Ser madre es maravilloso pero…

Una de las frases que más me ha marcado de GOT (Game of Thrones) es esa que dice “Mi hermano solía decir que todo aquello que se dice antes de un ‘pero’ realmente no cuenta” No es el caso del título de mi post pero me acordé de ella cuando lo escribí; y es que estas son las confesiones más crudas y reales de una mamá que no ha dejado de ser mujer.
Suena muy egoísta pero en realidad no lo es. Llevo tres años de mi vida sin dormir bien, dejando de comerme cosas por dárselas a mi hijo, comiendo frío o de pie o pendiente de las travesuras de Elías. Tres años que nuestras salidas son a sitios infantiles donde la comida no es tan buena y mucho menos variada. En estos años hemos viajado solos en pareja solo en dos ocasiones. Nos hemos acostumbrado a una casa desordenada y llena de juguetes. Y ahorita llevo 4 meses de estrenar bebé, cambiar 25 pañales al día, estar sentada HORAS dando teta, ir al baño con la puerta y consolando a una Elena que llora, durmiendo interrumpido y nunca más de 7 horas, sin contar el encierro que tuve que vivir por más de 2 meses. Hemos tenido que resignarnos a que los muebles se manchen cada semana y a todo el ajetreo que trae criar a un par de hijos que son lo más hermoso que hemos hecho juntos.
Y aquí les van mis confesiones:
Extraño mi libertad. Esa potestad de agarrar las llaves, la cartera y salir en dos segundos. Sin agenda, sin preparaciones, sin buscar quien cuide a los niños, sin afanes y sin preocuparme por ellos mientras lo hago. 
Extraño mi nombre. Ahora, en la gran mayoría de lugares que frecuento ya no me llaman por mi nombre, ahora soy “la mamá de”.
Extraño los sitios de adultos. Si, ya saben que no frecuento muchos sitios de adultos, realmente me hacen falta.
Extraño leer sin interrupciones. Poder leerme un libro de un solo y acostada en mi cama.
Extraño el romanticismo con mi esposo. Lo habíamos recuperado ya después de algunos años, pero ahorita con la bebé es casi imposible. Esas noches de hablar de todo y nada y de reírnos de bobadas como antes. Cuando ellos se duermen no pienso en otra cosa que en dormir, el cansancio es indescriptible.
Extraño conversar con él por dos minutos seguidos. Sin tener que regañar a Elías por alguna travesura, sin que Elías llame a alguno de los dos o sin que Elena llore inquieta porque quiere moverse o comer.
Extraño el tiempo ocioso. Quedarme en cama sin hacer nada, una hora por lo menos, sobretodo al despertar.
Extraño no pensar en las malas palabras que decimos. Cualquier cosa puede ser utilizada en mi contra por mi loro de tres años.
Extraño comprar. Comprar cositas para mí sin remordimiento de poder haber comprado algo para ellos.
Extraño hacer reuniones de adultos. Con conversaciones de adultos, sin hablar de lo que hacen los niños.
Extraño usar accesorios ‘incómodos’ propios de una mujer. Usar cadenas, zapatos altos, perfume, esmalte de uñas (y renovarlo sin problema cada semana)
Extraño nuestros domingos. Esos domingos de dormir hasta las 10, despertarnos perezosos, arreglarnos sin prisas y salir a almorzar porque ya el desayuno perdía vigencia.
Extraño poder vestirme a mi antojo. Ahorita que andamos de lactancia, me tengo que poner blusas con botones, por lo que mis opciones se redujeron a 3 blusas y dos vestidos.
Y aunque realmente extraño estas cosas y quisiera más escapadas de las que hacemos, ninguna de ellas llenaría mi corazón de la forma en la que lo hacen mi gordito recochón y mi princesa de los ojos hermosos. 
No pasa nada, sólo nos faltan 10 años para recuperarlas.

Leyes de murphy sólo para mamás y papás (2)

Hace muchos posts les hablé de las leyes de murphy para los padres.  Sin embargo, cuando nace un segundo hijo esas leyes se multiplican y ya pierdes el poco control que te quedaba sobre tu vida.

Aquí les comparto algunas de ellas, no duden en compartirme las que uds hayan vivido.

  1. El día que más cansada estás, ese día el bebé no duerme nada en el día.
  2. Cuando más hambre tienes, más rápido se despierta el bebé para pedir comida.
  3. Entre más rápido le cambies el pañal más rápido lo va a ensuciar.
  4. La cantidad de pañales sucios de la semana es inversamente proporcional al dinero en tu billetera.
  5. Decides no sacar al bebé sino hasta después de la vacuna para cuidarlo pero al mayor le da gripa.
  6. Entre más fuerte sea la gripa del hermano mayor más veces se va a querer acercar al bebé.
  7. Entre más afán tengas para que se duerma el bebé, más se va demorar dando vueltas.
  8. La bulla del hermano mayor es directamente proporcional a las veces que le pidas que baje la voz.
  9. Justo cuando se duerme el bebé le suena el celular al papá (porque el de la mamá está en silencio, por supuesto)
  10. Cuando te sientas a amamantar al bebé es que te dan ganas de ir al baño.
  11. La sensibilidad de tus pezones es directamente proporcional al hambre del bebé.
  12. Justo cuando sales de la pesadez de los últimos meses de embarazo, te toca ponerte la bendita faja postparto.
  13. Entre más sueño tengas más horas va a demorar el bebé para dormirse.
  14. Justo cuando empiezas a dominar el arte de la maternidad, llega un segundo hijo a revolver la casa de nuevo.
  15. Después de limpiar el coche nuevo del bebé, el hermano mayor se monta con los pies sucios de haber corrido por toda la casa.
  16. El ruido externo se acentúa después que pones a dormir al bebé.
  17. Justo cuando se duerme el bebé y crees que puedes tomarte una siesta, el mayor se despierta.
  18. La tranquilidad para amamantar al bebé es inversamente proporcional a la cantidad de hijos que tengas.
  19. Las salidas de noche también son inversamente proporcionales a la cantidad de hijos que tengas.
  20. La felicidad de un nuevo hijo es directamente proporcional a los pañales que gasta.

El calostro: Un milagro de amor.

Recuerdo bien mis nervios y mi ansiedad en mi primer embarazo sobre mi producción de leche, tenía mucho miedo de que fuera muy poco para mi hijo. El día que nació yo no tenía ni gota, él no dejaba de llorar, no se saciaba por más que me lo ponía en el seno y finalmente me dejé llevar de la desesperación y le pedí a la enfermera que le diera leche de fórmula para que “se le quitara el hambre”. Hoy ya sé que su llanto era su forma de expresar que me necesitaba cerca y piel con piel, así que esa lección aprendida la tengo clara para mi segunda lactancia.

Mi primer milagro de la segunda lactancia sucedió hace más de cuatro semanas. Era un día laboral, así que me tocaba baño temprano. Hacía unas semanitas veía como una natica en mis pezones, muy parecida a la que me salía cuando estaba amamantando a Elías; entonces ese día mientras me duchaba y llevada por una gran curiosidad, empecé a revisar mis congestionados senos y al apretarme pude llorar de la felicidad al ver que ya estaba produciendo calostro. Sin dudarlo le dije a Elena: “Hija, ya tu primera comidita está lista. Mamita ya tiene lista tu lechita.”

No les puedo explicar la felicidad de ese momento y lo reconfortante que fue para mi. No existen palabras que me ayuden a describir la felicidad que me dio el saber que mi cuerpo ya está listo para alimentar a mi hija aún cuando faltan varias semanas antes que nazca. Ese día empecé a leer sobre el tema y mi gran sorpresa es que eso a lo que yo le llamé “milagro” es lo que normalmente debería pasar y seguramente  si lo hubiera sabido para mi primera lactancia, no me habría sentido tan insegura.

Y entonces llegó Elena…
Recuerdo mis primeros minutos en la sala de recuperación. Me habían dicho que en la primera hora de vida del bebé me la iban a poner en el pecho para iniciar la lactancia, pero habían pasado más de 60 minutos y aún no le había dado el pecho a Elena.

La enfermera me dijo que primero debían constatar que yo estaba bien, hacerme monitoreo y después de eso si me ponían a la niña. Les dije que me sentía bien, de hecho ya estaba moviendo mis piernas (que quedan inmóviles con la epidural). Yo estaba muy ansiosa y Elena también, ella no paraba de llorar en la incubadora que yo tenía a mi lado. De vez en cuando la abría y le tomaba la mano para calmarla, pero me tocaba cerrarla puesto que estaba muy frío afuera para ella.

Finalmente cedieron a mi insistencia y me la pusieron en el pecho. Ya yo había comprobado que el calostro seguía saliendo y estaba más que preparada para empezar a lactar, sin mencionar toda la ansiedad que sentía porque mi primera lactancia no fue lo que yo esperaba de mí. Llegó la enfermera, la sacó de la incubadora y me la entregó. Ella intentó darme instrucciones pero se dio cuenta que ya yo sabía lo que hacía y entonces se limitó a observar y a quedarse a mi lado por si necesitaba ayuda. Tomé mi pecho derecho, que siempre ha sido el de mayor producción, lo puse en su boca y ocurrió el milagro.

Nuestro primer acercamiento, nuestro primer lazo, mi primera muestra del amor eterno que le profeso, su primer contacto conmigo, nuestra primera unión. No les puedo describir lo que sentí en ese momento, ser capaz de alimentar a mi hija recién nacida es un poder que sólo Dios puede dar, es un acto de amor inmesurable, es un momento íntimo y perfecto en el que ella y yo nos declaramos un amor que durará por toda la vida.

calostro materno

Esta historia apenas comienza, pero deben suponer que estoy hasta las narices con una princesita recién nacida y con un terremotico de tres años que también extraña mi atención. Ya les iré contando en la medida de lo posible de esta aventura de cuatro corazones que ahora se aman más.

¿Cómo preparo a mi hijo para recibir a su hermanita? | Preparar al hijo mayor

Preparar al hijo mayor para la llegada de un hermano no es tarea fácil, yo aún no lo vivo pero no necesito vivirlo para saberlo. Los celos de herman@ mayor son algo inevitable, algunos lo sufren en menor medida que otros pero al final ninguno de ellos tiene inmunidad absoluta y terminan haciendo cualquier pataleta para recuperar la atención que perdieron.

Nuestro papel como padres en la aceptación de nuestros hijos mayores a su hermano menor es tratar de mitigar los celos en la mayor medida, si es que es posible. He visto casos extremos en que el hermano mayor ha tenido que hacer terapias muy intensas y profesionales para superar el hecho de tener que compartir a sus padres con su nuevo hermano; y aún esas terapias resultan insuficientes porque el niño sigue rebelde, casos extremos en los que llega a maltratar al nuevo bebé y los padres no hayan qué hacer. Hay casos opuestos e ideales en los que el hermano mayor está más que complacido y en lugar de pelear la atención -ahora compartida- de sus padres, es feliz atendiendo a su nuevo bebé. La pregunta del millón es ¿cómo lograr que nuestr@ hij@ pueda ubicarse en ese selecto grupo o por al  menos en un punto medio en el que no se afecte demasiado?

Por supuesto que hay miles de artículos en internet que les pueden dar muchos consejos y tips para esta tarea, más de una decena de buenos libros que dan consejos de cómo hacerlo y muchas personas alrededor que han vivido la misma situación y de seguro que pueden usar uno que otro consejo que les den. Pero si me están leyendo es porque 1. Les llamó la atención el título y 2. Están buscando más información; aquí les voy a compartir lo que yo, con mi experiencia en cero, he probado con mi hijo.

Mi hijo es pequeño pero al parecer ha entendido el complejo concepto que de alguna manera un bebé se metió en la barriga de mamá y que va a ser su hermanita. Ya entendió que es una nena y ahora le llama “Ena” a mi panza. En verdad nosotros no tuvimos en poco su corta edad y empezamos a prepararlo desde hace mucho tiempo; incluso antes de quedar embarazados aprovechábamos cuando veíamos a un bebé pequeño en la calle -y como a Elías le encantan- le preguntaba si él quería uno para él. Pregunta nunca respondida, pero ya le llegó. ¿Que cuáles son los trucos que he utilizado? Aquí les van.

Elías fue el primero en enterarse.
Si, ni mi esposo lo sabía aún. Esa mañana de viernes me hice la prueba de embarazo casera. Y como soy como Dios me hizo, para sentirme verdaderamente segura, tuve que hacerme la prueba de sangre. Así que  viernes, como andaba de vacaciones aproveché unos minutos y me escapé al laboratorio para tomarme la muestra. El examen me lo hice a las 10am y ya a las 4pm sabía el resultado: POSITIVO. Recuerdo que abracé a Elías y le dije “Mira, mi amor, aquí en la barriga de mamá hay un bebé. Es tu hermanito o hermanita, ya no vas a estar más solito sino que vas a estar acompañado como tus primitos. Te llegó un compañerito, mi amor.” No les puedo explicar la sorpresa de su rostro, creo que ese día empezó a entender lo que le venía.

“Elías, vamos a untarle crema a Elena
Una noche estaba untándome mi crema de estrías y a Elías le llamó mucho la atención el proceso, se me ocurrió compartir esa actividad con él y aprovechar el contacto piel con piel entre la pancita y él… ¡Y ha sido todo un éxito! En ocasiones él mismo busca la crema y me llama “¡Mamá, ‘Ena’!”  Y es lo más tierno verlo destapar la crema, espicharla, ponerla en mi panza y esparcirla. Sin contar el hecho que pinta la ‘i’ y la ‘o’ que son las vocales que ya sabe ‘escribir’. Tanto le gusta la actividad que invita a su papá o a sus Titos a que también le unten crema a su hermanita ‘Ena’.

Elena ha mandado varios regalos.
Desde un mes después que supimos que estábamos esperando, le compré un juguete a Elías que sabía que le iba a gustar mucho y le dije que era de parte del hermanito. Para navidad le dimos otro regalo, también de su hermano, y le agradeció a la panza. Y ahora que nos enteramos que es Elena, entonces dice que ‘Ena’ le ha dado todos esos regalos, y a mi me encanta verlo jugar con ellos.

Hablarle, hablarle, hablarle y hablarle.
La palabra ‘Elena’ suena unas 33 mil veces al día a su alrededor. Ustedes no se alcanzan a imaginar mi felicidad cuando llego a la casa y Elías mirando mi panza me dice “Ena”, me levanta la blusa y empieza a “jugar” con su hermanita. A veces juega a cogerle los cachetes  (léase los gorditos de mi panza) y se ríe, le canta y grita emocionado. Anoche jugamos a que le contara su día en el colegio y en el parque. Incluso le mostramos los videos de las ecografías y ya él solito cuando los encuentra en el celular nos llama, nos señala la imagen y dice ‘¡Ena!’.

Evitarle otros cambios grandes al mismo tiempo.
Así es como Elías, a quien iba a meter al colegio a los 3 años, terminó empezando el colegio a sus dos años y medio. Allí vamos en el proceso de adaptación, recopilando material para comentarles cómo me ha ido y sufriendo un poco sus lloradas con él. Con un poquito de ganas de no mandarlo más pero ahí vamos. Lo metí ahora porque no quería que sintiera que el nacimiento de un nuevo bebé iba a desplazarlo y preferí adelantarle el ingreso al colegio. Se nota que le gusta su colegio, lo malo es que quiere que nosotros nos quedemos con él.

Cabe aclarar que yo estoy en modo experimento, porque aún no he confirmado la efectividad de mis métodos. Pero los resultados que llevo hasta ahora me tienen satisfecha y más de una persona externa se ha sorprendido cuando ven la reacción de Elías ante ‘Ena’.

 

 

El primer apagón de Elías… despierto.

Claro que hemos vivido apagones con Elías, pero todos ellos han sido en horas de la madrugada cuando ya el está dormido, y como mi hijo – gracias al cielo- duerme como una roca, el que no hubiera fluído eléctrico no ha significado trasnochadas fuertes ni nada por el estilo.

Esta vez empezó a las 4pm, de un hermoso lunes en el que tuve que salir más temprano del trabajo para poder cuidarlo a él. Justo cuando abrí la puerta y puse un pie en mi hermoso hogar, todo se apagó, lo que me dejó a merced de mi imaginación para pasar el resto de las horas jugando y distrayendo a Elías hasta la hora de dormir.

Papá salió al trabajo y dejó a un Elías dormido en nuestra cama (si, tuvimos que turnarnos la tarde para cuidarlo) y yo que soñaba con una siesta vi como mis anhelos quedaron reducidos a eso, anhelos. Intenté, en vano, por más de 15 minutos despertar a mi gordito pero el sueño lo vencía cada vez que abría sus ojos. Por fin logré mi objetivo y un Elías gruñón se despertó malacaroso y malgeniado. Una paquete de galletas fueron mis aliadas para quitarle lo gruñón y entonces me dispuse a adelantar tareas que me mandó “la miss” del colegio.

13 de febrero.
5:00pm.
Empezó la maratón. “Elías, tenemos tareas que hacer” y ante un Elías negado a hacer tareas, mamá tomó sus crayones, las hojas y empezó a pintar. A medida que avanzaba el tiempo en mi simulación, atraje la atención de mi hijo y pintó cerca de unos 33 segundos a mi lado con el crayón rojo. Justo cuando perdí su atención, logré recuperarla sin querer mientras se quedaba sorprendido mirándome untar arequipe a mi galleta y comérmela con sabrosura (me encantan las galletas saladas con arequipe) me la arrebató de la boca, la probó para luego escupirla mientras mi corazón se partía en mil pedazos… “¿Por qué me la cogiste si la ibas a botar? ¡Eso no se hace, hijo!” No tuve más opción que abrir otro paquete, seguir untándole arequipe sin que él viera y comérmelas en la cocina fuera de su alcance.

5:30pm
¿Apenas media hora? Pues si. Resulta que el tiempo pasa lento cuando le da la gana y cuando uno no tiene luz, es peor. Después de mi fallido intento de hacer tareas, nos pusimos a mirar por el ventanal los carros que pasan por la calle. Yo aprovecho esas ocasiones para enseñarle los números y también los colores, debo confesar que son espacios muy tiernos y especiales que comparto con mi hijo. Hay que aprovechar cada cosa para hacer lazos más fuertes.

6:00pm
Nada de noticias que indicaran el fin del apagón, y la oscuridad ya no nos permitía visibilidad dentro de nuestra casa, y como buena casa del siglo XXI no teníamos ni una sola vela. Bendito sea el que se inventó los servicios a domicilios de las tiendas de barrio en mi ciudad, pedí unas velas para poder ver algo mientras se hacía la cena y otras actividades. Me imaginé que iba a ser toda una novedad para Elías, puesto que nunca había visto una vela sino en los cumpleaños, pero creo que me quedé corta.

6:30pm -> LA VELA
Y entonces las horas fueron pasando más rápido en medio de la oscuridad, sonó el timbre y Elías gritó muy emocionado “¡Papá!” pero era el señor de la tienda con las velas. Le anticipé el artilugio a mi hijo y le conté que la vela era un fueguito que nos iba a alumbrar hasta que “la luz del techo” volviera. Jamás pude haberme imaginado su cara cuando vio la vela encendida en el mesón de la cocina, se sorprendió, se rió solo, me preguntaba el nombre de aquel novedoso artefacto y lo repitió en su idioma “Eta! eta! mamá, eta!” y por los próximos 45 esas fueron todas las palabras que salieron de su boca.

7:00pm -> La cena con LA VELA
Y entonces cuando lo llamé a comer me preguntó por su película favorita y le dije que si no había “luz del techo” tampoco había televisión, cosa que poco le importó cuando la empleada puso la vela más cerca para que yo pudiera ver el plato de Elías y su contenido. La comida fue un juego, jugamos a las sombras que comían todo y así logré que el plato quedara limpio. La sombra de mamá comió, la sombra de la nana comió, -para mi felicidad- la sombra de Elías fue la que más comió, luego llegó papá y también su sombra se comió todo.

8:30pm -> Hora de dormir.
Después de la rutina de aseo, dientes y pijama iluminada -por seguridad- con la linterna del celular, la vela se apagó cuando abrimos la ventana para que entrara brisa, ya que ni modo de aire o ventilador. Tuvimos que consolar a un Elías descorazonado y le explicamos que la vela también tenía que irse a dormir. Afortunadamente su día tan ajetreado nos había dejado a un manso y calmado Elías que no tomó más de 20 minutos en quedarse dormido.

Claro está, que el día ajetreado aplicó para todos y a los segundos que cayera Elías también lo hicieron sus papás. Y gracias a la brisa fresca y propia de Febrero en mi ciudad, fue un sueño fresco de principio a fin.

Y entonces llegó Elena

Cualquier día laboral del año 2012, 12:35m: era un día normal, era medio día e iba hacia mi casa como cualquier mortal a la hora del almuerzo: apurada, con sueño y con hambre. Los trancones brillaban en su esplendor y yo rogaba para llegar rápido a casa. Iba distraída escuchando una canción cuando lo vi. Estaba escrito con aerosol negro sobre una pared sucia, una letra horrible y tenía algunas figuras alrededor. Seguro que lo había visto antes pero ese día se me quedó en la memoria, sonreí mientras lo observaba y el resto del camino se me hizo más ameno. Sonaba tan lindo, tan puro, tan amoroso, tan tierno que aproveché un ratico en el semáforo rojo para investigar su origen y su significado, y cuando lo supe me enamoré mucho más.

Volví a mis épocas de jugar con muñecas, cuando simulaba que la bebé era real y le daba tete y le ponía vestidos; me acordé de todas mis barbies y de todos los juegos que simulaba con ellas: era doctora, mamá, princesa… era todo lo que podía jugar con mis muñecas. Siempre la soñé, siempre estaba en mi mente, siempre en mi corazón: una hija. Y ese mediodía ajetreado y hambrienta supe que Elena sería su nombre.

En este embarazo todo fue muy distinto a mi primer hijo, pero eso no significó nada porque todos los embarazos son distintos y es un error creer que los síntomas tienen algo que ver con el sexo del bebé. Así que no me ilusioné con eso.
Como tres personas diferentes y en diferentes contextos me dijeron “Ponle la firma, es una niña.”. Tampoco me ilusioné con eso.
Inclusive el verídico, fundamentado, sólido y certero calendario chino del sexo del bebé me decía que por mi edad y la fecha de concepción, tendría que ser niña. Pero tampoco me ilusioné con eso.

De hecho -y por alguna sugestión de la primera ecografía- estaba convencida que era un niño y estaba muy feliz porque llegaba un amiguito para mi hijo mayor; lo he visto jugar con sus primitos y se pone tan contento que me ilusionaba imaginar a mis dos hijos varones jugando de la misma forma en unos años. Inclusive  me pintaba con mi peluca plateada, mi vestido azul, disfrazada de Daenerys Targaryen como “madre de dragones varones”… pero Dios tenía otros planes.

Y si, está claro que como mujer me soñaba una hijita que me hiciera compañía y con la que pudiera compartir todas esas cosas de mujeres que aburrirían a Elías. Es cierto que pensaba que en caso de tener otro varón, sería inevitable preguntarme cómo hubiera sido tener una niña, pero estaba segura que fuera lo que fuera me alegraría de corazón y sería un nuevo amor que llegaría a mi vida.

Domingo 1 de enero de 2017, 9 de la noche: no tenía ni pizca de sueño. No era que hubiera dormido durante el día, era la mismísima emoción de saber que al día siguiente me enteraría qué venía en mi vientre. Esa noche no pude dormir bien, no hallaba acomodo, incluso el bebé en mi barriga estuvo moviéndose toda la noche porque mamá no podía pegar ojo. Yo le hablaba, acariciaba mi barriga y le decía que al día siguiente tenía que dejarnos ver si era niña o niño. Amaneció y yo intenté dormir unos minutos más para no estar tan cansada pero no pude, me quedé acostada mientras se me pasaba un terrible dolor de espalda pero no me dormí. Mi esposo tuve el divino detalle de preparar el desayuno y me lo comí rápidamente, estaba afanadísima y temía llegar tarde a la cita. Hasta que llegamos. Sentí una eternidad la espera hasta que me llamaron “La señora (¡SEÑORA!) Alicia, adelante, por favor.” Y pasamos al cuarto de ecografías.

Vimos su cabeza, sus piernas, sus brazos, sus manitos, sus pies, sus talones, el doctor tomó todas las medidas de rigor. Y ella me hizo caso, tenía sus piernitas abiertas y el doctor -y el papá también- pudo ver perfectamente lo que tuvo que explicarme luego con plastilina a mi. Yo sólo dije “No veo pipí, pero no sé si es porque es niña o porque está del otro lado.” y el doctor muerto de la risa me dijo  “Mira, allí se ven los labios, la vulva, esta forma que ves aquí… es una nena, vas a tener una nena ¡Felicidades!” Yo miraba incrédula a mi esposo y sólo pude reírme y decirle “Se llama Elena, bienvenida, Elena. Amor, eres papá de una niña. Bueno, de dos niñas, porque tu eres el serio de la casa.”  

Pero fue cuando salimos del cuartico, mientras íbamos caminando hacia la salida; llevaba una gran sonrisa, las lágrimas brotaban de mis ojos y no las podía retener. Las personas me observaban un tanto extrañados, pero  no me importaba, la emoción era más grande que yo. Y cuando salimos al parqueadero y estuvimos solos abracé a mi esposo y lloré como una niña; él me abrazó y me dijo muy contento que Elena había llegado, que ahora tenía dos princesas en su casa y que se sentía muy feliz. Yo no podía contener mis lágrimas, la emoción me llenó hasta los huesos, no lo podía creer, mi instinto de madre me había fallado pero no me importaba. Es mi princesa, mi nena, mi muñeca, mi niña… esa que tanto soñé, esa que tanto imaginé, ya tenía su nombre claro, ya había empezado a amarla sin saber que había llegado… Dios me la regaló y yo todavía no me lo puedo creer.