha llegado la cura: un besito de Elías; y cada vez que me voy a levantar cual tortuga que han volteado, él-como el hermoso ayudante y caballero que es-me empuja por detrás para ayudarme a incorporarme. Es que levantarme con una panza de cinco meses no es fácil, no es cómodo, no es lindo de hacer, y seguramente no podrás presenciarlo sin reírte abierta o discretamente.

Todo papá sabe que siempre mientras estén pequeños nosotros somos héroes y ejemplo ante sus ojitos, ellos nos hacen querer ser mejores personas. Cuando están presentes siempre queremos resaltar los buenos comportamientos que alguna vez nos enseñaron nuestras madres. Ellos  nos inspiran a hacer las cosas de la manera correcta y siempre buscamos darles un buen ejemplo; todo para que en un futuro sean personas de bien que cumplan con sus metas y que consigan todos esos sueños que desde ya se están formando. Es por esto que un hijo se convierte en una razón más para ser buenas personas, para mostrarles cómo ayudar a otros, enseñarles a ser ordenados aunque nosotros no lo seamos, e incluso nos proponemos serlo para que ellos lo tomen de de ejemplo. Este es un ejemplo hipotético, que conste.

Ser padres nos ha hecho mejores personas. Los hijos llegan a nuestra vida a cambiarla, y contrario a lo que muchas “mamás” andan escribiendo por allí, la cambian para bien. No sé si ellas pensaban que todo sería color de rosa y que las dificultades se esfumarían cuando tuvieran hijos, quizás por eso hoy muchas llegan a decir atrocidades como que se arrepienten de haber tenido hijos o que el tenerlos ha bajado su calidad de vida; ya escribiré de eso en otro post. En mi nuestra experiencia, ha sido todo para bien (y ojo que esto no significa que todo sea perfecto), la vida nunca ha sido ni será perfecta, pero si es cierto que el ser padres para nosotros ha significado -entre muchas otras cosas- más aventuras, más risas, más juegos, más aprendizaje, más crecimiento, más creatividad y sobretodo, mucho y mucho  más amor.

Ser madre me ha hecho más fuerte. A pesar que ahora mi corazón camina fuera de mí y que podría morirme si cualquier cosa le pasara a mi hijo, el ser madre me ha hecho más fuerte. Sé que las personas me ven y lo último que verían es una mujer fuerte. Pero cuando estoy con mi hijo y su seguridad depende de mi, se me quitan todos los miedos, las inseguridades y me encargo que todo marche bien para que el se pueda sentir seguro. En resumen,desde que me convertí en mamá me siento más eficaz y fuerte, soy más valiente y resistente, y al mismo tiempo soy más sensible al dolor ajeno. Supongo que eso se debe a que el tener un hijo no sólo ha creado un vínculo con él, sino con el futuro, en el sentido que me hace comprometerme aún más a crear uno mejor especialmente para él. 

 

 

 

Los retos de criar a una niña

Estaba en el parque sentada viendo cómo Elías jugaba y saltaba en la zona de niños pequeños. Él jugaba con su papá y con otros niños y se le veía muy feliz. Mi carita de idiota en ese momento – y siempre-  terminaría siendo ganadora de todas las caras de idiota que han visto en su vida, verlo divertirse es aún más satisfactorio para mi que comer sushi.

De repente, me pasa por el frente una niña. Llevaba un leggin rosa con puntos blancos, con una camisa de Minnie Mouse que tenía un faldellín rosa de puntos blancos, sus zapatos eran plateados con rosa y usaba medias moraditas con rosado y en su cabeza llevaba una hermosa y elaborada trenza. De esas que empiezan en la parte superior de la cabeza, que ya sabemos que son muy complejas de hacer. A la niña se le soltó un poco su trenza al saltar y le pidió a su mamá que se la arreglara, la mamá -muy hábil, por cierto- hizo un mágico movimiento con su mano y la trenza volvió a su lugar y la niña siguió jugando con su grupo.

Fue ese momento, Elena me dio una patada y me vino ese momento de iluminación que todas las madres experimentamos en algún momento “¡Voy a tener que aprender a peinar a otra persona! ¡Voy a tener que aprender a peinar a una niña!” Y es que si hablamos de peinados, lo más elaborado que hago conmigo es peinarme a medio lado y hacerme una trenza, eso si, desde el cuello hacia abajo. Para mi peinarse consiste en pasarme una peinilla, o hacerme un pony tail, o un tomate descomplicado o bien, dejármelo suelto con o sin cintillo. ¿Cómo carajos voy a hacer para peinar a una niña?

Y entonces me puse a observar con más detalle a las niñas y a los niños del parque, todas sus diferencias -cual Pandora abriendo su extraña caja- se me revelaban como secretos escondidos. Mientras que los niños iban vestidos con suéter, camiseta y tenis; las niñas llevaban aretes, ganchos, moñitas, pinzas, trenzas elaboradas, vinchas, cintillos, pulseras, faldas con leggins, tutús, etc. Realmente me sentí abrumada y fue en ese momento que comprendí que el cambio que me viene no sólo implica el tener que dividir multiplicar el tiempo, el amor y la paciencia para criar dos hijos, sino todas las diferencias que se me vienen porque Elena es mujer, es una niña.

¿Cuáles son los retos para una mamá primeriza de una niña?
1. Limpieza de sus partes íntimas al cambiar el pañal.
Supongo que si pasan más de 60 segundos después de hacer popis, corremos el riesgo que alguna sucieza llegue a su vulva, cosa que nadie quiere. Así que tendré que estar muy, muy pendiente de cuando esto pase para evitar cualquier infección urinaria. Debo recordar siempre limpiar de delante hacia atrás, los pliegues… Nada sencillo comparado a cuando lavo el pipí de mi niño. Y si, se supone que mi experiencia como mujer debería ayudar, pero no es lo mismo; es una bebé, en fin, ya me volveré experta en la materia.

2. Tengo que aprender a peinar a otra persona.
Ya les conté lo que significa para mí peinarme. No sé cómo voy a hacer para aprender a hacer bonitos peinados o trenzas desde la parte de arriba de la cabeza, y por favor no me aconsejen que la lleve a la peluquería. Sin duda tengo que empezar a prepararme; y de no saber nada, pasaré a ser aquella mamá a la que otras mamitas le piden el favor de peinar a sus hijas, ya verán.

3. Combinar la ropa supone habilidades superiores a vestir a un niño.
No es lo mismo que poner una camiseta blanca, bermuda azul y zapatos grises, por ejemplo. Tengo que cuidar que los colores en general -porque la gama de colores aumenta por ser mujer- combinen bien: el cintillo, la blusita, el pantalón/falda/leggin/short, el vestido, las medias, los zapatos, etc. Tener muy en cuenta de no ponerle colores de vieja, de vestirla como una niña, porque qué pereza esas niñas que parecen mujercitas con tallas más pequeñas. Las niñas deben vestirse como niñas, punto final.

4. ¿Cómo rayos hago en un baño público mientras la estoy entrenando a dejar el pañal?
Si ya es un reto para mí mantener el equilibrio mientras tengo el bolso colgado del cuello o de los dientes, porque los diseñadores de baños son hombres y no se les ocurre poner un gancho para el bolso, mientras que intento hacer pis, no me imagino cómo poner a una niña de dos años en una situación similar.
He hablado con mamás de niña y me dicen que ponen una capa de papel para que ellas se sienten. Este es un tema que me causa terror, aún falta para que llegue ese momento, espero que exista alguna tecnología que me ayude en el proceso.

5. ¿Aretes? ¡¿Y yo cómo voy a hacer sufrir a una bebé para ponerle aretes?!
Que al nacer, que a los tres meses, que al tercer día, que ponerle un hilito mientras tanto, que con pistolita, que con el mismo arete, que primero les ponen unos aretes hipoalergénicos, que eso no duele, que les untan lidocaína, que les ponen hielo para adormecerles la zona, que es peor esperar, que ellas no se acuerdan de eso, etc. Escuchar todos esos consejos hace que me duela el corazón de pensar en causarle dolor, pero tampoco quiero que sea una niña sin aretes. Aún no he tomado una decisión al respecto, y resulta que la decisión es sólo mía porque el papá me dejó la entera responsabilidad a mi.

6. Ella es mi princesa, pero no la quiero criar como princesa. Quiero que sea fuerte.
Quiero que sea fuerte, decidida, independiente, que se sienta capaz de conseguir lo que quiere, que se haga su camino, que no busque a un hombre para que sea su salvador sino que busque un compañero que de verdad le ayude en su vida, que arme un equipo exitoso con él. Quiero que sea mejor que yo, en todos los aspectos, que no tenga los mismos miedos que yo y que logre conquistar lo que yo no pude hacer.

Los niños no implican estos retos, ¿verdad? Y vuelve a cumplirse esa linda ley de la maternidad que dice: Justo cuando empieces a acomodarte en una etapa, va a llegar otra que te ponga de nuevo el mundo patas pa’ arriba.

Y entonces llegó Elena

Cualquier día laboral del año 2012, 12:35m: era un día normal, era medio día e iba hacia mi casa como cualquier mortal a la hora del almuerzo: apurada, con sueño y con hambre. Los trancones brillaban en su esplendor y yo rogaba para llegar rápido a casa. Iba distraída escuchando una canción cuando lo vi. Estaba escrito con aerosol negro sobre una pared sucia, una letra horrible y tenía algunas figuras alrededor. Seguro que lo había visto antes pero ese día se me quedó en la memoria, sonreí mientras lo observaba y el resto del camino se me hizo más ameno. Sonaba tan lindo, tan puro, tan amoroso, tan tierno que aproveché un ratico en el semáforo rojo para investigar su origen y su significado, y cuando lo supe me enamoré mucho más.

Volví a mis épocas de jugar con muñecas, cuando simulaba que la bebé era real y le daba tete y le ponía vestidos; me acordé de todas mis barbies y de todos los juegos que simulaba con ellas: era doctora, mamá, princesa… era todo lo que podía jugar con mis muñecas. Siempre la soñé, siempre estaba en mi mente, siempre en mi corazón: una hija. Y ese mediodía ajetreado y hambrienta supe que Elena sería su nombre.

En este embarazo todo fue muy distinto a mi primer hijo, pero eso no significó nada porque todos los embarazos son distintos y es un error creer que los síntomas tienen algo que ver con el sexo del bebé. Así que no me ilusioné con eso.
Como tres personas diferentes y en diferentes contextos me dijeron “Ponle la firma, es una niña.”. Tampoco me ilusioné con eso.
Inclusive el verídico, fundamentado, sólido y certero calendario chino del sexo del bebé me decía que por mi edad y la fecha de concepción, tendría que ser niña. Pero tampoco me ilusioné con eso.

De hecho -y por alguna sugestión de la primera ecografía- estaba convencida que era un niño y estaba muy feliz porque llegaba un amiguito para mi hijo mayor; lo he visto jugar con sus primitos y se pone tan contento que me ilusionaba imaginar a mis dos hijos varones jugando de la misma forma en unos años. Inclusive  me pintaba con mi peluca plateada, mi vestido azul, disfrazada de Daenerys Targaryen como “madre de dragones varones”… pero Dios tenía otros planes.

Y si, está claro que como mujer me soñaba una hijita que me hiciera compañía y con la que pudiera compartir todas esas cosas de mujeres que aburrirían a Elías. Es cierto que pensaba que en caso de tener otro varón, sería inevitable preguntarme cómo hubiera sido tener una niña, pero estaba segura que fuera lo que fuera me alegraría de corazón y sería un nuevo amor que llegaría a mi vida.

Domingo 1 de enero de 2017, 9 de la noche: no tenía ni pizca de sueño. No era que hubiera dormido durante el día, era la mismísima emoción de saber que al día siguiente me enteraría qué venía en mi vientre. Esa noche no pude dormir bien, no hallaba acomodo, incluso el bebé en mi barriga estuvo moviéndose toda la noche porque mamá no podía pegar ojo. Yo le hablaba, acariciaba mi barriga y le decía que al día siguiente tenía que dejarnos ver si era niña o niño. Amaneció y yo intenté dormir unos minutos más para no estar tan cansada pero no pude, me quedé acostada mientras se me pasaba un terrible dolor de espalda pero no me dormí. Mi esposo tuve el divino detalle de preparar el desayuno y me lo comí rápidamente, estaba afanadísima y temía llegar tarde a la cita. Hasta que llegamos. Sentí una eternidad la espera hasta que me llamaron “La señora (¡SEÑORA!) Alicia, adelante, por favor.” Y pasamos al cuarto de ecografías.

Vimos su cabeza, sus piernas, sus brazos, sus manitos, sus pies, sus talones, el doctor tomó todas las medidas de rigor. Y ella me hizo caso, tenía sus piernitas abiertas y el doctor -y el papá también- pudo ver perfectamente lo que tuvo que explicarme luego con plastilina a mi. Yo sólo dije “No veo pipí, pero no sé si es porque es niña o porque está del otro lado.” y el doctor muerto de la risa me dijo  “Mira, allí se ven los labios, la vulva, esta forma que ves aquí… es una nena, vas a tener una nena ¡Felicidades!” Yo miraba incrédula a mi esposo y sólo pude reírme y decirle “Se llama Elena, bienvenida, Elena. Amor, eres papá de una niña. Bueno, de dos niñas, porque tu eres el serio de la casa.”  

Pero fue cuando salimos del cuartico, mientras íbamos caminando hacia la salida; llevaba una gran sonrisa, las lágrimas brotaban de mis ojos y no las podía retener. Las personas me observaban un tanto extrañados, pero  no me importaba, la emoción era más grande que yo. Y cuando salimos al parqueadero y estuvimos solos abracé a mi esposo y lloré como una niña; él me abrazó y me dijo muy contento que Elena había llegado, que ahora tenía dos princesas en su casa y que se sentía muy feliz. Yo no podía contener mis lágrimas, la emoción me llenó hasta los huesos, no lo podía creer, mi instinto de madre me había fallado pero no me importaba. Es mi princesa, mi nena, mi muñeca, mi niña… esa que tanto soñé, esa que tanto imaginé, ya tenía su nombre claro, ya había empezado a amarla sin saber que había llegado… Dios me la regaló y yo todavía no me lo puedo creer. 

 

Un nombre para el bebé

“Durante mi embarazo no podía sacarme de la cabeza la canción de Lady Gaga ‘Alejandro’ y ese fue el nombre que elegimos.”
Claudia.

“Desde niña soñaba con una hija y quería ponerle Valeria, cuando supimos que era una niña, le dije el nombre a mi esposo y estuvo encantado.”
Laura.

“Hasta hace poco lo decidimos con mi esposo y cuando lo anunciamos todos empezaron a preguntar: ‘¿Por qué ese nombre? Así se llama yo no sé quién, o ahhhh eso es por el Tio tal…’ Nosotros tenemos nuestras razones propias que solo nos interesan a nosotros y ya.”
Paola

“Cuando anunciamos el nombre de nuestro hijo primera expresión fue ‘Qué horror! Qué nombre tan feo! Yo no le voy a llamar así’  Yo sólo me contuve a decirles ‘pues a nosotros si’. La gente tiene la mala costumbre de opinar sin respetar que la decisión es exclusivamente de los papás.”
Angela.

El milagro de la vida. La felicidad que trae un nuevo miembro para la familia. Un cambio total a la vida de sus padres. Abuelos ansiosos y expectantes, llenos de amor y con los brazos abiertos para recibir al bebé. Tíos felices porque van a poder tener un bebé sin tener que encargarse de la parte más difícil… Todo es paz, armonía y felicidad hasta que no hay un acuerdo en el nombre que le van a poner al nuevo bebé.

En lo que todos los papás nos ponemos de acuerdo es que la decisión es única y exclusivamente nuestra y que el nombre que hayamos decidido tiene un significado importante y muy valioso para nosotros. Eso debería ser suficiente para que todos respeten y no den opiniones que no hemos pedido pero, ya sabemos que siempre estará el inconforme que no es capaz de reservarse su opinión.

Nosotros estamos a las puertas de descubrir si estamos esperando niño o niña, los nombres ya los tenemos claros (si son detallistas, podrían identificarlos en la imagen de cabecera) sólo estamos esperando saber para empezarle a llamar por su  nombre y también para empezar comprarle cositas. Así es, aún no hemos comprado nada, ya uno con el segundo hijo sabe cuál es el momento apropiado para comprar, y una de las condiciones más importantes cuando es el segundo es saber el sexo, para ver cuáles cosas podremos reutilizar y cuáles no.

El tema es claro: eligen los papás. Pero si los papás están un poco indecisos -y en plenas conversaciones antes de tomar una decisión- aprovecharé nuestra experiencia reciente en ese debate/discusión; aquí les dejo algunas recomendaciones importantes para decidir el nombre de su hij@.

Tengan en cuenta sus apellidos.
Si sus apellido son bastante criollitos mezclados con indígena y un poco de español, entonces procuren un nombre parecido. Hay personas que no tienen problemas con poner un nombre extranjero con un apellido local y siguiendo la idea de este post, si a ellos les gusta está más que bien. Sin embargo, a los que somos más del español, les recomiendo utilizar nombres consecuentes con un López, Cantillo, Castro, Nieto, Mendoza, Cuello y semejantes.

¿Único nombre o con segundo nombre?
Este es un tema un poco borrascoso para mí, puesto que mi esposo es inamovible con el tema de único nombre. A mi me parece que hay nombres que se merecen un segundo, pero si no hay acuerdo y es niño, él tendrá la última palabra -claramente, si es niña, la tendré yo. En cualquier caso, de acuerdo a sus propias experiencias y opiniones, podrán determinar si quieren o no poner un segundo nombre a su bebé.

Conocer el significado del nombre.
Porque si, hay nombre que tienen unos significados muy feos y estoy segura que ninguno de ustedes querrá esas características en uno de sus descendientes. Hay muchos portales en internet sobre el significado de los nombres, así que no hay excusa para decir en unos años que no tenían idea que el nombre de su hija significa -según la Real Academia Española- ‘excremento humano’.

Sean originales.
Si bien hay nombres que se ponen de moda y que nos ahorran el trabajo de algunas neuronas al pensar en un nombre, es muy aburrido y algo abrumador que estés en un parque y grites el  nombre de tu hijo y más de 10 niños te respondan. Yo confieso que si me da mucha impresión cuando encuentro otros niños que se llaman Elías en la calle, yo pensé que era bicho raro por poner ese nombre, pero resulta que hay más bichos raros como yo por el mundo nombrando a sus hijos.

Permite que tu hij@ se pueda enorgullecer de su nombre con el paso de los años.
¿Cuántos amigos de facebook tienes que no se ponen su primer sino su segundo nombre en su perfil? Tengo varios. Pero es que si te llamas Mikaleidys Vanessa López Martínez, te sentirás mejor -y menos avergonzada- llamándote Vanessa López en tus redes sociales. Por favor padres, no pongan nombres que afanen más a sus hijos de cumplir los 18 para ir a una notaría a cambiárselos.