El ciclo de la vergüenza

Estamos en la plaza de comidas del centro comercial. Todas las mesas están llenas y nuestro pedido a punto de salir. Mi mamá se acerca a una mesa cuyos comensales tienen pinta de estar terminando de comer y sin vergüenza alguna les pregunta “Ya están terminando? ¿Podemos tomar su mesa?” . Los cuestionados, algunos de ellos notablemente incómodos, contestan con un cortés “Si, señora. Ya la desocupamos.”  Y -aún- no contenta con la respuesta, mi mamá se queda muy cerca esperando y mirando hasta que los comensales se levantan; no bien terminan de recoger y mi mamá ya está sentada en la silla. Ya para ese momento llevo un ratito separada de ella intentando no ser identificada como su hija.

Vamos entrado a cualquier restaurante  y  en una de las primeras mesas hay unos platos bien atractivos. Mientras que todos los demás seguimos caminando hacia la nuestra, mi mamá se queda al lado de esa mesa, llama a un mesero y señalando con el dedo le pregunta al mesero el nombre del plato y le dice que le de uno igual. Nosotros al final del pasillo y ya sentados con el menú en la mano, le agradecemos a Dios que la dejamos sola para que no vieran que venía con nosotros.

El diccionario de la Real Academia Española define como ciclo “Conjunto de una serie de fenómenos u operaciones que se repiten ordenadamente”. ¿Qué es entonces el ciclo de la vergüenza? Pues siguiendo la misma idea de la definición general, el ciclo de la vergüenza es el conjunto de fenómenos humillantes e incómodos que vivimos durante nuestra vida y que se repiten ordenadamente, una y otra vez. Sólo hay dos diferencias de acuerdo a cada etapa del ciclo: el que la causa y el que la sufre.

¿Cómo así? Simple. Los primeros años de nuestra vida somos culpables y completamente desconocedores del término, a mediados somos las víctimas humilladas y en la etapa postmadura somos causa y víctima sin que nos importe menos.

el ciclo de la verguenza

Estando Elías, mi mamá y yo en un parque de un centro comercial y -como cosa rara- dejé la tarjeta en el carro. En situaciones así aún puedo sacar provecho del hecho que Elías aún no sabe si la máquina  está o no funcionando de acuerdo a su control. Pero es cuando ve el tren que empieza a pedirlo con insistencia, el tren no lo puedo simular, trato de distraerlo y cuando menos lo espero, se me desliza por los brazos y lo veo montado en el tren pidiéndome que pase la tarjeta. Para mi sorpresa, no está solo y hay una niña en la otra silla, yo miro al papá y le digo: “Ay que pena! Yo no traje la tarjeta hoy! Elías, hijo, bájate por favor.” Elías me pone cara de pechiche y el señor -condolido por la situación- me dice “No te preocupes, nosotros invitamos el paseo.” Yo, con mi cara de pena, agradecí al papá de la niña y me senté a esperar mientras Elías iba feliz en su vuelta “Mamá! Mamá! El teeeeeeeeeeeeeen!!”

La misma escena se repitió en tres máquinas más, pero -para mi fortuna- con protagonistas diferentes. Mientras esperaba, este post se me vino a la cabeza. ¿Y cuáles son las etapas del ciclo de la vergüenza?

1a – Los primeros años: de 0 a 8 años.
Mi hijo desconoce la pena, la vergüenza y el oso. Él vive todos sus momentos admirablemente deshinibido y sin importarle lo que puedan decir las demás personas. Creo que es durante esta etapa de la vida cuando más libres somos. A él no le importan las miradas de reproche de las personas cuando nos hace un berrinche en la calle, mucho menos los comentarios de esos ignorantes sin hijos que creen que toda pataleta se soluciona con una cachetada. Él no tiene problema con negarle un abrazo o un beso a alguien si no tiene ganas de hacerlo. Siente plena libertad de correr y gritar en un parque cuando está feliz, baila cuando quiere bailar (no importa si estamos en pleno supermercado), se ríe a carcajadas sin pena y no saluda si no quiere. No le ve inconveniente a ir sonando estridentemente sus nuevos platillos por todos los pasillos del centro comercial… ¡Qué dicha poder sentir esa libertad!

2a-Años maduros: de 16 a 50 y tantos.
Justamente la edad en la que me encuentro hoy. A mi me da pena todo. Me da pena pedir favores, me da pena preguntar cosas a personas extrañas. Me da pena pedir la mesa de alguien que evidentemente está por terminar.  Antes incluso me daba pena decirle a la vendedora que la camisa que me buscó no me gusta nada. Poco a poco he ido superando esa pena y me he convertido en una persona que siente facilidad de mostrar descontento a extraños. Sin  embargo, el entrenamiento intensivo de mi hijo era algo que no me esperaba en lo absoluto. Supongo que en un años seré una versión parecida a mi mamá y Elías será entonces quien se apene de lo que haga en público.

3a- Adulto mayor: De 60 en adelante.
“Ya ves por qué a mi no me da pena nada? Ustedes -refiriéndose a mi hermano y a mi- me entrenaron muy bien. Ahora tu estás viviendo lo mismo.”
Tengo la plena certeza de que fue mi mamá quien más disfrutó ese momento. Su cara de satisfacción cuando me  dijo esta frase no tiene precio ¡Ella tuvo que vivir esos momentos cientos de veces multiplicadas por dos! Por supuesto que a largo plazo eso causa que uno pierda la vergüenza y actúe sin  importar lo que diga la gente. Mi mamá ya vive deshinibida, le importa un pepino si a alguien le incomoda que se le siente al lado mesa, no le importa que a alguien le pueda molestar lo extrovertido y sociable que es Elías y mucho menos le importa mi mirada reprobatoria cuando se queda mirando un plato y le pide al mesero que le de uno igual.

¿En cuál etapa te encuentras tú?

 

 

 

Mi hijo ha pegado a otros niños, ¿qué debo hacer?

Mi hijo a veces pega, a veces hasta pellizca y yo no les puedo explicar la pena que me da cuando esto pasa. Son de esas situaciones de la maternidad de las que uno no se puede salvar, no sabe ni qué cara poner ni mucho menos sabe qué hacer para disculparse con los papás del otro niño. Ni para qué decir lo horrible que se siente ver a un niño llorando, nos parte el alma, y el sentimiento es peor si el motivo es nuestro niño.

Aunque la mayoría de las veces me he encontrado con que los papás del otro niño reaccionan muy tranquilamente y me dicen “no hay problema, es normal, son niños”, también me he encontrado a papás que se llevan a su hijo sin decir una sola palabra, sin escuchar mis disculpas y encima miran feo al mi niño. Y otros personajes, la gran mayoría animadoras/maestras/mujeres jóvenes que manejan niños en cantidades, se lucen y hacen comentarios que generan en mí todo tipo de sentimientos asesinos que me veo obligada a reprimir.

Investigando sobre el tema me he indignado todavía más con todas las razones que dan algunas personas en sus artículos, razones muy parecidas a las de esas mujeres de las que les hablé en el párrafo anterior. Barbaridades como:

– El niño imita lo que ve, seguro ve manifestaciones de violencia en su casa.
– El niño está falto de amor y esa es su forma de expresarlo.
– Seguro que le pegan y por eso el pega a otros niños.
– El niño es violento y hay que llevarlo al psicólogo cuanto antes.
– ¿Es hijo único? Ahhh eso es que le falta un hermanito para que aprenda a compartir la atención.

Entonces me propuse estudiar y aprender a encaminar a mi hijo para que aprenda a dejar esta conducta y que entienda que hay otras maneras de expresarse. Encontré muy buenos consejos, los compartí con mi esposo y con mis papás (que son los cuidadores de mi hijo) y hemos empezado a seguirlos. Me gustaría decir que hemos tenido éxito, pero apenas iniciamos la misión así que aún no hay avances que mencionar, sin embargo, los consejos han sido tan buenos y caí en cuenta que más de una mamita debe estar viviendo lo que yo y quise compartirlos.

Primero se trata de entender porqué lo hace. Encontré una relación muy estrecha entre el hecho que mi hijo aún no habla muy fluido y su motivación a pegar. La mayoría de los adultos expresamos con palabras cuando nos sentimos decepcionados, impotentes o cuando nos sentimos frustrados. Entonces entendí que un golpe o un pellizco puede significar “suelta ese juguete que es mío” o “No grites cerca de mí porque me asusto” o “quítate que no me dejas ver” o “no quiero jugar contigo, ¡permiso!”. Cualquier cosa que le cause una frustración, resulta un motivo para ese comportamient

Al leer entendí muchas cosas y también me tocó reconocer que mi hijo puede ser un niño con una tolerancia a la frustración muy bajita. Y eso también lo puedo notar cuando -por ejemplo-intenta armar un juguete y si no le sale bien, lo tira lejos con rabia. Mi hijo está aprendiendo a que no todo es fácil en la vida y que no todo sale a la primera, y esto  algo difícil de asimilar, ¿cierto? Y si, también tuve que aprender que el hecho que él sea el único centro de atención en su familia, no le ayuda a entender y interiorizar que las demás personas también tienen necesidades y que pueden estar primero que las suyas.

¿Qué hacer entonces cuando pase? Y no, nuestra reacción no es nada fácil de intuir o adivinar. La respuesta puede parecer obvia, pero les aseguro que esa no es la mejor. Primero hay que saber lo que NO debemos hacer.

Pegarle. Creo que la respuesta natural es darle una palmada pero, ¿cómo le enseñas que no pegue si le pegas? Es contradictorio, ¿verdad? Esa no es una opción. No se imaginan mi cara de terror cuando leí en algún lado “pégale de vuelta para que vea que hace daño”  No, definitivamente no.

Castigarlo con un “nos vamos para la casa”. Un niño pequeño no tiene mucha noción del tiempo, para él pueden ser horas de diversión en el columpio mientras que nosotros sabemos que sólo pasaron 10 minutos. No le vas a enseñar nada si te lo llevas a la fuerza.

Gritarle. Otro comportamiento violento, así que no.

Ignorarlo/Reírse/No darle importancia. Nunca, no podemos dejar pasar ni una sola vez. Debemos ser consistentes y corregir cada vez que pase. Muchísimo menos debemos reírnos porque lo tomará a chiste  a gracia, y seguro lo va a repetir. No debemos permitir que un niño pegue sin que sea corregido.

Entonces, ¿Qué es lo que SI podemos hacer?

Asegurarnos que no se han hecho daño. Tanto el niño golpeado como el que golpea se pueden lastimar. Debemos confirmar que estén bien y llevarnos al niño que golpeó lejos del lugar para evitar una repetición.

Serenos pero firmes. Una vez el niño esté solo con nosotros, le hablaremos de forma calmada pero muy firme. Le diremos lo que hizo mal y que no se debe repetir. Siempre mirándole a los ojos para asegurarnos que está prestando atención.

Decirle que enfadarse está bien. Hablarle de sus sentimientos, del enfado, y de cómo lidiar con él. Hay que enseñarles el nombre de los sentimientos, decirles que también nosotros nos enfadamos pero que que no hay que pegar ni hacer daño a nadie.

Dale cariño. Dale un abrazo y déjale sentir que lo amas, que el que los corrijamos no quiere decir lo contrario.

Que repare el daño causado. Los niños pequeños pueden no entender el acto de pedir perdón. Pero si puede tener una atención con el niño afectado: un besito, un abrazo, si tenemos una curita podemos decirle que se la entregue al niño lastimado, ponerle hielo, etc. Cualquier gesto de cariño hacia el otro niño le enseñará a tener en cuenta los sentimientos de los demás.

Siempre hay que tener presente que los niños no son malos, que ellos siguen sus instintos más naturales y que nosotros estamos precisamente para enseñarles a canalizar bien sus energías. Debemos tener presente todas las cosas positivas que los caracterizan y no cegarnos por las negativas. A mi hijo le reconozco que no es el 100% del tiempo que actúa así. Muchas veces ha pasado que estando en un parque, se queda quieto cuando llega a un juego y hay un niño utilizándolo, entonces nos mira y le explicamos que debe esperar que el niño termine, y su reacción es irse a otro juego que esté disponible; y también ha pasado que lleva dos carritos al parque y lo comparte con otro niño para que jueguen juntos. Sin embargo, tengo que llamarle la atención cuando no lo hace porque como papás tenemos el deber de educarles y de enseñarles las cosas correctas e incorrectas.

¿Alguna vez les ha pasado? ¿Cómo reaccionaron? ¿Su hijo lo volvió a hacer?

 

Las 9 cosas que más extrañaré de sus primeros años

Me quedé corta al hablar lo que voy a extrañar de estos primeros años de vida de mi hijo, y no me refiero a cuánto sino a TODO lo que voy a extrañar, es una lista interminable de detalles y de observaciones que son típicas de un bebé y que se van perdiendo con los años. Esas pequeñas cosas que marcan su niñez que quedarán grabadas para siempre en mi corazón, en mi mente y en mi sangre.

No les compartiré la interminable lista, pero si que puedo darles una muestra de nueve:

1. El cómo exige mi presencia en sus actividades. Y entonces me toma de la mano y me lleva a donde está para que lo vea y lo acompañe.

2. La forma como me acaricia la cara, me mira con ojitos tiernos y pronuncia tiernamente “mamá”. Sus ojos abiertos como platos, esa mirada tierna y esa vocecita de pechiche mientras pronuncia mi nombre.

3. Ser su peluche para dormir. Aunque muchas noches me quejo porque mi brazo queda hipersensible de tanta sobadera, sé que extrañaré ser su ayuda para conciliar el sueño. Y extrañaré aún más cuando se despierta dormido, ve que está a nuestro lado y con una cara de alivio se queda dormido enseguida. La seguridad que le transmitimos es inexplicablemente poderosa.

4. Que llore por que nos vamos a otro lugar. No es que me guste que llore, pero esa es su forma de demostrar que nos va a extrañar. Y creo que uno como papá delira cuando sabe que su hijo lo extraña.

5. El “sandwich de Elías”. Papá, Elías y mamá fundidos en un abrazote rompecostilla.

6. La “exigencia” del beso de papás después del abrazo del “sandwich de Elías”. Y entonces el nos toma del rostro y nos acerca para que nos demos un beso.

7. Que nos acompañe a todos lados. Sin pedir opiniones ni preferencias, sólo cargarlo y llevarlo en el carro a donde vayamos.

8. Que me estire sus bracitos para que lo abrace. O para que lo cargue, cuando se quiere comportar con un bebé que no quiere caminar y prefiere mis brazos.

9. La completa dependencia a mi. Alguna vez leí “El trabajo de una madre es enseñarle a su hijo y no necesitarla, y la parte más dura de ese trabajo es aceptar que lo lograste.”

¿Qué cosas extrañan más ustedes?

Y sí que vamos a extrañar ESTOS días

Un día cuando nuestros hijos crezcan y nosotros nos hagamos viejos, vamos a recordar estos días con nostalgia y vamos a querer vivir todos estos momentos que hoy en día nos parecen estresantes. Estaremos seguros que estos son los tiempos en que más los disfrutamos a ellos y nunca aceptaremos en voz alta que la vida era más sencilla en sus primeros años.

Quizás un día mientras estemos mirando por el balcón de aquel hotel la hermosa bahía de mykonos, y mientras nos tomamos un par de cocteles y hablemos de todo y nada, de la vida, de los años, de ese lindo lugar que conocimos el día anterior, de la rumba que nos pegamos la noche pasada, del guayabo que nos no deja salir esa mañana o de la siesta que nos espera después del almuerzo en el Compass, entenderemos que los primeros años de nuestros hijos no fueron tan malos después de todo. Todo será tan tranquilo y sereno que vamos a extrañar el caos propio de esos días, y sentiremos que estamos desperdiciando -¡y de qué manera tan fabulosa!- el tiempo estando tan pasivos.

Casi que no mencionaríamos la decepción que nos causó que Elias y su herman@ (?) no hayan querido ir porque prefirieron estar con sus amigos antes que ir a un aburrido tour por Europa con sus papás. Por más que les insistimos se negaron y nos tuvimos que resignar a ir solos, todos nuestros planes de vacaciones familiares se fueron al suelo. Nunca admitiremos que vamos a extrañar esos tiempos en que sólo era empacar su ropa (y el resto de las cuarenta maletas de un niño) y salir a montarnos en un avión. Así. Sin protestas, sin negaciones y sin opiniones en contra.

El otro día estaba leyendo un artículo que me llegó al alma. Una mamá contaba de su día de playa. Estaba con su esposo y sus dos hijos: el mayor de 2 años y un bebé de 4 meses. El niño de 4 meses estaba ya fastidiado llorando y el de 2 años quería seguir jugando en la playa. El mayorcito reclamaba la atención de su mamá, pero ella estaba amamantado al bebé y no podía jugar. El niño se puso  bastante fastidioso y  señor berrinche apareció. Su esposo estaba bastante irritado y decidieron irse, lo que causó un berrinche aún más grande. Les tocó recoger las toallas, los bloqueadores, la piscina portátil, los juguetes (que cierto niño se negó a llevar), la comida, las pelotas, los teteros, los pañitos, las botellas de agua y todos los parapetos que uno carga cuando es papá. Ella era consciente que estaban escenificando un espectáculo completamente caótico y se dio cuenta que una pareja de ancianos los miraba. Ella miró apenada al anciano, pero quedó aterrada cuando el señor le dijo a su esposa con una voz llena de nostalgia y con una gran sonrisa “Mira, Juanita esos son lo mejores días.”

¡¿MEJORES DÍAS?! ¿Y cómo se atreve a decirlo con nostalgia? Esta mujer estaba desconcertada, esa escena era el mejor ejemplo de una vida caótica y no se imaginaba que alguien pudiera añorar eso . En el camino a casa no dejó de preguntarse por qué esa pareja extrañaba ese caos estando tan tranquilos cada uno leyendo su libro y REALMENTE disfrutando la playa. ¿Por qué desearían ellos estar el mi lugar?

Yo no tengo la respuesta a la pregunta de esta mujer, pero este escrito generó una serie de sentimientos en mí que sé que puedo compartir con cualquier madre y padre que me lea.

Un día de playa normalmente se relaciona con tranquilidad y descanso, e incluso para algunos meditación. Pero la playa con hijos es otra cosa. En realidad son MUCHAS cosas. Significa juegos, ensuciarse hasta las orejas con tierra, hacer castillos, tomar agua con arena, correr bajo el inclemente sol, untar naricitas y caritas con bloqueador cada treinta minutos, poner el grito en el cielo cuando ves una cantidad mortal de arena en la boca de cierto personaje, etc. Nunca, y quiero decir, NUNCA significa descanso. Al menos no para nosotros. Es tanto el desgaste que si vamos a playa, necesariamente tiene que ser un festivo o un sábado, para tener un día de recuperación antes de volver al trabajo.

Y así como ese día de playa, es cada día de la vida con un niño pequeño. Estamos siempre agotados por que la exigencia mental, física y emocional es enorme. Añoramos espacios solos y de descanso para podernos recuperar, pero estos espacios son muy cortos y muy pocos. Y creo que es precisamente eso lo que hace que pasen tan rápido, ya mi hijo casi tiene dos años y medio y yo no me lo terminoAl fin y al cabo, esos tiempos son muy cortos, y antes que nos demos cuenta los niños se hacen independientes: caminan solos, comen solos, van al baño solos y cuando menos lo esperas te dicen que se van a pasar la tarde con un amigo en su casa. Y como por arte de magia recuperamos ese espacio y ese tiempo que tanto aclamábamos necesitar.

 

 

Estamos de acuerdo en que me quedé corta en este tema, pero llevo casi 1000 palabras y no los quiero aburrir. En mi próxima entrega le daré el final que se merece. Esto continuará…

 

 

 

Doce cosas que me hubiera gustado saber antes de ser mamá  | cosas que me hubiera gustado saber antes de ser mamá

Hay muchas cosas que me hubiera gustado saber antes de ser mamá, allí les van.

1. Que los bebés lloran sin razón y no vamos a poder consolarlos.
Algunas la llaman “la hora feliz” o el “happy hour”. A mi me tocó de 6pm a 7pm.

2. Que la expresión “Duerme como un bebé” es un fraude.
Te hace pensar que los bebés duermen larga y pacíficamente, y se despiertan sonrientes a pedirte teta. No es cierto. Quien sea que se la haya inventado no había tenido hijos.

3. Que amamantar no es un instinto que tenemos como mamíferos y que nos va a salir facilito.
No, tenemos que aprenderlo. Y definitivamente no nos va a salir a la primera.

4. Que pedir ayuda no es una opción, es una necesidad.
Y no importa lo mal que te sientas, a mi me cuesta mucho pedir ayuda. Pero no trates de controlar todo, no vas a poder. Céntrate en tu bebé, eso es lo que importa.

5. SAL. DE. LA. CASA.
El encierro enloquece. Tómate unos minutos y sal, mira el cielo, camina por el parque o sal a visitar a alguien. No digo que tardes toda la mañana, pero un tiempito de esparcimiento ¡te cargará las pilas al 100%!

6. Que lo estoy haciendo bien, incluso si no sé lo que hago.
Ya eres mamá, el instinto se ha activado. Sigue tu corazón. A medida que conozcas a tu bebé se irá haciendo más fácil.

7. Que tengo que disfrutar TODO.
Lo bueno, lo bonito, lo feo y lo malo. Esta estapa pasa muy rápido, y después la vas a recordar con mucha alegría (si, con mucha alegría) y te vas a arrepentir de algunos momentos que desaprovechaste. Disfrútalo, en serio.

8. Que me iba a reír. Y mucho.
La vida con un bebé es muy estresante, si. Pero también te ríes mucho, no hay nada más gracioso que su ingenua inocencia y sus ocurrencias.

9. Que su mirada y su abrazo al llegar a casa me iban a quitar todo estrés.
A pesar de estar en uno de esos días fatales, nada te va a poner de mejor humor que una sonrisota sin dientes y unos brazitos que se extienden para que lo cargues.

10. Que la pijamas con botones son obra del demonio.
No hay nada más rápido que una corredera/cremallera/zipper. Prácticas, casi inmediatas y muy fáciles de usar.

11.Que la adaptación es clave.
Nada será como antes, ya resígnate y acostúmbrate a tu nueva vida. Ya verás como todo encaja de nuevo y te irás sintiendo más tranquila, date tiempo.

12. Que con bebés siempre hay que tener “plan b”
Ya están listos para salir y van a tiempo, seguro a tu bebé se le ocurre hacer popó a esa hora. Hay que aprender que ya no tenemos el control, cualquier cosa puede pasar. Aprende a no amargarte e improvisa, se feliz.

¿Y a ti qué te hubiera gustado saber antes de ser mamá?

El fenómeno del Niño… de dos años

Yo no sé en qué momento pasó tanto tiempo y el pasado viernes mi hijito cumplió sus dos primeros años de vida. Han sido realmente dos años hermosos y bastante agitados, aunque poco a poco uno va acostumbrándose al nuevo trote;  ojo que acostumbrase no significa que no te canses, sólo que ya te estresas menos y empiezas a saber qué esperarte en la mayoría de las situaciones. Pero -en la maternidad como en la vida misma- cuando empiezas a acostumbrarte a algo, te viene un cambio inesperado. Bien me dijo una amiga el día del cumple de Elías “Bienvenida a los dos años”

Continue reading “El fenómeno del Niño… de dos años”