Carta a mi hija menor

Así como tú, soy la segunda hija, también tengo un hermano mayor y me he pasado 32 años de mi vida molestando a mi mamá con que su favorito es él, tu tío. Hoy estoy del otro lado de la balanza y siento mucho haberla puesto en esa posición y me gustaría que ustedes dos no lo repitieran conmigo, no quiero ni pensar en el día en que me hagan sentir que quiero más o que pongo por encima a alguno de los dos. Seguro algunos días uno de los dos me caerá mejor que el otro, pero ten la seguridad que mi amor en lugar de dividirse, se multiplica exponencialmente y seguirá creciendo incluso cuando no esté físicamente en este mundo.

Supe que venías un hermoso 23 de septiembre de 2016 y ese día le dije a tu hermano que ya había llegado su compañía, esa que tanto estaba anhelando. Él será tu amigo eterno, te va a proteger de muchas cosas, incluso de muchas que no vas a querer que te proteja, será tu cómplice y seguro se pondrán de acuerdo para hacernos enloquecer a mi y a tu papá.

A pesar de nacer de segunda, has sido muchas primeras veces, contigo ya había perdido muchos miedos que me impidieron disfrutar de tu hermano cuando nació. Ni hablar que el hecho que seas una niña cambia todo, también te he cargado sin límites y sin miedo a que te “mal acostumbres” a brazos, te he dado lactancia exclusiva confiando en que mi cuerpo es quien mejor sabe qué es lo mejor para ti,  duermes a mi lado y no siento miedo de aplastarte, porque sé que mi cuerpo se ha transformado para protegerte y que mi sueño ya no es tan profundo para poder escuchar el mínimo ruido que hagas e ir a ayudarte. Has encontrado a una mamá más relajada y segura de si misma, y eso tendrá unos enormes beneficios en tu personalidad.

Tu embarazo fue muy distinto, sentí molestias y náuseas, aborrecí varias comidas y me volví aún más cansona de lo que ya era. No tuve chance de hablarte el mismo tiempo que le hablaba a tu hermano pero siempre estuvimos conectadas, muchas veces me despertabas de madrugada para poder tener un espacio a solas la dos y te acariciaba y te volvías a dormir tranquila, seguro recordando todas las veces que escuchaste tu nombre en el día mientras le hablaba a tu hermano, y a todos, de ti.

Ya sé que tus juguetes no son todos nuevos, tampoco tu ropa, sé que has tenido que esperar mucho más tiempo para que te atienda si estás haciendo ruidos, sé que aún de recién nacida no podía dedicarte exclusivamente el 100% de mi atención, sé que naciste y tuviste que compartir de una vez: compartir a tus papás, compartir atención, compartir espacios, compartir incluso los juguetes que ya habías heredado.

Y no, no fuiste una adición a nuestra familia. Eres esa pieza que nos hacía falta para estar completos. Cuando supe que venías, un nuevo corazón empezó a nacer en mi, y ese corazón es todo tuyo, muñeca.

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Te amé desde ese 23 de septiembre, te amo sin medida hoy y te amaré por siempre

¿Puedo amamantar si tengo gripa?

Estoy empestada, la gripa se ha apoderado de mi cuerpo y se rehúsa a salir. Todo se agrava más por el hecho que no QUIERO tomar medicamentos por el miedo que me causa que mi hija (lactante exclusiva de 5 meses) tenga alguna reacción negativa a alguno de ellos.

Alguien que me vio en mi enferma condición me preguntó:
– ¿Y cómo haces con Elena?
– Pues uso tapabocas cuando la cargo y me lavo las manos más veces de lo normal. – respondí muy segura.
– ¡¿Y la cargas?! ¿Y si se le pega la gripa?
– No, no se le pega. Los anticuerpos que mi cuerpo enfermo produce se le pasan a ella y la protegen.

Si, la gripa es compatible con la lactancia, no tenemos que dejar de amamantar. Hablo de la gripa común, ese resfriado viral que podemos contraer sobretodo en estos tiempos de lluvia y de cambios repentinos de clima. Y no lo digo yo, lo dicen los expertos:

“Enfermedad causada por cualquiera de los tres tipos de virus de la Influenza, A, B y C. El tipo A tiene varios subtipos: H1N1, H1N2, H2N2, H3N2, H5N1…

Es contagiosa un día antes de que aparezcan los síntomas, de ahí la inutiiidad de separar a madre y lactante. No está indicado separar tampoco a recién nacidos de sus madres (Sendelbach 2012, Cantey 2013).

La gripe, tanto en la madre como en el lactante, es compatible con la lactancia. La interrupción de la lactancia agrava el riesgo de contagio y la gravedad de la infección en el lactante.”

Sigue siendo posible que tu bebé se contagie, puesto que la gripa se contagia aún cuando no has sentido el primer síntoma, y a través de los besos, el aire, la saliva o el contacto con superficies que pudieran estar infectadas tu bebé la puede contraer. PERO, los anticuerpos que le hayan llegado a través de tu leche le ayudarán a protegerse contra la enfermedad. Si fuera cualquier otra persona, la mantendríamos alejada del bebé, pero ser la mamá tiene ese privilegio: a nosotras no nos toca eso. Claro, hay que seguir algunas recomendaciones básicas, pero la separación no es una de ellas.

Para evitar el contagio puedes:

  • Lavarte las manos con frecuencia, especialmente antes de dar el pecho.
  • No te olvides de lavarte las manos antes de cargarlo.
  • Taparte la boca al estornudar o toser (preferiblemente con el brazo y no con la mano)
  • Utilizar pañuelos de papel para sonarte la nariz.
  • Utiliza tapabocas cuando estés con tu bebé y evita besos en sus manos o mejillas.

Tranquila, aún estando enferma, la lactancia sigue siendo la mejor opción para tu bebé.

Carta a mi hijo mayor

No existen palabras para describir lo que sentí la primera vez que te vi. Tú fuiste la primera persona que pudo escuchar mi corazón desde dentro y te adueñaste de él aún cuando no sabía tu nombre. Has sido el maestro que Dios me envió para enseñarme el amor eterno, incondicional, puro y abnegado. Quiero decirte que voy a estar enamorada de ti toda mi vida.

Recuerdo como si fuera ayer el día que me enteré que llegabas, lloré de la emoción cuando vi el resultado de la prueba, no paré de agradecerle a Dios el regalo tan grande que me había enviado y ese día no alcancé a imaginarme cuánto llegaría a amarte.

Tu fuiste el primero.
Fuiste el primero en escuchar mi corazón desde adentro, seguro sentías cuando se aceleraba de la emoción de escuchar el tuyo en una ecografía, sentías mis emociones como tuyas propias y fuiste la razón para calmarme durante esos nueve meses.
Fuiste el primer recién nacido que tuve en mis brazos. A pesar de ser el primero no tuve miedo de cargarte, eras mío y mi cuerpo se sentía ya preparado para protegerte.
Fuiste el primer ser humano a quien bañé, el primer pañal que cambié fue el tuyo.
Fuiste ese instrumento que Dios me dió para entender a mis propios padres.
Fuiste el primer ser que amé sin conocerlo y ese amor no ha hecho sino crecer durante estos tres años.
Fuiste quien me puso mi nuevo nombre, “mamá”, y me hace sentir orgullosa de llevarlo.
Fuiste mi único corazón externo durante tres años y me hiciste conocer el miedo de perderlo.
Fuiste la razón por la que mi vida cambió y no te puedo estar más agradecida.

Gracias.
Gracias por enseñarme el amor.
Gracias por hacerme una mejor persona.
Gracias por ayudarme a entender el amor de Dios.
Gracias por mirarme y por hacerme olvidar de cualquier tristeza o rabia que esté sintiendo.
Gracias por confiar en mi y haberme escogido como tu mamá.
Gracias por entregarme tu vida y darle un nuevo significado a la mía.
Gracias por ser un eterno enamorado de mi, sin importar que esté en el baño, tus abrazos nunca serán inoportunos.
Gracias por amar a tu hermana como no me imaginé que ibas a hacerlo.
Gracias por seguirme buscando y anhelando mientras atiendo a tu hermanita.
Gracias por apiñarte a mi lado cuando dormimos.
Gracias por agarrarme la mano cuando vamos en el carro.
Gracias por esos “Te amo, mamá” que sé que te salen del alma.
Gracias por comprender que ahorita no soy excluxivamente tuya.

Perdóname.
Porque algunas veces olvido que sigues siendo un niño y que te comportas como tal.
Por las veces que pierdo la paciencia y me enojo contigo.
Porque no puedo dedicarte ni la mitad del tiempo que te dedicaba antes.
Por olvidar firmar tu agenda del colegio y por olvidar alguna vez los deberes que allá te ponen.
Por no pasar contigo esas horas interminables de juegos y desorden.
Por no poder cargarte todas las veces que me pides que lo haga.

Siempre vas a ser el primero, siempre serás mi primer gran amor, y aunque ahora le dedique más tiempo a tu hermanita, quiero que sepas que gracias a ti me estrené una parte de mi corazón que no había conocido jamás, y esa parte SIEMPRE será tuya.

Te amo y nunca nadie te amará de la forma en que te amo yo.

Sé que ahora no lo entenderías, pero en cuanto aprendas a leer, te pondré a practicar con esta carta para que entiendas mejor todo el amor que siento por ti.

Ser madre es maravilloso pero…

Una de las frases que más me ha marcado de GOT (Game of Thrones) es esa que dice “Mi hermano solía decir que todo aquello que se dice antes de un ‘pero’ realmente no cuenta” No es el caso del título de mi post pero me acordé de ella cuando lo escribí; y es que estas son las confesiones más crudas y reales de una mamá que no ha dejado de ser mujer.
Suena muy egoísta pero en realidad no lo es. Llevo tres años de mi vida sin dormir bien, dejando de comerme cosas por dárselas a mi hijo, comiendo frío o de pie o pendiente de las travesuras de Elías. Tres años que nuestras salidas son a sitios infantiles donde la comida no es tan buena y mucho menos variada. En estos años hemos viajado solos en pareja solo en dos ocasiones. Nos hemos acostumbrado a una casa desordenada y llena de juguetes. Y ahorita llevo 4 meses de estrenar bebé, cambiar 25 pañales al día, estar sentada HORAS dando teta, ir al baño con la puerta y consolando a una Elena que llora, durmiendo interrumpido y nunca más de 7 horas, sin contar el encierro que tuve que vivir por más de 2 meses. Hemos tenido que resignarnos a que los muebles se manchen cada semana y a todo el ajetreo que trae criar a un par de hijos que son lo más hermoso que hemos hecho juntos.
Y aquí les van mis confesiones:
Extraño mi libertad. Esa potestad de agarrar las llaves, la cartera y salir en dos segundos. Sin agenda, sin preparaciones, sin buscar quien cuide a los niños, sin afanes y sin preocuparme por ellos mientras lo hago. 
Extraño mi nombre. Ahora, en la gran mayoría de lugares que frecuento ya no me llaman por mi nombre, ahora soy “la mamá de”.
Extraño los sitios de adultos. Si, ya saben que no frecuento muchos sitios de adultos, realmente me hacen falta.
Extraño leer sin interrupciones. Poder leerme un libro de un solo y acostada en mi cama.
Extraño el romanticismo con mi esposo. Lo habíamos recuperado ya después de algunos años, pero ahorita con la bebé es casi imposible. Esas noches de hablar de todo y nada y de reírnos de bobadas como antes. Cuando ellos se duermen no pienso en otra cosa que en dormir, el cansancio es indescriptible.
Extraño conversar con él por dos minutos seguidos. Sin tener que regañar a Elías por alguna travesura, sin que Elías llame a alguno de los dos o sin que Elena llore inquieta porque quiere moverse o comer.
Extraño el tiempo ocioso. Quedarme en cama sin hacer nada, una hora por lo menos, sobretodo al despertar.
Extraño no pensar en las malas palabras que decimos. Cualquier cosa puede ser utilizada en mi contra por mi loro de tres años.
Extraño comprar. Comprar cositas para mí sin remordimiento de poder haber comprado algo para ellos.
Extraño hacer reuniones de adultos. Con conversaciones de adultos, sin hablar de lo que hacen los niños.
Extraño usar accesorios ‘incómodos’ propios de una mujer. Usar cadenas, zapatos altos, perfume, esmalte de uñas (y renovarlo sin problema cada semana)
Extraño nuestros domingos. Esos domingos de dormir hasta las 10, despertarnos perezosos, arreglarnos sin prisas y salir a almorzar porque ya el desayuno perdía vigencia.
Extraño poder vestirme a mi antojo. Ahorita que andamos de lactancia, me tengo que poner blusas con botones, por lo que mis opciones se redujeron a 3 blusas y dos vestidos.
Y aunque realmente extraño estas cosas y quisiera más escapadas de las que hacemos, ninguna de ellas llenaría mi corazón de la forma en la que lo hacen mi gordito recochón y mi princesa de los ojos hermosos. 
No pasa nada, sólo nos faltan 10 años para recuperarlas.

Leyes de murphy sólo para mamás y papás (2)

Hace muchos posts les hablé de las leyes de murphy para los padres.  Sin embargo, cuando nace un segundo hijo esas leyes se multiplican y ya pierdes el poco control que te quedaba sobre tu vida.

Aquí les comparto algunas de ellas, no duden en compartirme las que uds hayan vivido.

  1. El día que más cansada estás, ese día el bebé no duerme nada en el día.
  2. Cuando más hambre tienes, más rápido se despierta el bebé para pedir comida.
  3. Entre más rápido le cambies el pañal más rápido lo va a ensuciar.
  4. La cantidad de pañales sucios de la semana es inversamente proporcional al dinero en tu billetera.
  5. Decides no sacar al bebé sino hasta después de la vacuna para cuidarlo pero al mayor le da gripa.
  6. Entre más fuerte sea la gripa del hermano mayor más veces se va a querer acercar al bebé.
  7. Entre más afán tengas para que se duerma el bebé, más se va demorar dando vueltas.
  8. La bulla del hermano mayor es directamente proporcional a las veces que le pidas que baje la voz.
  9. Justo cuando se duerme el bebé le suena el celular al papá (porque el de la mamá está en silencio, por supuesto)
  10. Cuando te sientas a amamantar al bebé es que te dan ganas de ir al baño.
  11. La sensibilidad de tus pezones es directamente proporcional al hambre del bebé.
  12. Justo cuando sales de la pesadez de los últimos meses de embarazo, te toca ponerte la bendita faja postparto.
  13. Entre más sueño tengas más horas va a demorar el bebé para dormirse.
  14. Justo cuando empiezas a dominar el arte de la maternidad, llega un segundo hijo a revolver la casa de nuevo.
  15. Después de limpiar el coche nuevo del bebé, el hermano mayor se monta con los pies sucios de haber corrido por toda la casa.
  16. El ruido externo se acentúa después que pones a dormir al bebé.
  17. Justo cuando se duerme el bebé y crees que puedes tomarte una siesta, el mayor se despierta.
  18. La tranquilidad para amamantar al bebé es inversamente proporcional a la cantidad de hijos que tengas.
  19. Las salidas de noche también son inversamente proporcionales a la cantidad de hijos que tengas.
  20. La felicidad de un nuevo hijo es directamente proporcional a los pañales que gasta.

El calostro: Un milagro de amor.

Recuerdo bien mis nervios y mi ansiedad en mi primer embarazo sobre mi producción de leche, tenía mucho miedo de que fuera muy poco para mi hijo. El día que nació yo no tenía ni gota, él no dejaba de llorar, no se saciaba por más que me lo ponía en el seno y finalmente me dejé llevar de la desesperación y le pedí a la enfermera que le diera leche de fórmula para que “se le quitara el hambre”. Hoy ya sé que su llanto era su forma de expresar que me necesitaba cerca y piel con piel, así que esa lección aprendida la tengo clara para mi segunda lactancia.

Mi primer milagro de la segunda lactancia sucedió hace más de cuatro semanas. Era un día laboral, así que me tocaba baño temprano. Hacía unas semanitas veía como una natica en mis pezones, muy parecida a la que me salía cuando estaba amamantando a Elías; entonces ese día mientras me duchaba y llevada por una gran curiosidad, empecé a revisar mis congestionados senos y al apretarme pude llorar de la felicidad al ver que ya estaba produciendo calostro. Sin dudarlo le dije a Elena: “Hija, ya tu primera comidita está lista. Mamita ya tiene lista tu lechita.”

No les puedo explicar la felicidad de ese momento y lo reconfortante que fue para mi. No existen palabras que me ayuden a describir la felicidad que me dio el saber que mi cuerpo ya está listo para alimentar a mi hija aún cuando faltan varias semanas antes que nazca. Ese día empecé a leer sobre el tema y mi gran sorpresa es que eso a lo que yo le llamé “milagro” es lo que normalmente debería pasar y seguramente  si lo hubiera sabido para mi primera lactancia, no me habría sentido tan insegura.

Y entonces llegó Elena…
Recuerdo mis primeros minutos en la sala de recuperación. Me habían dicho que en la primera hora de vida del bebé me la iban a poner en el pecho para iniciar la lactancia, pero habían pasado más de 60 minutos y aún no le había dado el pecho a Elena.

La enfermera me dijo que primero debían constatar que yo estaba bien, hacerme monitoreo y después de eso si me ponían a la niña. Les dije que me sentía bien, de hecho ya estaba moviendo mis piernas (que quedan inmóviles con la epidural). Yo estaba muy ansiosa y Elena también, ella no paraba de llorar en la incubadora que yo tenía a mi lado. De vez en cuando la abría y le tomaba la mano para calmarla, pero me tocaba cerrarla puesto que estaba muy frío afuera para ella.

Finalmente cedieron a mi insistencia y me la pusieron en el pecho. Ya yo había comprobado que el calostro seguía saliendo y estaba más que preparada para empezar a lactar, sin mencionar toda la ansiedad que sentía porque mi primera lactancia no fue lo que yo esperaba de mí. Llegó la enfermera, la sacó de la incubadora y me la entregó. Ella intentó darme instrucciones pero se dio cuenta que ya yo sabía lo que hacía y entonces se limitó a observar y a quedarse a mi lado por si necesitaba ayuda. Tomé mi pecho derecho, que siempre ha sido el de mayor producción, lo puse en su boca y ocurrió el milagro.

Nuestro primer acercamiento, nuestro primer lazo, mi primera muestra del amor eterno que le profeso, su primer contacto conmigo, nuestra primera unión. No les puedo describir lo que sentí en ese momento, ser capaz de alimentar a mi hija recién nacida es un poder que sólo Dios puede dar, es un acto de amor inmesurable, es un momento íntimo y perfecto en el que ella y yo nos declaramos un amor que durará por toda la vida.

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Esta historia apenas comienza, pero deben suponer que estoy hasta las narices con una princesita recién nacida y con un terremotico de tres años que también extraña mi atención. Ya les iré contando en la medida de lo posible de esta aventura de cuatro corazones que ahora se aman más.