El ciclo de la vergüenza

Estamos en la plaza de comidas del centro comercial. Todas las mesas están llenas y nuestro pedido a punto de salir. Mi mamá se acerca a una mesa cuyos comensales tienen pinta de estar terminando de comer y sin vergüenza alguna les pregunta “Ya están terminando? ¿Podemos tomar su mesa?” . Los cuestionados, algunos de ellos notablemente incómodos, contestan con un cortés “Si, señora. Ya la desocupamos.”  Y -aún- no contenta con la respuesta, mi mamá se queda muy cerca esperando y mirando hasta que los comensales se levantan; no bien terminan de recoger y mi mamá ya está sentada en la silla. Ya para ese momento llevo un ratito separada de ella intentando no ser identificada como su hija.

Vamos entrado a cualquier restaurante  y  en una de las primeras mesas hay unos platos bien atractivos. Mientras que todos los demás seguimos caminando hacia la nuestra, mi mamá se queda al lado de esa mesa, llama a un mesero y señalando con el dedo le pregunta al mesero el nombre del plato y le dice que le de uno igual. Nosotros al final del pasillo y ya sentados con el menú en la mano, le agradecemos a Dios que la dejamos sola para que no vieran que venía con nosotros.

El diccionario de la Real Academia Española define como ciclo “Conjunto de una serie de fenómenos u operaciones que se repiten ordenadamente”. ¿Qué es entonces el ciclo de la vergüenza? Pues siguiendo la misma idea de la definición general, el ciclo de la vergüenza es el conjunto de fenómenos humillantes e incómodos que vivimos durante nuestra vida y que se repiten ordenadamente, una y otra vez. Sólo hay dos diferencias de acuerdo a cada etapa del ciclo: el que la causa y el que la sufre.

¿Cómo así? Simple. Los primeros años de nuestra vida somos culpables y completamente desconocedores del término, a mediados somos las víctimas humilladas y en la etapa postmadura somos causa y víctima sin que nos importe menos.

el ciclo de la verguenza

Estando Elías, mi mamá y yo en un parque de un centro comercial y -como cosa rara- dejé la tarjeta en el carro. En situaciones así aún puedo sacar provecho del hecho que Elías aún no sabe si la máquina  está o no funcionando de acuerdo a su control. Pero es cuando ve el tren que empieza a pedirlo con insistencia, el tren no lo puedo simular, trato de distraerlo y cuando menos lo espero, se me desliza por los brazos y lo veo montado en el tren pidiéndome que pase la tarjeta. Para mi sorpresa, no está solo y hay una niña en la otra silla, yo miro al papá y le digo: “Ay que pena! Yo no traje la tarjeta hoy! Elías, hijo, bájate por favor.” Elías me pone cara de pechiche y el señor -condolido por la situación- me dice “No te preocupes, nosotros invitamos el paseo.” Yo, con mi cara de pena, agradecí al papá de la niña y me senté a esperar mientras Elías iba feliz en su vuelta “Mamá! Mamá! El teeeeeeeeeeeeeen!!”

La misma escena se repitió en tres máquinas más, pero -para mi fortuna- con protagonistas diferentes. Mientras esperaba, este post se me vino a la cabeza. ¿Y cuáles son las etapas del ciclo de la vergüenza?

1a – Los primeros años: de 0 a 8 años.
Mi hijo desconoce la pena, la vergüenza y el oso. Él vive todos sus momentos admirablemente deshinibido y sin importarle lo que puedan decir las demás personas. Creo que es durante esta etapa de la vida cuando más libres somos. A él no le importan las miradas de reproche de las personas cuando nos hace un berrinche en la calle, mucho menos los comentarios de esos ignorantes sin hijos que creen que toda pataleta se soluciona con una cachetada. Él no tiene problema con negarle un abrazo o un beso a alguien si no tiene ganas de hacerlo. Siente plena libertad de correr y gritar en un parque cuando está feliz, baila cuando quiere bailar (no importa si estamos en pleno supermercado), se ríe a carcajadas sin pena y no saluda si no quiere. No le ve inconveniente a ir sonando estridentemente sus nuevos platillos por todos los pasillos del centro comercial… ¡Qué dicha poder sentir esa libertad!

2a-Años maduros: de 16 a 50 y tantos.
Justamente la edad en la que me encuentro hoy. A mi me da pena todo. Me da pena pedir favores, me da pena preguntar cosas a personas extrañas. Me da pena pedir la mesa de alguien que evidentemente está por terminar.  Antes incluso me daba pena decirle a la vendedora que la camisa que me buscó no me gusta nada. Poco a poco he ido superando esa pena y me he convertido en una persona que siente facilidad de mostrar descontento a extraños. Sin  embargo, el entrenamiento intensivo de mi hijo era algo que no me esperaba en lo absoluto. Supongo que en un años seré una versión parecida a mi mamá y Elías será entonces quien se apene de lo que haga en público.

3a- Adulto mayor: De 60 en adelante.
“Ya ves por qué a mi no me da pena nada? Ustedes -refiriéndose a mi hermano y a mi- me entrenaron muy bien. Ahora tu estás viviendo lo mismo.”
Tengo la plena certeza de que fue mi mamá quien más disfrutó ese momento. Su cara de satisfacción cuando me  dijo esta frase no tiene precio ¡Ella tuvo que vivir esos momentos cientos de veces multiplicadas por dos! Por supuesto que a largo plazo eso causa que uno pierda la vergüenza y actúe sin  importar lo que diga la gente. Mi mamá ya vive deshinibida, le importa un pepino si a alguien le incomoda que se le siente al lado mesa, no le importa que a alguien le pueda molestar lo extrovertido y sociable que es Elías y mucho menos le importa mi mirada reprobatoria cuando se queda mirando un plato y le pide al mesero que le de uno igual.

¿En cuál etapa te encuentras tú?

 

 

 

Mi panza NO es espacio público

Iba subiendo las escaleras de la oficina y me encontré con una señora con quien me cruzo casualmente al caminar por los pasillos, siempre nos saludamos muy cordiales pero no es alguien a quien conozca ni a quien le tenga la más mínima confianza. Ayer me preguntó cómo iba la panza, que cuántos meses tenía y hablamos un minuto de ello; al despedirse, es impulsada por una fuerza desconocida para mí, no resistió la necesidad de tocarme mi panza y sonreír. ¿Y a ella quién le dijo que podía tocarla? ¿Por qué no me pregunta antes? Yo de manera instintiva tiendo a separarme para que ninguna mano desconocida toque la panza de mi Elena, pero tengo que reconocer que hay manos rápidas que alcanzar a rozarme y no les puedo explicar lo molesto que es.

No existe derecho constitucional, ni ley, ni decreto, ni resolución, ni código de policía ni nada por encima mío que autorice a alguien a tocar mi barriga sin mi consentimiento. He estado pensando, si me cerco la panza con alambre de púas o con un cerramiento eléctrico, ¿los extraños entenderían el mensaje? Siendo completamente honesta, la única forma que me sienta cómoda cuando alguien me toca la panza es cuando la tocan personas a quienes les permito “invadir” mi espacio personal de manera deliberada y por más de 3 segundos sin apartarme, lista encabezada por quien puso al bebé allí en primer lugar. Si, es un conjunto bien reducido de gente, la mayoría de las veces me toca sonreír por educación, fingir que me siento muy cómoda mientras alguien que no está en ese grupo le habla “achí” a mi barriga y luego orar a Diosito por si acaso algún mal deseo, una nunca sabe.

Soy plenamente consciente que muchas personas lo hacen con la mejor de las intenciones y que una mujer embarazada les inspira una ternura a la que no se pueden resistir, pero si me conocen por más de un año o llevan leyéndome unos cinco artículos ya saben que soy psicorígida con mi espacio, así que no debe extrañarles que no me gusta que me toquen, en general, ni estando embarazada ni sin estarlo, no me gusta. Mi hijo salió igual y mucha gente lo acusa de grosero, claro que después de decir eso se tienen que aguantar mi mirada inquisidora y una frase como “El tiene derecho a que le respeten su espacio personal, no lo toque. Fin.”

Entonces, voy a exponer todos mis argumentos para reservarme el derecho de admisión a tocar mi panza. Sé que muchas mamás panza se sentirán identificadas con algunos de ellos, y otras podrán añadir los suyos.

Si te acabo de conocer, no toques mi panza.
Entonces vas caminando en un centro comercial, tu esposo saluda a alguien y te presenta. “Ayyy tan linda tu pancita, ¿y qué es? ¡¿Niña?! ¡Ay que belleza! Con razón la panza está…” y ves esa mano inescrupulosa viniendo al acecho de tu panza. Solución: moverte discretamente y quitar el objetivo de la intrusa para no sentir unas manos extrañas sobre tu piel. No les puedo explicar el mal genio que me empieza cuando eso pasa, mi esposo sólo me mira y después me tranquiliza para que se me pase.

Si apenas se tu nombre, no toques mi panza.
Ok. Ya te conocí, pero no tengo idea de quién eres, ni de donde vives, ni se nada de historia. Apenas sabes mi nombre, es posible que sepas el nombre de mis hijos,  seguramente sabes ¿Por qué sientes que puedes tocarme?

Si yo no te toco, no toques mi panza.
Así como pido respeto, también lo doy. Yo no acostumbro a invadir el espacio personal de la gente que no conozco, tampoco los toco sin su consentimiento, tampoco creo que el estar embarazada me de el derecho de hacerlo; por lo tanto, tampoco los demás lo tienen sobre la mía.

Solo porque estoy embarazada, no quiere decir que me puedes tocar.
En serio, ¿qué rayos piensa esa gente? ¿Acaso tengo un letrero que dice que pueden tocarme a su antojo? ¿Acaso pierdo mi derecho a la intimidad cuando estoy embarazada? Esto también aplica cuando uno está amamantando y todos piensan que pueden verte mientras lo haces. Al parecer las mujeres que están en gestación o recién han tenido su bebé pierden todo derecho a espacio íntimo y la razón es desconocida para mi.

Yo no soy Buda, no me toques la panza.
Mi bebé no es un tipo de dios que cumple deseos al ser tocado. Tampoco yo tengo poderes mágicos por estar embarazada. No se te va a cumplir ningún deseo si frotas mi pancita. Tampoco vas a estimular a mi hija a que patee para que la puedas sentir, de hecho, ella se queda más quieta cuando alguien me toca, estoy segura que puede sentir mi incomodidad y ante eso se queda quieta. ¿Cuántas veces no les pasa que el bebé se mueve y le dicen a alguien que toque para que sienta y entonces se queda quieto? Yo estoy segura que es un mensaje de parte de ellos que ya saben quién quiere que los toque y quien no.

Si ves que me toco la panza al mismo tiempo que tu, no la sigas tocando.
A falta del coraje que implica el tener que decir directamente “no toques mi panza”, muchas embarazadas optamos por usar barreras de protección. ¿En qué consisten? Pueden ser muchas cosas: nuestras propias manos, la cartera, una bolsa grande, sentarte en un lugar alejada, taparte con la mesa si estás comiendo, etc. Un sin número de defensas que hemos tenido que idearnos para sobrellevar a las intenciones imprudentes de tantas personas que desconocen lo que es el espacio personal.

¿Les has pasado? ¿O soy la única que ha tenido que sufrir estos pesares? Y si eres uno de los que toca sin pensarlo, reflexiona.

Un nombre para el bebé

“Durante mi embarazo no podía sacarme de la cabeza la canción de Lady Gaga ‘Alejandro’ y ese fue el nombre que elegimos.”
Claudia.

“Desde niña soñaba con una hija y quería ponerle Valeria, cuando supimos que era una niña, le dije el nombre a mi esposo y estuvo encantado.”
Laura.

“Hasta hace poco lo decidimos con mi esposo y cuando lo anunciamos todos empezaron a preguntar: ‘¿Por qué ese nombre? Así se llama yo no sé quién, o ahhhh eso es por el Tio tal…’ Nosotros tenemos nuestras razones propias que solo nos interesan a nosotros y ya.”
Paola

“Cuando anunciamos el nombre de nuestro hijo primera expresión fue ‘Qué horror! Qué nombre tan feo! Yo no le voy a llamar así’  Yo sólo me contuve a decirles ‘pues a nosotros si’. La gente tiene la mala costumbre de opinar sin respetar que la decisión es exclusivamente de los papás.”
Angela.

El milagro de la vida. La felicidad que trae un nuevo miembro para la familia. Un cambio total a la vida de sus padres. Abuelos ansiosos y expectantes, llenos de amor y con los brazos abiertos para recibir al bebé. Tíos felices porque van a poder tener un bebé sin tener que encargarse de la parte más difícil… Todo es paz, armonía y felicidad hasta que no hay un acuerdo en el nombre que le van a poner al nuevo bebé.

En lo que todos los papás nos ponemos de acuerdo es que la decisión es única y exclusivamente nuestra y que el nombre que hayamos decidido tiene un significado importante y muy valioso para nosotros. Eso debería ser suficiente para que todos respeten y no den opiniones que no hemos pedido pero, ya sabemos que siempre estará el inconforme que no es capaz de reservarse su opinión.

Nosotros estamos a las puertas de descubrir si estamos esperando niño o niña, los nombres ya los tenemos claros (si son detallistas, podrían identificarlos en la imagen de cabecera) sólo estamos esperando saber para empezarle a llamar por su  nombre y también para empezar comprarle cositas. Así es, aún no hemos comprado nada, ya uno con el segundo hijo sabe cuál es el momento apropiado para comprar, y una de las condiciones más importantes cuando es el segundo es saber el sexo, para ver cuáles cosas podremos reutilizar y cuáles no.

El tema es claro: eligen los papás. Pero si los papás están un poco indecisos -y en plenas conversaciones antes de tomar una decisión- aprovecharé nuestra experiencia reciente en ese debate/discusión; aquí les dejo algunas recomendaciones importantes para decidir el nombre de su hij@.

Tengan en cuenta sus apellidos.
Si sus apellido son bastante criollitos mezclados con indígena y un poco de español, entonces procuren un nombre parecido. Hay personas que no tienen problemas con poner un nombre extranjero con un apellido local y siguiendo la idea de este post, si a ellos les gusta está más que bien. Sin embargo, a los que somos más del español, les recomiendo utilizar nombres consecuentes con un López, Cantillo, Castro, Nieto, Mendoza, Cuello y semejantes.

¿Único nombre o con segundo nombre?
Este es un tema un poco borrascoso para mí, puesto que mi esposo es inamovible con el tema de único nombre. A mi me parece que hay nombres que se merecen un segundo, pero si no hay acuerdo y es niño, él tendrá la última palabra -claramente, si es niña, la tendré yo. En cualquier caso, de acuerdo a sus propias experiencias y opiniones, podrán determinar si quieren o no poner un segundo nombre a su bebé.

Conocer el significado del nombre.
Porque si, hay nombre que tienen unos significados muy feos y estoy segura que ninguno de ustedes querrá esas características en uno de sus descendientes. Hay muchos portales en internet sobre el significado de los nombres, así que no hay excusa para decir en unos años que no tenían idea que el nombre de su hija significa -según la Real Academia Española- ‘excremento humano’.

Sean originales.
Si bien hay nombres que se ponen de moda y que nos ahorran el trabajo de algunas neuronas al pensar en un nombre, es muy aburrido y algo abrumador que estés en un parque y grites el  nombre de tu hijo y más de 10 niños te respondan. Yo confieso que si me da mucha impresión cuando encuentro otros niños que se llaman Elías en la calle, yo pensé que era bicho raro por poner ese nombre, pero resulta que hay más bichos raros como yo por el mundo nombrando a sus hijos.

Permite que tu hij@ se pueda enorgullecer de su nombre con el paso de los años.
¿Cuántos amigos de facebook tienes que no se ponen su primer sino su segundo nombre en su perfil? Tengo varios. Pero es que si te llamas Mikaleidys Vanessa López Martínez, te sentirás mejor -y menos avergonzada- llamándote Vanessa López en tus redes sociales. Por favor padres, no pongan nombres que afanen más a sus hijos de cumplir los 18 para ir a una notaría a cambiárselos.

 

 

Presente con “P” de Papá

“Hola mamita, buenos días, la entrada es por el otro lado.”

Nos dijo la señora muy amablemente para indicarnos que estábamos en el lado equivocado del lugar. Y como en todos los colegios, centros de estimulación temprana o instituciones relacionadas con formación infantil, uno pierde el nombre y pasa a llamarse  Mamita o Papito.

Mi esposo se quejó y me dijo:

¿Y por qué no me menciona a mí? “Papito, buenos días, la entrada es por el otro lado” Papito también está aquí.

Mi esposo en su descontento expuso una realidad que tienen que vivir todos los papás (mejor dicho, aquellos que realmente se involucran en la crianza de sus hijos): nadie nos lo nota. La maternidad sigue amarrada a esa visión de madre sufrida y que le toca hacer todo sola así tenga marido. El marido se reduce a un ente sentado en un sofá viendo televisión mientras que la esposa se encarga de todo en la casa. La esposa a la que le toca todo, la que trabajan en una empresa de 8am a 6pm pero aún así debe continuar con la carga de la casa; algo así como mi mamá es otros tiempos. En La nueva paternidad  hablamos de esa hermosa generación de padres empoderados, para quienes la crianza de sus hijos se ha vuelto en el rol más bello de su vida y a pesar que son muchos -y siguen aumentando- la sociedad parece no darse cuenta de sus sacrificios y no les da la importancia que de verdad se merecen.

Cuando hablamos de crianza este mundo es realmente feminista. Los papás son muy ignorados: por ginecólogos, por pediatras, por profesores, por los amigos de los hijos, por las abuelas… casi que parece un complot en su contra. Desde el embarazo, todo gira en torno a la nueva mamá: la pancita, los antojos, el cambio de su cuerpo, sus cambios de humor, sus dolores, el movimiento del bebé, el crecimiento uterino, la -bendita- última fecha de menstruación, la hipersensibilidad a cualquier cosa animada y/o inerte, a las pataditas en la panza, a la forma de la panza, que si siente que es niño, que si siente que es niña…etc. ¿Y el papá qué? ¿Acaso no cuenta? Ellos también se asustan, se desvelan pensando en lo que viene, tienen millones de preguntas, siguen paso a paso el embarazo de sus mujeres, las cuidan, las protegen, complacen sus antojos, se aguantas sus cambios de humor, se resignan a estar más tiempo solos porque su mujer no para de dormir… definitivamente merecen más atención y reconocimiento.

Hace unos 10-15 años aproximadamente nadie se quejaba porque no había cambiador de bebés en el baño de los hombres, porque esa era función exclusiva de la mujer. Tampoco era común ver a un papá con una pañalera rosa de flores, corazones y mariposas cargando en el hombre por toda la calle sin el mínimo atisvo de verguenza. El papel tradicional del padre se limitaba a ser el proveedor y la disciplina en la casa.

Y es que ¿qué sería de mí sin mi compañero de vida alias“papito”  en este post? Pues nada, absolutamente nada. Él siempre será mi mejor complemento y mi pareja perfecta. Jamás me imaginé lo sexy que se vería jugando con Elías en el parque, es sencillamente delicioso contemplarlos.No me quiero imaginar mi vida sin su apoyo y sin su fortaleza, sin que él esté pendiente que no me coma cualquier porquería que se me antoja, me acompañe a las citas mientras me acuestan en la humillante silla de revisión de la doctora, sin que haga los videos del bebé, sin que me cubra cuando no doy más y juegue con Elías, sin que sea él quien cargue a Elías cuando se pone intenso y nadie lo aguanta. ¿Para qué entrar en detalles? Ese hombre se bandea todo, sin quejarse, sin gritarme  y siendo lo más dulce de este mundo. En esta aventura de la maternidad, él es el único responsable de que yo siga cuerda (o algo así).

Mientras una Alicia adolorida se quedaba sentada en la banquita del parque, un Jesús juega y salta al lado de un feliz Elías que llega de tanto en tanto donde mamá a dejarle un beso en la pancita. Otro papá cercano columpia a su niña pequeña mientras le canta una canción. Y otro un poco más lejano levanta a su hijo y le da un beso que se escucha a dos cuadras a la redonda. Si eso hubiera pasado durante mi infancia, un grupo de papás -comandados por el mío- se armaban de antorchas y salían a cazar a cuanto hereje osaba acabar con la hombría característica del macho alfa de la casa.

Ser un papá presente no es solo que estés ahí físicamente, implica necesariamente que dediques tiempo de calidad a tus hijos. Y que así como mamá, hagas sacrificios más allá de acompañarla durante veinte de los sesenta minutos que demora la toma nocturna. Deberías disfrutar cada etapa de tus hijos, cada una -por dura que sea- trae experiencias hermosas y enriquecedoras que si aprovechas ahora, verás resultados muy positivos en el futuro. Verás a tus hijos convertirse en personas de bien, seguros de si mismos, completos, exitosos y sobre todo en personas que saben y no temen expresarse, cosa que les abrirá infinitos caminos en la vida.

¿No tienes idea de cómo empezar? Aquí te dejo un regalito:
1. Saca tiempo para tu familia. Sin afanes, sin celular, sin televisor.
2. Educa con tu ejemplo. ¿Quieres que tu hijo sea una buena persona? Empieza por serlo tu mismo.
3. Ama y respeta a tu esposa. Si tienes un varón, le enseñarás a valorar a las mujeres. Si tienes una niña, le darás altos estándares al buscar esposo.
4. Disciplina con amor y respeto. Sin olvidar resaltar algo bueno cada vez que lo hagas.
5. Crea memorias y luego compártelas con ellos. Los momentos pasan muy rápido, pero los recuerdos no se borran nunca.

Un padre es el primer superhéroe de un hijo y el primer amor de una hija.

Y el segundo, ¿pa’ cuándo?

Si estás soltera, “¿Y el novio pa’ cuándo?”
Si estás de novia, “¿Y el matri pa’ cuándo?”
Si estás casada, “¿Y el bebé pa’ cuándo?”
Cuando tu primer bebé tiene dos horas de nacido, “¿Y el segundo pa’ cuándo?”
Si tienes dos varones, “¿Y la niña pa’ cuándo?”
Si tienes dos niñas, “¿Y el niño pa’ cuándo?”

El punto es que la gente pregunta lo que no debe, se mete en lo que no le importa, vive inconforme con tu vida y a ti no te debe importar menos. Tu proyecto de vida es tuyo y no tienes porqué andar repartiendo explicaciones de lo que haces y de lo que no a todo el mundo. Ya tu sabes a quiénes le importas de verdad y sólo a ellos vas a querer compartirles tus cosas y darles, de vez en cuando, una explicación.

Casi todos los papás hemos tenido esos incómodos momentos en los que uno no sabe qué responder para no ofender al chismoso. Pero ya hablando en serio, cuándo es el momento ideal de encargar hermanito? Más de una pareja en este momento debe preguntarse lo mismo, nosotros hemos tenido varias etapas, desde “cómo carajos decidí ser padre?” Hasta “Awww ya Elías está grande, vamos a hacer otro bebé.”

El punto es que la gente pregunta lo que no debe, se mete en lo que no le importa, pareciera que estuviera inconforme con nuestras vida, ¡Y a nosotros no debería importarnos menos! Nuestro proyecto de vida es nuestro y no tenemos que andar repartiendo explicaciones de lo que hacemos y de lo que no a todo el mundo. A estas alturas ya sabemos a quiénes le importamos de verdad y sólo a ellos le compartirnos nuestras cosas y les damos, muy de vez en cuando, una explicación. Casi todos hemos tenido esos incómodos momentos en los que uno no sabe qué responder para no ofender al chismoso, a veces nos limitamos a dar una sonrisa que no parezca tan hipócrita y guardamos silencio.

Pero… hablando de la segunda paternidad, ¿cuándo es el momento ideal de encargar hermanito? Acaso hay alguna señal que nos indica que ya estamos listos? ¿Acaso vamos a dejar de sentir miedo algún día? ¿O será que todos encargan A PESAR del miedo? La respuesta de esas preguntas las tenemos nosotros mismos, sino que nos da aún más temor encontrarlas. Nadie puede decirte cuándo es el momento indicado, tú y yu pareja son los únicos responsables de eso. Nosotros hemos tenido varias etapas: desde “cómo carajos decidí ser padre?” Hasta “Awww ya Elías está grande, vamos a hacer otro bebé.”

¡¿Otro bebé?! Hay quienes piensan que un hijo único no es problema alguno y que jamás va a sentir la ausencia de un hermanito. Los que tenemos hermanos incluso podríamos pensar que estamos haciéndoles un favor. Pero ¿quién tiene la última palabra? En realidad, como casi todas las decisiones transcendentales de la vida, son decisiones personales y/o de familia.

Pero si ya la tienes clara y sabes que quieres al menos dos hijos, por aquí te voy a dejar algunas señales que ya están listos para encargarlo:

1. Están estables económicamente.
Cualquiera puede saber – o al menos imaginarse- que un hijo es una gran inversión, y no sólo de tiempo sino de dinero. Con el segundo hijo ya tienes un estimado más real de todos los gastos que se vienen: desde los costosos complementos prenatales, exámenes médicos, el parto, los pañales, etc. hasta la universidad. Es muy buena idea ir haciendo el almacén de pañales, cremas antipañalitis y pañitos desde muy temprano.

2. Has perdido el peso del primer  embarazo.
Si ya es difícil bajar el peso de UN embarazo, aún debe ser más difícil bajarlo de dos. El cuerpo ya ha sufrido bastantes cambios durante tu primer hijo, tu piel no es la misma que la primera vez, tus músculos ya se han estirado bastante. Por lo que es muy recomendable esperar recuperarte de tu primer embarazo antes de quedar otra vez.

3. Has podido recuperar tu relación de pareja después del caos de los primeros meses.
Ya sabemos que es muy difícil volver a ser la pareja que eran antes de ser papás, pero si han podido recuperar su intimidad, tienen tiempo para estar solos y disfrutarse, han podido escaparse durante más de un día y sienten que a pesar de todo siguen siendo esos novios que casaron hace unos años; es un momento bueno para encargar. No lo hagan mientras aún viven en el caos, pues será muchísimo más difícil y agotador.

4. Tu primer hijo ya duerme toda la noche.
El descanso es muy importante, lo mejor es que ya puedas hacerlo tranquilamente y que tu hijo mayor tenga una rutina ordenada de su día. Será muy duro volver a empezar las trasnochadas pero al menos no serán dobles.

5. Tu primer hijo ya tiene más de dos años.
Este es un punto muy personal y de decisión de cada familia. Para mí que se lleven tres años es una buena edad para ayudar al compañerismo entre hermanos y también permite que hayamos podido disfrutar al primero. Sin embargo, habrán muchas familias que piensen que es mucho tiempo y otras que piensen que es muy poquito. Ya esto es mejor dejarlo a decisión personal.

Pero lo que si es regla general, es que un segundo hijo multiplica el amor y nos hará el doble de felices; sin mencionar el doble de estresados, pero todo valdrá la pena. No estoy de acuerdo con dejar a mi hijo como único, ya vendrá el momento de tener su hermanito.

En otro post les comentaré cómo preparar al hijo mayor para la llegada del hermano menor.

 

 

¿Hijos perfectos? ¡Yo los prefiero felices!

A medida que vamos creciendo, también crecen nuestros estándares de lo que nos produce felicidad y lo que no. A un niño, por el contrario, casi cualquier cosa podría hacerlo feliz. Es sorprendente -y al parecer inagotable- el listado de cosas que les levantan el ánimo, les acaban las pataletas y les sacan sonrisas, risas y carcajadas. Desde una caja vacía hasta un puñado de lentejas que pueden usar para contar.

Gracias a esto, las mamás no necesitamos un grado en psicología o en comportamiento humano ni mucho menos expertas en felicidad humana para hacer felices a nuestros niños. Sólo es necesario tener paciencia y ser flexibles para establecer las bases de una vida feliz para tu hijo.

Sin embargo, si podemos aprender algunas nociones básicas para que podamos crear un ambiente propicio para su felicidad, estas son cosas que bien podemos aprender en el camino, o si son ansiosas curiosas -como yo- buscarán un buen documento al respecto.

Los expertos proponen aspectos fundamentales a tener en cuenta, y si lees bien ninguno de ellos incluye niños superdotados, que se porten bien el 100% del tiempo, que caminaron antes de los 10 meses, que reconocen los colores al año de edad, que dijo sus primeras palabras a los 11 meses o que dice todas las capitales de sur américa con apenas tres años de edad. Aquí les van:

1. Aprender a leer las emociones de nuestros niños. 

Los  niños no son difíciles de leer, su felicidad la demuestran con saltos, gritos, risas, ojos iluminados y energía desorbitada. Son los mejores para expresar sus sentimientos. Puede brincar de felicidad porque pudo armar su juguete él solito o llorar desconsolado porque mordió la jirafa inflable y ahora está toda deshecha.

 

También puedes notar su carita de asustado cuando algo le ha producido miedo, cuando sale corriendo buscando refugio en tus brazos, en ese momento dale confianza e indícale que a tu lado se puede sentir seguro. O esa cara de desagradado que pone cuando no le gusta algo, incluso hace señas con la nariz que algo huele mal. El enojo es quizás el más común y frecuente, debes saber que cuando un niño arroja sus juguetes con rabia es porque está sintiendo un nivel de angustia más allá de su tolerancia. Hay que sentarles, hablarles con calma y enseñarles entonces que esa angustia se debe canalizar de otra forma y siempre buscar una solución.

¿Ya sabes cómo tu hijo te expresa que se siente mal? ¿Quizás cuando esta triste o enfermo? El mío tiene una forma muy particular, se acerca a mis piernas y pone su cabecita para que lo acaricie y luego busca que lo cargue y se queda allí quieto un rato. Y es particular porque nunca se está quieto.

 

2. Enséñales buenas (y sanas) costumbres.

  • Una rutina de sueño (con las horas necesarias para su edad)
  • Ejercicio. Esto no hay que pedírselos demasiado, más bien rogarles que se estén quietos un rato.
  • Comer saludable.
  • Enséñale orden. Esa canción “a guardar y recoger, todas las cosas en su lugar” es mi mejor aliada cuando le enseño orden.
  • Permitirles arreglar problemas (de su alcance) solitos. Quizás una pieza de un juguete suelta o alcanzar algo alto para lo que deben estirarse un poco más. Bien dice esa canción de Daniel Tigre: “Trata de arreglarlo tu solo y estarás muy orgulloso”
  • No reacciones inmediatamente a su frustración, deja que viva esa experiencia de aprendizaje. Aprender a lidiar con las inevitables frustraciones de la vida es crítico para la felicidad de tu hijo en el futuro.

3. Enséñale cómo usar y mejorar sus habilidades.

¿Le gusta apilar bloques, tocar instrumentos y/o hacer dibujos? ¡Excelente! Incentiva esa actividad y deja que crezca a su ritmo.

Hallowell* dice que “las personas felices son a menudo aquellas que dominan una habilidad” Practicar una habilidad exige disciplina, paciencia y muchos intentos. Estas cosas le enseñarán a tu hijo de la perseverancia hasta conseguir un objetivo y también del reconocimiento cuando lo consiguen. Además, esto le ayuda a descubrir que tiene control sobre su vida. Y ese sentimiento de control que se experimenta a través de dominar algo es un factor importante que determina la felicidad, incluso en los adultos.

Ellos necesitan seguir sus propios intereses y metas, y al cumplirlas, sienten esa misma satisfacción que tu sientes.

4. Juega con ellos.

¿Qué es lo que realmente hace feliz a tu niño? ¿No lo sabes? Te doy una pista: fue lo primero que vio cuando nació. Sí, eres tú y su papá. Nosotros somos su mejor juguete y lo que ellos más desean disfrutar. Dice Hallowell*: “Relaciónate con ellos, juega con ellos. Si tú te estás divirtiendo con ellos, ellos se están divirtiendo. Si creas lo que llamo una ‘niñez conectada´, darás el mejor paso para garantizar que tu hijo será feliz”.

¿Necesitan alguna razón más? ¡Vamos a jugar! Y no tiene que ser un juego muy elaborado ni avanzado. Mi hijo me entrega uno de sus carritos, él se queda con otro y los rodamos por toda la casa. El nivel de risas en ese momento podría dar energía a todo mi conjunto por un mes completo (Referencia: Monsters Inc.)

 

5. Está bien sentirse triste a veces.

Si lo regañas, y se va a hacer pucheros o rabietas, déjalo lidiar con ello. Cuando se calme, le hablarás con calma y le ayudarás a entender qué hizo mal y cómo debe evitarlo. Mientras esté enojado/triste no lo obligues a hacer cosas que no quiere. Ellos  necesitan aprender que ese sentimiento es natural y normal, es parte de nuestras vidas. Evitarles la tristeza no los hará felices, los hará más vulnerables y quebradizos ya no puedas controlarlo y no hayan aprendido a lidiar con ella.

Ponle nombres a los sentimientos (incluso si tu hijo no habla mucho): contento, enojado, triste, feliz, etc. Todas las emociones tienen una forma de expresarse, puedes enseñarle imágenes con cada una para que las identifique y se familiarice con ellas.

Dile que si está triste porque se rompió un juguete, puede intentar arreglarlos o jugar con otra cosa. Enséñale de respiración lenta para relajarse o “cantar” una canción que los anime. Hay muchas formas de superar la tristeza, debemos enseñarles.

 

La más importante: Siempre, siempre hazle sentir amado.

El rechazo o el desamor son destructivos, ya vemos muchos adultos dañados por una fea infancia, no repitamos esas historia. Ámalos y hazles sentirse amados, ¿cómo?

  • Haz importantes para ti las cosas que son importantes para él.
  • Crea una rutina de amor y pechiches antes de dormir.
  • Despiértalo con un beso.
  • Cántale canciones tiernas. Incluso desde la panza.
  • Sonríele mucho. Hazle muecas y sé su payaso personal
  • Nunca pierdas el contacto piel con piel. Abrazos largos, masajes, besos, hacer siesta juntos, etc.
  • Dedícale tu tiempo. Y que sea de calidad.
  • Háblale con la verdad y cumple tus promesas. Tendemos a mentirles a los pequeños para calmarlos, es un gran error.
  • No lo compares con nadie.

* Edward Hallowell, psiquiatra y autor de The Childhood Roots of Adult Happiness (Las raíces infantiles de la felicidad adulta)