Del “uso” y el abuso de las nanas | abuso de las nanas

Ya es el final de la jornada laboral de un viernes, ha sido una semana tenaz en el trabajo, has logrado muchos objetivos y otros quedaron pendientes para la siguiente semana; lo que más deseas es llegar a tu casa a descansar. En cuanto llegas, te das cuenta que no quieres estar encerrado y le dices a tu esposa que salgan a comer afuera para darse un respiro de la semana, le pides a la nana que busque la ropa de los niños, los cambie, les cepille los dientes, los peine y los tenga listos en tanto tiempo; además que aliste también ella porque van a salir a comer fuera.

Finalmente llegan al lugar destino, y por supuesto que elegiste un lugar con parque para que ellos -los niños- puedan disfrutar también. Entonces tu hijo te pide con emoción que lo lleves al parque, pero tu estás muy cansado (y tu esposa también) así que le pides a la nana que vaya a vigilarlo. Tu hijo se resigna a irse con ella, pero se quedó con las ganas de enseñarte ese nuevo salto que aprendió y quería escuchar tus felicitaciones por haberlo logrado. La foto de la cabecera habla mejor que yo. Era viernes en la noche en restaurante de un centro comercial, una amiga tomó la foto indignada porque el 99% de las personas al cuidado de los niños de la escena no eran sus padres sino sus nanas. Uno se pregunta ¿Dónde están esos papás?

Recuerdo hace un tiempo en un baby shower, hablando con una amiga -licenciada en educación infantil- que ha trabajado en varios jardines infantiles de la ciudad, hablaba de algunos puntos a resaltar de cada colegio en los que había estado. De repente, nos interrumpió la un niño que estaba aprendiendo a caminar y “chocó” con nosotras, nuestra reacción fue agarrarlo para que no se cayera y detrás de él venía la nana: “Juanitooooo! Cuidado te caes!” Afortunadamente no le pasó nada al niño y ella -la nana- se lo llevó cargado.

Por instinto maternal, seguimos con la mirada a la nana a ver hacia dónde lo llevaba. Se dirigía hacia la mamá del niño que ni cuenta se había dado del episodio. Bueno, so pena de quedar como mamá inquisidora debo confesar que ese día me molestó mucho la actitud de la mamá. Quizás estaba cansada, quizás era una niñera que sólo tenía ese día y la estaba aprovechando, de pronto tenía el pie dislocado porque poco se levantó a cuidar a su recién caminante, o cualquier otra situación especial la llevó a dejar al TOTAL cuidado de la nana su hijo esa noche. Después de ese episodio mi amiga me dice “cada vez que veo algo así, entiendo porque las niñas en el jardín que estoy ahora juegan a ‘la nana’ y no a ‘la mamá’ como lo hacíamos nosotras.” 

No les puedo explicar la tristeza que me causó enterarme de esa realidad y del mensaje tan equivocado que estamos dejando a nuestras niñas. Seguramente cuando ellas sean madres van a copiar esos métodos y sus nietos serán otros niños criados por nanas, aunque mi lado positivo tiene la esperanza que esa completa dejadez de sus mamás las hagan recapacitar y no le hagan vivir lo mismo a sus propios hijos. Esa frase se me ha quedado TAN marcada en mi vida que no puedo evitar observar con recelo a una familia que deja el entero cuidado de sus hijos a las nanas. SI. Sé que es agotador, sé que muchas veces nos queremos dar un respiro, sé que criar hijos es un trabajo fuerte que necesita manos extras, pero una cosa es un respiro y otra la completa entrega del cuidado de nuestros hijos a estas mujeres.

Yo he notado que soy del otro extremo. La nana de mi hijo en realidad hace más de empleada que de nana. Le pido que me ayude con los quehaceres de la casa  y el cuidado de Elías cae en manos de mi esposo y yo, ahorita mismo más en las suyas -por razones de peso adicional en mi panza- pero normalmente es un 50%-50%. El punto es que ella no lo baña, tampoco lo viste, no le da la comida y mucho menos lo dejamos solo con ella cuando queremos salir como pareja un rato, tenemos la bendición de dejarlo con mis papás(lo dejamos ya dormido, claro está). Mi estilo de maternidad es aprendida, viene de crianza, recuerdo que mi mamá también era es muy empoderada de su maternidad y la nana sólo nos atendía si mi mamá no estaba en casa. De resto, era ella quien hacía todo el trabajo “sucio”.

No pretendo ponerme de ejemplo -¡ni más faltaba!- porque creo que como todo en la vida: el cilantro es bueno, pero no tanto. Sí que la ayuda nos vendría bien, pero es muy difícil asimilarlo así de una sola vez, he optado por delegarle tareas un poco más “invasivas” para darle un respiro a mi esposo de vez en cuando. Cosas como que le prepare el uniforme, la merienda, se siente con él a jugar cuando mi esposo no está en casa (porque mi espalda ya no aguanta sentarme en el piso) y otras que no impliquen un contacto tan directo.

Me pregunto de las que me leen, ¿cuál es tu tipo de maternidad? Entiendo que las que trabajamos debemos entregar muchas cosas, pero ¿cómo le hacen cuando llegan a casa?

 

El fenómeno del Niño… de dos años

Yo no sé en qué momento pasó tanto tiempo y el pasado viernes mi hijito cumplió sus dos primeros años de vida. Han sido realmente dos años hermosos y bastante agitados, aunque poco a poco uno va acostumbrándose al nuevo trote;  ojo que acostumbrase no significa que no te canses, sólo que ya te estresas menos y empiezas a saber qué esperarte en la mayoría de las situaciones. Pero -en la maternidad como en la vida misma- cuando empiezas a acostumbrarte a algo, te viene un cambio inesperado. Bien me dijo una amiga el día del cumple de Elías “Bienvenida a los dos años”

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Yo antes de él

Cuando no eres mamá, es imposible imaginarse una vida con hijos. Renunciar a la libertad, perder espontaneidad en tus actividades, restringirte de muchos placeres son cosas realmente impensables. Y al convertirte en mamá, es imposible querer una vida sin ellos. Y te preguntas todos los días cómo hacías para vivir sin ese amor. Continue reading “Yo antes de él”

Amo a un hombre, y no es mi esposo.

Sus ojos grandes y marrones me derriten. Su piel es tan suave y tersa que no me puedo resistir a tocarle. Sus cabellos marrones brillan como el sol al amanecer. Su voz es música a mis oídos y me siento en el cielo cuando me habla. Sus brazos son fuertes y me abrazan con amor puro y desinteresado.  Sus piernas son hermosas. Su fuerza es mucha y sorprende a todos. Su risa es un deleite que alegra el corazón. Su mirada ve lo más interno de mí y me hace sentir hermosa. Su corazón es enorme, su mirada es cálida y su ternura no conoce límites todavía. Soy toda amor cuando estoy con él y daría lo que fuera por nunca separarme de su lado. Es mi amor puro y verdadero, y me llama “mamá”.

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Yo le di la vida y él me cambió la mía.

Ser madre no te cambia mucho, te cambia TODO.

Desde aquel martes 14 de octubre de 2013 mi vida sufrió un cambio total, fue un antes y un después. No fue sino saber que una nueva vida se formaba en mi para que la mía se pusiera patas pa arriba sin derecho a mirar atrás. Una nueva Alicia se formó ese mismo día, una Alicia que ni yo conocía.

Los cambios en la vida de una mujer después de ser madre son innumerables, indescriptibles e intentendibles. Yo trataré de hablarles de algunos de los que me tocaron a mi; esos que hacen parte de mi día a día, de la cotidianidad, de las costumbres que cambian por completo con la llegada de un hijo. Y digo que algunos porque abarcarlos todos implicaría un libro completo, y si me pongo a hablar de los cambios emocionales, me sale saga con precuela y todo.

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Mi hijo ya duerme en su cuarto, ¿y el tuyo?

El afán de andarnos comparando llega a límites impensables. Como si se tratara de una competencia, hay mamás hijuemadres que son capaces de hacerle a uno esa y otras muchas preguntas y comentarios sin la más mínima sensibilidad. A ver, en cuanto a la dormida -como todo en la vida- hay para todos los gustos: el colecho, que duerma en su cuarto desde el primer día, que duerma en su cuarto a los 6 meses, ponerle chupo, la cunita en el cuarto de los padres, una cunita pegada (literalmente) a la cama de los papás o bien, que todos durmamos en la cama del niño para que no se sienta solo.

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